Del consejo editorial

Medios y fines en la red

MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Hay una especie de ley de hierro de la innovación tecnológica que podría formularse así: "Todo medio necesario para conseguir un fin importante tiende a transformarse él mismo en un fin". Antes de que tuviéramos automóviles nadie pensaba en viajar a cien kilómetros por hora; ahora es casi una necesidad vital. El correo electrónico era al principio un capricho tecnológico; hoy sufrimos si no podemos hacer llegar nuestro mensaje de forma instantánea a cualquier persona en cualquier parte del mundo, en cualquier momento.
La última tecnología de este tipo, que está cambiando nuestras vidas, es la de las redes sociales. La historia es conocida. Primero descubrimos lo fácil que era acceder a páginas web que nos ofrecen todo tipo de información y servicios. Después fue la eclosión de las webs personales y de los blogs. De aquí pasamos rápidamente al microblog, un blog con textos cortos, que se actualiza rápidamente y que facilita su seguimiento.

Estas herramientas han permitido que la tecnología invada el espacio de las redes sociales. Las redes han existido siempre y siempre han sido muy importantes para la vida de las personas: los familiares, los colegas, los amigos… Pero ahora disponemos de tecnologías de networking que nos permiten ampliar nuestras redes de forma rápida y simple. Si quieres formar un grupo en torno a una afición, al candidato de un partido, a los antiguos alumnos de tu colegio, o a los compradores potenciales de un nuevo cachivache, lo mejor que puedes hacer es usar una de esas tecnologías de networking. Como siempre, el problema llega cuando la herramienta se transforma en un fin y terminamos reduciendo nuestras relaciones sociales a la existencia de enlaces a nuestro "perfil" en una red de contactos que se nos escapa de las manos.

Seguramente es inevitable, tal como están las cosas. Pero eso no quiere decir que debamos aceptarlo. Confundir las relaciones sociales con los enlaces en una red virtual puede ser útil (facilita la publicidad y el acceso a tus contactos) pero no es bueno. Puedes llegar a estar tan contento de tener tantos contactos que no necesitarás saber para qué los quieres, pero algún día comprobarás con tristeza que estás conectado a infinidad de amigos a los que no conoces y que el dueño de tu libreta de direcciones no eres tú, sino la empresa que te la ha alquilado (para toda la vida) y que comercia con ella.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia