Opinion · Dominio público

Cuando la precariedad entra por la puerta…

Ana María Claver Muñoz

Investigación para el Cambio Social. Especialista en participación ciudadana. Oxfam Intermón @anaclamu

Aunque el dinero no da la felicidad, las estadísticas dicen que la vida es menos satisfactoria cuando tienes menos ingresos que cuando tienes más. Si preguntas a las personas con más ingresos que pongan nota a su satisfacción con la vida, le dan un notable (7 y medio), mientras las personas con ingresos más bajos apenas le dan un bien (6.2), según la Encuesta europea de Calidad de Vida).

Esto que puede parecer evidente, sin embargo, no suele ocupar las portadas de los medios.  Cuando hablamos de precariedad y de pobreza, lo inmediato es pensar en el llegar muy justo a fin de mes, pagar el alquiler o la hipoteca con dificultad, no poder comer tan sano y nutritivo como se recomienda, o no saber qué más hacer para asegurar una educación a tu hijo, que con 20 años ya empezó a trabajar y a contribuir económicamente al hogar.

Pero debajo de estas carencias materiales, hay miedo, dolor, ansiedad y preocupación constante (constante) por el presente y por el futuro. Son las consecuencias silenciadas e invisibilizadas de la precariedad y la pobreza: su impacto en el bienestar psicológico y emocional de las mujeres precarizadas.

Este impacto es lo que analiza el informe Voces contra la precariedad: mujeres y pobreza laboral en Europa de Oxfam Intermón, que recoge la experiencia de mujeres trabajadoras en España, Francia, Reino Unido e Italia. Mujeres que, pese a trabajar, no logran salir de una situación de inseguridad y precariedad laboral. Son educadoras o cuidadoras en centros públicos, camareras, trabajadoras del hogar y de cuidados, psicólogas, o camareras de piso. Son casi 1 de cada 10 mujeres trabajadoras en España, lo que nos lleva a ser el tercer país con el riesgo de pobreza laboral más alto en toda Europa.

Ellas explican que su situación implica no tener dinero, pero también no tener tiempo. Trabajar todas las horas posibles para conseguir todo el dinero posible (para pagar ese alquiler, mejorar la alimentación o poder estudiar), especialmente si eres el único sustento de tu hogar (porque vives sola con tus hijos o hijas, o porque no hay más ingresos en casa), deja muy poco margen al cuidado y al desarrollo de una misma y de los otros, tanto dentro como fuera de casa.

Y esto también es pobreza”, decía una de ellas. El tiempo es un recurso más. Debido a las normas y roles de género imperantes, la sociedad tiende a pensar que el tiempo de las mujeres es infinito y se expande como un chicle. Si miramos a Europa y comparamos la jornada semanal de trabajo de hombres y de mujeres, contando las horas pagadas y las no pagadas (que, contabilizadas, equivaldrían a un 41% del PIB en España), las mujeres trabajamos de media 6 horas más que los hombres (55 horas comparadas con 49). Su todavía menor presencia en el mercado de trabajo remunerado, se compensa con creces con su presencia y contribución en el no remunerado.

Y todo esto tiene un precio: nuestro tiempo, nuestras energías. ¿Cómo tener una relación de pareja o socializar cuando trabajas como interna en un hogar y puedes pasar hasta 22 horas en el lugar de trabajo, o cuando estás tan agotada después de hacer 80-85 camas al día y contrarreloj en un hotel? ¿Cómo hacer compatibles los horarios de las 5 casas en las que trabajas por horas con el horario escolar y el desarrollo y el bienestar de tu hija? ¿Cómo compatibilizar la necesidad de tener un sueldo en estas condiciones con una pareja, una casa, unos cuidados y demás responsabilidades, sin tiempo adecuado para descansar? ¿Cómo llegar a todo?

Estas carencias generan una presión constante, niveles de estrés y ansiedad altos y muchas veces crónicos, o sentimientos de culpabilidad “por no poder llegar a todo”.  Además, cuando trabajas mucho y tu sueldo solo da para pagar el alquiler y mantener a tu hijo, “me hace sentir mal. Tiendo a encerrarme más y más en mí misma, en mi propio mundo”. Entre otras cosas, porque cualquier salida, cualquier respiro, implica un coste extra.

El aislamiento social, la pérdida progresiva de relaciones y conexiones sociales, está reconocida como una de las “dimensiones ocultas” de la pobreza y la precariedad: se va perdiendo contacto con las amistades (“nadie te quiere cuando eres pobre”), se deteriora la relación de pareja (“cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana, y de eso también hay que hablar”), y no hay tiempo para la vida vecinal, comunitaria y social.

Esta falta de tiempo y este consumo extra de energías hace que las mujeres se retrotraigan e inhiban de una vida plena. Por puro agotamiento. Y esto nos limita, en nuestra vida personal y en nuestra participación pública.

La buena noticia es que las trabajadoras, aunque exhaustas, precarizadas y empobrecidas, se organizan y hacen oír sus derechos. Las multitudinarias marchas en el Día de la Mujer o los movimientos de mujeres trabajadoras como Las Kellys, o las demandas de las trabajadoras del hogar y de cuidados organizadas en España, lo muestran.

Unas políticas adecuadas, dirigidas a atajar las causas estructurales de la precariedad y la pobreza que afecta a las mujeres, que reten las normas y roles de género que nos siguen dictando de forma sutil qué deben ser y hacer hombres y mujeres en el mundo del trabajo, ayudarían a minimizar este impacto. Medidas como aumentar el salario mínimo a 1000 euros al mes, mejorar las rentas mínimas, reforzar los recursos de la Inspección de Trabajo, extender y fortalecer unos servicios públicos de calidad en la educación 0 a 3 años y en el sistema de dependencia y cuidados de largo plazo, o firmar el Convenio 189 de la OIT sobre trabajo doméstico para mejorar las condiciones laborales del sector, con más de un 85% de mujeres trabajando en él, son parte de ello.

Construiríamos una sociedad más justa y equitativa, y también más feliz y plena para las mujeres. Y, por eso, ganaríamos todos. Es win-win.