Dominio público

Un pacto imprescindible

MIGUEL ÁNGEL SANTOS GUERRA

02-16.jpgLas fuerzas políticas y sociales, a instancias del ministro de Educación, se encuentran en estas fechas inmersas en un interesante proceso de diálogo. Se pretende alcanzar un pacto en educación. Es absolutamente necesario. "La historia de la humanidad –dice Herbert Wells– es una larga carrera entre la educación y la catástrofe".
Resulta muy difícil de conseguir, porque la educación tiene importantes componentes ideológicos, políticos y éticos. La educación no es un fenómeno meramente técnico. Existen en su concepción, en su diseño, en su finalidad y en su desarrollo importantes dimensiones éticas. No hay calidad sin equidad y no hay educación si no se atiende a esferas de orden moral. Fueron médicos muy bien preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitadas en su oficio los profesionales que diseñaron las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo renunciar a la ideología y a la ética en aras del consenso? Derecha e izquierda tienen señas de identidad que, si se abandonan, desvirtúan el proyecto que se ofrece a la sociedad desde los programas electorales. Es difícil alcanzar un pacto, pero no imposible. Como fue posible alcanzar un consenso fructífero al redactar y refrendar la Constitución.
Hay que acabar con ese terrible vaivén legislativo que hemos vivido en este país. Siete leyes generales sobre educación en 35 años. Y, mientras tanto, las mismas carencias en la formación inicial del profesorado, en la organización de las escuelas y en el establecimiento y desarrollo del currículum. Ya es hora de acabar con esa ley del péndulo que hace bueno para unos lo que es malo para otros.
No es de recibo convertir la educación en un campo de batalla en el que se dirimen causas partidistas. No es razonable golpear al adversario con algo tan importante para un país como la educación. Porque la educación es (debe ser) la causa de todas las personas y de todos los partidos. Alcanzar un pacto sería presentar a la sociedad un ejemplo de ciudadanía.
Me parece estupenda la actitud optimista y hasta utópica de quien cree que algo difícil es posible. Para que haya pacto es preciso, en primer lugar, creer que puede llegarse a un pacto. Merece apoyo esa postura posibilista que está transida de optimismo. Otros dirían que de ingenuidad. O de estupidez. Sostengo con el filósofo Max Horkheimer que en educación podemos ser pesimistas teóricos, pero hemos de ser optimistas prácticos. No hay que dejar de intentarlo porque sea difícil conseguirlo.
A la mesa del pacto hay que llegar con una actitud abierta y no echando mano a las cuestiones irrenunciables. Hay que ir dispuestos a ceder, no a imponer. El Partido Popular ha lanzado a la opinión pública su programa. No es el camino. Hay que acudir a la negociación a dialogar, a escuchar, a reflexionar y a discutir. Cuando se proyecta un viaje en común no es bueno que alguien diga: "De este burro yo no me bajo".
Si cuando los demás exponen sus principios se dice que indoctrinan, y cuando uno expone los propios se dice que educa, resultará imposible encontrarse. Me gusta el intento de mostrarse receptivo a otras posturas y a otras concepciones sobre el proceso educativo. No tiene sentido proponer un pacto si se piensa que sólo valen las ideas de quien lo propone. Ni acudir a una mesa de negociación pensando que todos los demás están equivocados.
Hay que ir al pacto pensando en lo que une, que es muchísimo, y no en lo que separa. Pensando en lo que es esencial para todos y para todas y no para el partido. Pensando en los pupitres y no en las urnas. No es difícil llegar a los siguientes acuerdos: hace falta una escuela pública inclusiva para todos y para todas, es necesaria una escuela en la que se aprenda a pensar y a convivir, la educación es una cuestión de toda la sociedad y no sólo de los profesionales, es indispensable una escuela abierta, dinámica y flexible, es imprescindible construir un currículum atractivo que ayude a los alumnos a apasionarse por el conocimiento y a formarse como personas competentes en todos los ámbitos del desarrollo (cognitivo, técnico, actitudinal, emocional y ético).
No se puede llegar a un acuerdo completo, probablemente. Pero sí de mínimos, sí en lo esencial. Se puede pactar cuánto dinero se va a dedicar a la educación (y que ha de ser mucho). Se pueden pactar los objetivos y prioridades del sistema educativo. Se puede pactar sobre los tiempos y estrategias de formación del profesorado, sobre las dimensiones básicas del currículum, sobre el calendario escolar, sobre la aplicación de eficientes mecanismos de compensación de desigualdades y sobre los criterios básicos de evaluación del sistema. Se saben ya muchas cosas sobre aprendizaje, sobre organización, sobre evaluación, sobre reformas, sobre sociología de la educación.
Para llegar a un pacto hay que despojarse de prejuicios, de tópicos, de dogmatismos y de autoritarismos de diverso cuño. No se puede pactar exigiendo a todo el mundo que acepte las condiciones de quien lo propone o coordina. Claro que es imposible un pacto si una de las partes no quiere ceder un ápice en sus posiciones. Por eso convendría que a quien no gobierna no se le llame oposición sino alternativa. Porque si se llama oposición puede pensar que su tarea consiste en oponerse a todo, aunque se trate de algo positivo para la ciudadanía.
Es importante que todos y todas estemos invitados al debate de forma directa y a través de nuestros representantes en el entramado político. Especialmente el profesorado y las familias. El pacto por la educación no es sólo un cometido partidista sino profundamente político y social. Como dice Juan Carlos Tedesco en su excelente libro El nuevo pacto educativo: "Las exigencias futuras del cambio educativo permiten postular la hipótesis según la cual la alternativa a la reforma tradicional y a las revoluciones de diferentes signos será una estrategia de cambio por acuerdo, por consenso, por contrato entre los diferentes actores sociales".

Miguel Ángel Santos Guerra es catedrático de Didáctica de la Universidad de Málaga

Ilustración de Mikel Casal