Desde lejos

Alcohol y malos tratos

Que yo sepa, nadie en esta vida está obligado a beber o a drogarse. Nunca he entendido por lo tanto por qué el consumo de alcohol o de drogas son eximentes en la comisión de delitos y sirven para reducir las penas.

Últimamente parecía que las cosas empezaban a cambiar: la reciente reforma del Código Penal para los delitos de tráfico ha agravado las penas si hay ingesta de esos productos. La semana pasada, la comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados debatió una propuesta para transformar la Ley de Violencia de Género en ese sentido: emborracharse o meterse unas rayas antes de pegar a una mujer ya no valdría para aligerar las sentencias, sino para agravarlas. Algo que suena justo y razonable.

Pero nuestros representantes no han sido capaces de votar a favor de esa recomendación al Gobierno. Supongo que les habrá asustado la opinión de muchos notables juristas que, en cuanto se conoció la noticia, se lanzaron a los medios a criticar la medida. El Código Penal está bien como está, aseguran. Considerar la embriaguez o las drogas como un agravante sería una discriminación respecto a otros delitos (¿no lo es en el caso de los de tráfico?, me pregunto) y el problema del terrorismo doméstico no se soluciona con más cárcel, sino con educación. De acuerdo. Pero ¿y mientras la educación surta efecto dentro de varias generaciones, qué hacemos? ¿Seguimos dándoles una palmadita en la espalda a los torturadores y asesinos por haberse puesto hasta arriba de lo que sea antes de golpear? ¿Es esta la manera como la sociedad muestra su reprobación a esos canallas? Desde luego, a mí nuestros representantes no me representan.