Opinion · Dominio público

Las fiestas de Adonis

Jorge Moruno

Sociólogo y escritor

Este sábado 24, víspera del día mundial de la eliminación de la violencia contra las mujeres, ellas se manifiestan por la noche para reclamar que las calles también son suyas. La noche, esa oscuridad no recomendada para ellas por los peligros asociados, es el escenario donde reclamar su presencia sensible y visible; justo ahí donde menos se las espera. A raíz de los cuerpos que hacen presencia en la noche, me ha venido a la cabeza una tradición que celebraban las mujeres en la Atenas de Pericles todos los meses de julio: las fiestas de Adonis. No porque guarden una relación histórica, sino porque de alguna manera ayuda a comprender la estrecha relación entre relaciones sociales y relaciones espaciales, entre poder y cuerpo y de las mujeres.  En su libro Carne y Piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, Richard Sennett analiza el caso de Grecia. En Atenas, la distribución de los cuerpos en relación con la ciudad implicaba una distribución de los roles y las posiciones de poder. Para los griegos, la desnudez era síntoma de fortaleza y civilización frente a los bárbaros que todavía iban vestidos. El calor del cuerpo era una característica principal a la hora de establecer las jerarquías sociales, dado que cuanto más calientes eran los cuerpos menos necesidad de ropa existía, y más aumentaba su relación con la Polis; no por nada la palabra Gimnasio, significa “desnudos”. Esta concepción de los cuerpos implicaba una división sexual cuando a las mujeres se las consideraban la versión fría de los hombres, y en consecuencia  su papel no era el del Ágora y la desnudez, sino el de la vestimenta y la oscuridad. Cuando estaban en casa debían portar túnicas oscuras hasta las rodillas y cuando salían a la calle tenía que llegar hasta los tobillos.

En la mitología griega, Adonis representa un tipo de masculinidad diferente al que representa el guerrero Heracles, que era glotón y voraz y se cuenta que tuvo decenas de hijos. Adonis, que era todo lo contrario, murió antes de poder tener ningún hijo cuando  fue embestido por un jabalí. Adonis y Heracles representan dos tipos de masculinidad, el segundo se centraba en satisfacer su propia lujuria, mientras que Adonis proporcionaba placer sexual a las mujeres, de ahí que Afrodita llorase su muerte como el amante de las mujeres. Las fiestas de Adonis era un ritual rural que se transforma cuando llega a la ciudad. Una semana antes de que entrase en escena el mes de julio, las mujeres preparaban en los tejados de las casas “los jardines de Adonis” sembrando una semilla de lechuga que regaban hasta que salían los primeros brotes, para luego dejarla marchitar y morir; en ese momento comenzaba la fiesta. La lechuga era considerada una planta que rebajaba la libido y su muerte despertaba los deseos. En lugar de recluirse con la muerte de Adonis, las mujeres tomaban los tejados de las casas y la noche oscura para reír, cantar, beber y bailar juntas. Corrían por las calles, se subían a otros tejados y entablaban contacto con mujeres desconocidas, en una puesta en escena contraria a los simposios de los hombres, donde tenía lugar la competencia y la burla.  Las fiestas de Adonis suponían un despertar sexual y una apropiación de la ciudad por parte de las mujeres, dado que su deseo estaba normalmente sometido a la voluntad de los hombres y su presencia quedada relegada al ámbito doméstico. Con las noches Adonis liberaban su deseo de los hombres y liberaban su presencia en la ciudad haciendo de la noche, los tejados y la oscuridad, su dominio en oposición a la luz y los espacios reservados para los hombres. La tradición llegó incluso a Roma cuando, en su propia adaptación, las mujeres celebraban banquetes en donde las invitadas recordaban que podían llevarse a su “Adonis al que ahogas a besos. Nos embriagaremos con todos nuestros amantes”.

La fiesta nunca fue oficial ni reconocida en Atenas, pero tampoco prohibida, pues los hombres nunca terminaron de comprender el sentido de la misma, incluido Platón, que andaba desconcertado cuando no atinaba con las razones que motivaban a las mujeres para hacer lo que hacían. Las fiestas de Adonis, lejos de convertirse en un espacio lúgubre y una celebración fúnebre, se transformaban en lugares de complicidad, intercambio, deseo y expresión liberada de las mujeres haciendo de sus “cuerpos fríos” una potencia y de la noche su fortaleza.