Generaciones excluidas

ANTONIO IZQUIERDO

Catedrático de Sociología

Este editorial bebe de dos investigaciones que prueban que la integración de los inmigrantes no es sólo una cuestión de tiempo, ni de aprender el idioma, ni de abrazar las costumbres. Y que los estereotipos que se forjan en la sociedad de acogida amargan la vida de los pioneros y la de sus descendientes, que ya no son inmigrantes. En otras palabras, la tercera y la cuarta generación desde la inmigración pueden, respectivamente, estancarse y retroceder en su ocupación, renta y riqueza respecto de la primera, pese a su asimilación cultural.
El Instituto de Política Migratoria (MPI por sus siglas en inglés) acaba de hacer público un estudio sobre los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos en donde se concluye que una mayoría no tiene documentación, desempeña empleos de bajos salarios y presenta un escaso conocimiento del inglés. En concreto, hay 6,7 millones de mexicanos indocumentados y el 62% de los mexicanos mayores de 25 años no contaba con certificado de preparatoria. Pero el estudio también muestra que la participación laboral de las mujeres aumenta mucho entre la primera y la segunda generación. Además, sus hijos, que son ciudadanos estadounidenses, hablan perfectamente inglés y van perdiendo el español.
Así que podría pensarse que los lastres de la primera generación se disiparán con el paso del tiempo y que los hijos no sufrirán las discriminaciones que padecen sus padres. La idea de la integración que domina en las ciencias sociales es que, en los nietos, apenas quedará algún rastro de los orígenes migratorios.
Pero una investigación excepcional desarrollada en la Universidad de California-Los Ángeles (UCLA) que acaba de publicar el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) demuestra, de un modo contundente, lo contrario. Ese estudio se titula “Generaciones excluidas”, y se refiere a los estadounidenses de origen mexicano. En él se prueba que la exclusión se trasmite y se mantiene hasta cinco generaciones después de la emigración porque el estigma no se reduce en lo que realmente importa, es decir, en la educación y en la ocupación. La conclusión es que el pasado marca el futuro y que el progreso de la segunda generación puede ser un espejismo.