Punto de Fisión

Dale a tu cuerpo alegría y cosa buena

Macarena Olona, en la Feria de Sevilla. E.P./Eduardo Briones
Macarena Olona, en la Feria de Sevilla. E.P./Eduardo Briones

Macarena Olona se puso un disfraz de flamenca para ver si arrasaba en las elecciones andaluzas y al final el disfraz la engulló, se puso más flamenca que nunca y terminó por protagonizar la célebre canción de Los del Río. Ay, Macarena. Ay. Es el peligro que tienen los disfraces, que van usurpando otros rasgos de la personalidad, la memoria, el carácter, las ideas, hasta la propia cara; por eso, esta semana, cuando intentaba volver de las vacaciones y calzarse otra vez la chupa paramilitar con la que dio la nota en el Congreso de los Diputados, Macarena se encontró con que aun iba vestida de faralaes.

No es que a Macarena le faltara pasión cuando se empadronó en Salobreña gracias a que pasó allí un fin de semana. Le faltaba todo lo demás, especialmente un programa político, aunque todo el mundo sabe que el programa político de Vox es la receta del calimocho y el menú de Casa Pepe. Pero pasión no, de ninguna manera, así que Macarena se amartilló un clavel en el moño, alzó los brazos y se puso a bailar sevillanas como si quisiera amortizar las lecciones. Para suplir lo del programa, el menú y el calimocho, en Vox apostaron por un cartel que llevaba la bandera española sujetando el lema, el verde esperanza y la foto de Macarena, a pesar de que la ley electoral prohíbe expresamente la propaganda con símbolos que reproduzcan el escudo o la bandera de España. No fuesen a pensar los andaluces que Macarena se presentaba a un concurso de baile o a unas elecciones en Andorra.

Aun así, muchos andaluces debieron pensarlo, porque el batacazo de Vox en los comicios fue espectacular, tanto que Macarena decidió en primer lugar retirarse de la política y en segundo lugar de la retirada. Puesto que, en estricta lógica, dos negaciones constituyen una afirmación, estaba claro que no podía ser más consecuente, igual que esta semana cuando anunciaba a bombo y platillo que ella no se había ido de Vox y al día siguiente Vox le pegaba la patada. Fue una expulsión muy bonita, muy emotiva, en la que Iván Espinosa de los Monteros explicó que la mandaban a la mierda, sí, pero que ahí los tenía a todos para asuntos personales, para hacer terapia en grupo, cocinar empanadas o bailar flamenco. En fin, para cualquier cosa excepto para la política.

Una verdadera lástima porque, con Macarena, Vox había conseguido cuadrar el círculo de los opuestos al presentar una mujer que habla como un cabo de la Legión, igual que antes lograron presentar un par de candidatos negros (Ignacio Garriga y Bertrand Ndongo) capaces de blanquear el racismo con más brillo que cualquier detergente. Macarena estaba tendiéndole la mano al líder supremo, Abascal, y se le ocurrió decir en una entrevista en ABC que había oído quejarse a algunos dirigentes expulsados de que en el partido falta democracia interna. No había terminado de decirlo cuando le cerraron la puerta en las narices. También es verdad que era complicado distinguir, por sus declaraciones, si en la mano tendida llevaba la paloma de la paz o una navaja cabritera. A última hora se rumorea que Macarena podría aprovechar su tirón popular y amasar el despecho con el fin de fundar un nuevo partido político, aunque se ignora si esta hipotética formación se situaría debajo o encima de Vox, porque más a la derecha está difícil.