El Tea Party vota por Obama

Luis Matías López
Periodista

Aceptar un recorte del gasto de más de dos billones de dólares a cambio de elevar en igual medida el límite de endeudamiento, pero sin subir impuestos a los más ricos, es un fracaso rotundo de la agenda progresista que aupó a Obama a la Casa Blanca al grito de “¡Sí, podemos!”. Aunque eso evite la suspensión de pagos, y por mucho que en una primera fase no se toquen los gastos sociales, los recortes terminarán siendo inevitables en sanidad, educación o ayudas a los más pobres, grandes termómetros ideológicos. Ni siquiera con esta rendición obtiene el presidente el blindaje que los mercados exigen a la economía mundial de referencia, como reflejan la rebaja en la calificación de la deuda, la caída generalizada de las bolsas y las lecciones de capitalismo que Obama recibe desde una China crecida que acumula la mayor parte de los ahora menos solventes bonos norteamericanos.

Sin embargo, en EE UU, como en España, todo es relativo, y si aquí el temor a la agenda secreta del PP puede hacer amargamente asumible que se abarate el despido o se congelen las pensiones, allí los votantes progresistas de Obama (lo que con reparos podría llamarse izquierda) tendrán que pensárselo dos veces si, al sentirse traicionados, dan la espalda a las urnas en noviembre de 2012 y regalan así la victoria a los republicanos. Pero también entre estos cunde el desconcierto, ante la influencia desmesurada del Tea Party, cuya agenda ultraderechista espanta a quienes, aun siendo partidarios de un Estado débil, abominan del extremismo intransigente de unos recién llegados a la política imbuidos de una misión casi religiosa de liberalismo a ultranza.

Así, Obama, gran derrotado de esta crisis, incapaz de demostrar el plus de liderazgo que se supone al presidente, condescendiente hasta la rendición para salvar el consenso, alejado del programa con el que conquistó el poder, se ha situado casi por arte de magia en ese centro al que muchos políticos dicen aspirar, pero tan evanescente que es dudoso incluso que exista. Queda mucho partido, pero no es descabellado pensar que, mal que le pese, el Tea Party esté jugando a favor de un Obama prematuramente desahuciado y se convierta en la gran esperanza de este para ser reelegido.