Opinion · Dominio público

Colombia, Estado gendarme

dominio-08-08.jpgAugusto Zamora

Después de la II Guerra Mundial, como parte de su estrategia de confrontación con la Unión Soviética, EEUU promovió la instauración de gobiernos fuertes, fieles y bien armados que, cada uno en su región, actuaran y sirvieran de portaaviones para la defensa y promoción de los intereses de Washington. Tal papel le correspondió, en Centroamérica, a la Nicaragua de los Somoza (desde donde se actuó contra Arbenz, en Guatemala, en 1954, y de donde salieron los barcos para invadir Cuba, en 1961). En Medio Oriente fue Estado gendarme el Irán del Sha que, con Turquía, Arabia Saudí e Israel, cerraban Oriente Medio para EEUU y sus aliados. Gendarme regional quiso ser la dictadura de generales argentina, que sobrevaloró su peso para EEUU y ese error les llevó a otro peor: invadir las Malvinas creyendo que Washington apoyaría la invasión.
Una densa red de alianzas mantenía la vasta región del Pacífico bajo control, de Corea del Sur a Australia, pasando por Japón, Taiwán, Tailandia, Filipinas e Indonesia. Estos países, además, contenían bases militares estadounidenses, a sumar a las existentes en las islas y archipiélagos de EEUU. Un anillo de hierro que preservó aquel vasto océano, hasta la irrupción de China e India, como un “mar estadounidense”.

Colombia fue un alumno avanzado –por sus circunstancias– en la formalización de su condición de Estado gendarme en Latinoamérica. Su origen se remonta a 1925, con la firma de un tratado que ponía fin al conflicto provocado por la independencia forzada de Panamá; conflicto resuelto con un tratado, un pago de 25 millones de dólares y la entrega a Colombia de dos islas nicaragüenses. Desde ese año, Colombia renunció a poseer política propia, para ser fiel ejecutante de las políticas de Washington. Así, fue el único país latinoamericano que envió, en 1951, tropas a la guerra de Corea (el Batallón Colombia) y, cuando tuvo lugar el conflicto con Cuba, la Cancillería colombiana llevó la iniciativa para la expulsión de la isla de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Es larga y antigua la satelización de Colombia por sus élites y, en verdad, se remonta a los albores mismos de la independencia, con la alianza de Santander con el imperio británico, en 1812. Por eso no debe extrañar que, en las circunstancias que vive Latinoamérica –estremecida por un aluvión de cambios promovidos por gobiernos de izquierda de distinto color–, Bogotá quiera ser el portaviones de EEUU en la región, ofertando nada menos que siete bases
estadounidenses. Sólo en la desaparecida Canal Zone, en Panamá, donde poseía 14, ha tenido EEUU un
número mayor de bases en un único país americano. Tal despliegue militar estadounidense en territorio colombiano alteraría gravemente la situación militar y geopolítica en Sudamérica y el Caribe y convertiría a Colombia en un foco constante de tensiones, mayor al que es actualmente.

Según las noticias, EEUU planea construir en esas bases desde amplias redes de espionaje, hasta bases aéreas para vigilar toda la región, amén de concentrar grandes cantidades de tropa y armamento. En otras palabras, Colombia sería el equivalente a lo que fue Honduras en los años 80: una plataforma para desestabilizar a los
gobiernos y movimientos revolucionarios y progresistas del área. Un retroceso evidente a épocas que se creían superadas, más sorprendente aún viniendo del Gobierno Obama. De ahí el rechazo general de los gobiernos de la región –con la excepción del neo-neoliberal Alan García– y los anuncios de una nueva carrera armamentística para enfrentar la amenaza.
En términos objetivos, no hacen falta, en forma alguna, bases militares extranjeras en Latinoamérica.
Residuos de la extinta Guerra Fría, su planteamiento debe obedecer, forzosamente, a criterios poco tranquilizadores. Esta repentina fiebre de Washington por abrir bases militares en Colombia debe vincularse a la sorprendente reorganización de la IV Flota de EEUU, en 2007, para patrullar aguas latinoamericanas, y a su más que sospechoso papel en el golpe de Estado en Honduras. ¿Una forma de ir sentando las bases de una futura recolonización con Colombia como plataforma?
Si este absurdo se mantiene, podría generarse una espiral militarista en la región más pacífica y pacificada del mundo (con la excepción de Colombia), que lleva décadas resolviendo sus litigios territoriales en tribunales judiciales y arbitrales y que está inmersa en profundos y novedosos procesos de integración. La lógica de las cosas llevaría a caminar en sentido contrario, es decir, a favorecer la desmilitarización de Latinoamérica, fortalecer los foros políticos y a darle mayor impulso al entendimiento y la cooperación entre las dos partes del continente, como Obama aseguró querer, en la recién pasada Cumbre de las Américas, aunque desde entonces los hechos le refutan.

No hay argumentos lógicos que avalen, justifiquen o sostengan esa repentina fiebre militarista que
parece afectar a los gobiernos de EEUU y Colombia. La única explicación posible es que Colombia aspire a convertirse en el gendarme de Washington en la región. Pero, ¿gendarme para qué? ¿Para invadir Ecuador, Venezuela y Brasil? ¿Hacer de Uribe el Somoza del siglo XXI? Si alguien está pensando en esos términos en Washington y Bogotá, debe ser llevado con urgencia al psiquiatra. Y si son grupos de poder, no queda más que extender la alerta y prepararse para lo que viene. Aunque no. Latinoamérica ya no es lo que era, ni volverá a serlo. Uribe, como este sorprendente Obama, parecen figuras de un Museo de Cera perdido en el tiempo y en el espacio. Ojalá no acaben figurando en uno de los Horrores.

Augusto Zamora es Embajador de Nicaragua en España y autor del libro ‘Ensayo sobre el subdesarrollo: Latinoamérica, 200 años después’.

Ilustración de Zunras