Aniversarios y «fontanería»

PERE VILANOVA

Catedrático de Políticas

En un ensayo de hace pocos años, el lúcido y prematuramente desaparecido historiador Tony Judt reflexionaba sobre algunos aspectos de la política exterior de Estados Unidos a principios de los setenta. Eran, hay que recordarlo, años en que dicha política exterior estaba (más que nunca ni antes ni después) en las manos opacas de dos hombres: el presidente Richard Nixon y su secretario de Estado Henry Kissinger (anteriormente consejero de Seguridad Nacional). Desde la extensión secreta (a espaldas del Congreso) de la guerra a Camboya en 1970, hasta los “acuerdos de París” de 1973, para supuestamente pactar una salida a la guerra de Vietnam, pasando por el reconocimiento internacional de la China de Mao como miembro (permanente) del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y acabando con la debacle (no derrota: debacle) de Estados Unidos en el Sudeste de Asia.
Viene esto a cuenta porque hace justo 40 años, en junio de 1971, The New York Times publicaba los Pentagon papers, tan citados ahora por el caso Wikileaks, y que ponían al descubierto todas las maniobras turbias en torno a Vietnam y Camboya. Y poco después, la prensa cita por primera vez a una extraña unidad, los “fontaneros” de la Casa Blanca, que allanaron una clínica privada para hacerse con papeles supuestamente comprometedores para D. Ellsberg, el responsable de filtrar los Pentagon papers. La misma unidad de “fontaneros” que meses después fue detenida por el FBI por allanar las oficinas del Partido Demócrata para comprometerlo de cara a las elecciones presidenciales de 1972, que Nixon ganó de calle. Pero –la justicia es a veces tenaz– al final estalla el Watergate y en 1974 Nixon se convierte en el primer presidente de Estados Unidos que dimite acusado por el escándalo. Se le prohibió después ejercer de abogado en todo el país, y murió en 1994 recordado como un mal presidente y una peor persona. Kissinger, premio Nobel de la Paz en 1973 ¡por su contribución a la paz en Vietnam!, sigue dando conferencias como si tal cosa. Respondió al artículo de Judt arriba citado con una airada réplica en la que se encumbra a sí mismo (bueno, y a Nixon, su jefe) como uno de los grandes estrategas del siglo XX. De hecho, se compara con Metternich.