La crisis de deuda tras la enésima cumbre del euro

José Manuel Naredo
Economista y estadístico

A estas alturas de la “crisis de la deuda”, dos cosas deberían ir quedando claras. Que se han soslayado las causas y las responsabilidades del problema y que se han aplicado tratamientos inadecuados para resolverlo. Es el predominio de intereses mezquinamente nacionales y/o empresariales lo que ha provocado la ceguera de interpretaciones y la miopía de políticas adoptadas, impidiendo curar en el inicio una infección que amenaza con gangrenar, y finalmente segregar a los miembros de esta Europa enferma.
Se ha puesto de moda hablar del riesgo de impago de los países cuando su tradicional derecho a emitir moneda descartaba ese riesgo: el problema no era el impago, sino la depreciación de la moneda que se producía a medida que aumentaban las emisiones. El riesgo de impago aparece cuando el acuerdo del euro impide a los países emitir moneda, permitiéndoles, sin embargo, endeudarse hasta las cejas, lo que no se arregla ahora castigándolos por ello. Jamás Grecia habría llegado a acumular tanda deuda pública, ni España tanta deuda privada, si no llega a ser por el euro. Ambos países habrían sufrido antes devaluaciones de sus monedas que habrían reequilibrado sus cuentas. El Gobierno de la UE y su banco central son responsables de haber permitido que se acumularan tales deudas y deberían responsabilizarse ahora de arreglar la situación por el procedimiento de siempre: haciendo que el Banco Central Europeo no sólo se dedique a comprar la deuda privada de los bancos, sino que pueda comprar también la pública, como hizo a finales de 2010 la Reserva Federal en EEUU, emitiendo, para ello, ¡600.000 millones de dólares! Este tipo de prácticas conlleva la depreciación de la moneda, que mejora la competitividad de los países que la sufren y reparte la pérdida por todo el cuerpo social, en vez de cargarla sobre los más desvalidos, como han venido haciendo las subidas de tarifas e impuestos y los recortes de gastos, que acentuaron la recesión, el paro y el peligro de impago de los países, evidenciando lo inadecuado de las mismas.
¿Podrán por fin imponerse los intereses de una Europa solidaria, que asuma, controle y dé sentido a sus deudas? La última cumbre del euro apunta una tímida inflexión en este sentido.