Opinion · Dominio público

La identidad islámica en Occidente

Waleed Saleh

Profesor de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad Autónoma de Madrid. Autor del libro 'Librepensamiento e islam' (Tirant Humanidades, Valencia, 2016). También es miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado por Nazanín Armanian, Enrique J. Díez Gutiérrez, María José Fariñas Dulce, Pedro López López, Rosa Regás Pagés y Javier Sádaba Garay

Ninguna identidad religiosa es tan señalada en Occidente como la islámica. Decía el pensador sirio Yalal al-Azm que las personas procedentes de Oriente Medio y del Norte de África son en Occidente “homo islamicus”, independientemente de si son religiosas o no. Sean musulmanes, practicantes o no, sean cristianos, zoroastristas, sabeos mandeos, yazidíes o simplemente laicos o ateos, todos ellos son vistos desde el prisma del islam como única seña de identidad.

Esta visión encierra numerosos atributos negativos: atraso, fanatismo, barbarie, desprecio a la mujer, incluso terrorismo. El “homo islamicus” es un ser apegado a los textos viejos y a las supersticiones, incapaz de convivir con la modernidad, con los valores democráticos, la ciencia, la tecnología y mucho menos con la laicidad. En fin, ningún motivo para el orgullo. Por razones obvias de la situación sociopolítica de los países de origen, estas cualidades se han unido inevitablemente a aquellos ciudadanos. Señas de las que es difícil o quizá imposible escapar.

Un ejemplar del Corán en una mezquita abandonada en la ciudad de Malakal, en Sudan. REUTERS/Baz Ratner
Un ejemplar del Corán en una mezquita abandonada en la ciudad de Malakal, en Sudan. REUTERS/Baz Ratner

Nos preguntamos quiénes son los que insisten en esta visión y qué pretenden. Un sector importante de los políticos de países occidentales y muchos medios de información se fijan, con frecuencia, únicamente en la fe de los ciudadanos procedentes de estos lugares. Son conforme a esta consideración “musulmanes” que forman un conglomerado firme y compacto, unido dentro de la “Umma” del islam. Organizados en “comunidades” y ningún miembro puede estar fuera de este conjunto, sin percibir que entre ellos puedan existir personas de otras creencias, cristiana, sabea o individuos no creyentes. De hecho, y en contra de la idea generalizada en Occidente, abundan hombres y mujeres laicos o ateos de esta procedencia.

Como consecuencia de esta actitud, encontramos situaciones insólitas como la que ocurre en las ciudades de Ceuta y Melilla. Los medios de comunicación y los políticos distinguen entre dos clases de ciudadanos: españoles y musulmanes. ¡Qué modo más peculiar de clasificar! ¿A caso estos “musulmanes” no son también españoles? Y si una parte de ellos son musulmanes, la otra deberíamos identificarla por su fe cristiana, ¿verdad?

Por otra parte, y en las últimas décadas, han surgido en Occidente (Europa, EEUU, Canadá y otros países) centenares de asociaciones y comunidades que se autodenominan “islámicas”. En ocasiones sus miembros no superan los dedos de una mano, pero sus líderes pretenden ser mucho más numerosos. Suelen moverse por intereses particulares, y en especial por motivos económicos. Tanto los ayuntamientos locales como los países del Golfo y últimamente Irán se muestran generosos con estas “comunidades” y de ahí surge la pelea entre ellas, incluso los enfrentamientos públicos. En España algunos dirigentes de estas comunidades pretenden representar a varios millones de musulmanes, como si todos los hombres y mujeres venidos de Medio Oriente y del Norte de África fueran propiedad privada de estas comunidades.

Estas organizaciones justifican su existencia con argumentos tan banales como la necesidad de defender la identidad islámica de esos ciudadanos para evitar la globalización cultural que pretende eliminar sus señas peculiares de identidad. Se olvidan de que la fe y las creencias son del ámbito privado y manifestarlas públicamente, y en especial el islam, provocará más rechazo y mayor antipatía.

Frente a esto, ningún otro grupo humano oriundo de otras zonas geográficas y establecidas en los países occidentales es identificado por su fe. Pese al gran número de chinos, japoneses, vietnamitas o tailandeses que viven en Europa, a nadie se le pasa por la cabeza llamarles “comunidad budista o taoísta”, por ser estas creencias mayoritarias en estos países. Así mismo, nadie se interesa por las creencias de los europeos que viven fuera de Occidente. No se habla de una “comunidad católica o cristiana”, se les conoce como alemanes, franceses o españoles.

El mundo académico no se salva tampoco de esta regla. Algunos investigadores creen que han dado con la piedra filosofal al descubrir la existencia de las fantasmagóricas “comunidades musulmanas” y han dedicado libros y artículos al análisis y el estudio tan ficticio de una supuesta esencia y peculiaridades que se presentan como resultados científicos indiscutibles. Algunos, incluso, estudian a estas “comunidades” como si fueran monos araña, vigilando sus comportamientos, sus relaciones y su forma de ser. Si sigue esta tendencia en los estudios académicos y me temo que sí, no tardaremos en ver alguna tesis doctoral que hable de los hábitos sexuales de los miembros de la “comunidad musulmana” o los sueños que ven mientras duermen, como si fueran seres de otros planetas.

Al margen de lo que hacen unos y otros, y aparte de los intereses de los diferentes grupos mencionados anteriormente, y para que los individuos procedentes de Medio Oriente y del Norte de África (sirios, iraquíes, iraníes, afganos, marroquíes, libios…) se conviertan en ciudadanos en los países occidentales como otros muchos ciudadanos oriundos de otros lugares, deben despojarse de su identidad religiosa al menos en público. Deben ubicar su fe en su domicilio, su iglesia o su mezquita y ser presentados no como “musulmanes” sino como ciudadanos. Que los llamen por su nombre, apellido o por el país de origen. Uno es Mohamed, Fátima o Ali. Es sirio, iraní o argelino y no “musulmán”. Solamente de esta forma serán ciudadanos como otros muchos originarios de otras zonas del mundo a los que nadie señala por su religión.

Como consecuencia de esta insólita fijación encontramos noticias tan extrañas como, por ejemplo: “primer alcalde musulmán de Londres” o “Premio Nobel para una mujer musulmana”. En cambio, cuando una persona de origen indio o chino llega a ser miembro del parlamento o ministro en algún país occidental, a nadie se le ocurre decir: “un sij miembro del parlamento de…” o “un budista ministro de economía de…”.