Opinion · Dominio público

La Meca: donde el drama de Agar se mezcla con el negocio y la política

Nazanín Armanian

Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado también por Enrique J. Díez Gutiérrez, María José Fariñas Dulce, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, Javier Sádaba Garay y Waleed Saleh Alkhalifa

Una vista aérea de la Kaaba en la Gran Mezquita en la ciudad sagrada de La Meca (Arabia Saudi). REUTERS / Umit Bektas
Una vista aérea de la Kaaba en la Gran Mezquita en la ciudad sagrada de La Meca (Arabia Saudi). REUTERS / Umit Bektas

Unos meses antes del inicio de la peregrinación a La Meca del 2019, que tuvo lugar el 9 de agosto, varios grupos y numerosas personalidades políticas y religiosas musulmanes-sunnitas pidieron a los peregrinos el boicot al Hach en protesta por las atrocidades que cometen las autoridades de Arabia Saudí hacia los “musulmanes” como la matanza de los yemeníes, el asesinato de Jamal Khashoggi por el príncipe (¿de las tinieblas), o la persecución de mujeres y hombres activistas y disidentes en el propio país. “Acudir a La Meca hoy es incompatible con los preceptos del islam sobre la lucha contra las injusticias” afirma la doctora neozelandesa Mariam Parwaiz, sobre sus motivos de lanzar el hashtag #boycotthajj. Piensan lo mismo la congresista estadounidense Ilhan Omar, el gran muftí (clérigo sunnita) libio, Sadiq al-Ghariani, que considera “un pecado” pagar a “los monarcas sauditas para que siguen matando«, el clérigo qatarí Yusuf al-Qaradawi, la organización Muslims for Progressive Values con sede en EEUU, o Fadhel Ashour, miembro de la Unión de Imanes de Túnez, que recomendó a los peregrinos la alternativa de «dar de comer a los hambrientos”. Es la primera vez que este tipo de boicot procede de las personalidades sunnitas. En respuesta, los jeques saudís han tachado la campaña de “saudiofobia” e “islamofobia” (¡aunque en realidad se trata de “criminalofobia”!), e invitaron a los fieles a centrarse en la adoración de Dios y no en la política, mientras apretaban el botón de descarga de más bombas “de precisión” sobre los yemeníes.

A pesar de que las relaciones diplomáticas entre Arabia Saudí e Irán están rotas, las autoridades chiitas de Teherán no se unieron al boicot y negociaron la expedición del visado con Riad para nada menos que 84.000 iraníes, cuando tenía dos poderosos motivos para hacerlo: 1) Arabia Saudí, junto a Israel, es el país que más presiona a Donald Trump para que bombardee Irán, y 2) Evitar la salida de más divisa de Irán, sobre todo ahora que EEUU ha impuesto brutales sanciones sobre la nación, invitando a los peregrinos a visitar numerosos lugares sagrados que existen en el propio territorio iraní.

Todo empezó con el maltrato a Agar

Los ritos que deben realizar los peregrinos en su visita a la Kaaba (Cubo, por su forma) tienen su fundamento en el drama de una mujer y su hijo: cuentan los mitos semitas que Abraham, patriarca de los judíos y árabes y uno de los profetas del islam, desposó a Agar, su joven sierva egipcia, con el consentimiento de su esposa infértil Saray, utilizando su útero (¡ni de alquiler, sino gratis!) para obtener vástagos. Sin embargo, al quedarse la joven embarazada, los celos invadieron a Saray, quien pidió a su esposo que abandonase a Agar y a su hijo pequeño Ismael. Abraham obedece y los deja en el valle árido de La Meca, sin agua ni comida, y regresa a su casa, mientras aquella desesperada y traicionada mujer empieza a dar vueltas y vueltas por las colinas de Safa y Marwa en busca de agua para su hijo. Después de días, por fin, Dios decide mostrar su poder y justo donde el niño cae desfallecido hace brotar la fuente de Zamzam perdonándole la vida.

Es por ello que los musulmanes deben dar siete vueltas (tawaf) alrededor de esos montes para después beber del agua de la fuente mágica; pedirán al Creador perdón por sus pecados y ser bendecidos por su generosidad, mientras se solidarizan con Agar y su hijo, y puede que ninguno piense que aquella mujer y su hijo acabaron allí por el intento de asesinato premeditado con agravante de parentesco de aquel padre y esposo; pues los textos insinúan que los responsables de los hechos fueron aquellas dos mujeres y su lucha por un hombre inocente, que se convirtió en su víctima. Es la misma idea que han transmitido los autores del cuento de la expulsión de Adán y Eva del paraíso: fue por culpa de una mujer rebelde que el hombre fue expulsado del paraíso del bienestar y obligado a trabajar en la “Tierra” para sobrevivir. Es más, Dios aplicará un castigo colectivo a todas las mujeres por la rebeldía de ella “multiplicando su dolor de parto” y sometiéndolas al dominio del marido (Génesis 3:16).

Abraham, que representa el poder absoluto de los hombres en un sistema patriarcal diseñado para mantener y aumentar sus privilegios, volverá a intentar matar a otro de sus hijos, Issac, para demostrar su obediencia esta vez a Yaháva, y ganar su aprobación. Que Dios le ordenase sustituir a Issac por un cordero muestra el fin de los sacrificios humanos entre los pueblos semitas (práctica inexistente entre la civilización vecina persa). Es por ello que cada año cientos de millones de aterrorizados corderos son degollados durante la Fiesta de Sacrificio, como una de las expresiones de esa extraña y compleja relación entre el ser humanos y la criatura de su propia psique: los seres sobrenaturales.

Kaaba es más que un templo

Se cree que la Kaaba fue construida por Abraham como lugar de peregrinación, aunque, al igual que otros templos sagrados del mundo, cumplía otras funciones como ser el centro del encuentro de las personas para intercambiar ideas y mercancías; más adelante, diferentes tribus de la región depositarán en el interior del recinto sus ídolos hechos de madera o piedra, entre los que se encontraba Al.lah, la deidad lunar, adorada por la tribu Quraysh a la que pertenecía Mahoma; de hecho, el padre del profeta del islam, que obviamente no era musulmán, se llamaba Abd-al.lah «siervo de Alá».

Mahoma, que convirtió a Al.ah en el único dios, afirmó además que carecía de forma y era invisible a ojos humanos, quizás para así desvincularlo de la Luna, sin conseguirlo del todo: los pueblos musulmanes, – como los turcos, herederos del imperio otomano-, siguen llevando la imagen de la luna en sus banderas, distinguiéndose de los persas que plasmaban el dibujo de su divinidad solar (de sexo femenino) en sus insignias. Con el triunfo de los seguidores de Mahoma en La Meca y La Medina, la Kaaba se convertirá en la «Mezquita Sagrada», manteniendo sus funciones religiosas, sociales, políticas y comerciales, y visitarla será una obligación que cumplir para aquellos musulmanes privilegiados cuyas condiciones físicas y financieras se lo permitan.

Arabia Saudí y el turismo religioso

Antes del descubrimiento del petróleo en 1938, la peregrinación de decenas de miles de musulmanes del mundo a La Meca constituía la principal fuente de ingresos para sus gobernadores. El año pasado, cerca de 8 millones de devotos visitaron la Ciudad Santa, -de los cuales el 47% eran mujeres, que deberán ir acompañadas por un “tutor” varón-, y gastaron en la hazaña un promedio de 5.000 euros por persona. Ostentar el apodo de “Hachi” eleva el estatus social y por ende el poder de quienes ya pertenecen a las clases alta y media de sus sociedades para realizar El Viaje. La túnica blanca uniforme que deben llevar los devotos y las devotas, señal que todos son iguales ante Dios como devoto, oculta que algunos son “más iguales” en la vida real: el precio de una habitación individual en los hoteles cerca de la mezquita sagrada es de 700 dólares, y de una suite real cuesta unos 5.880, aunque posiblemente no sea suficiente para que los multimillonarios salven su alma. Los comerciantes también aparcan la idea de la “Umma” (la comunidad), y llegan hasta triplicar los precios de sus productos en el mercado de la ciudad durante la temporada de peregrinación. El suculento negocio religioso involucra a los gobiernos y sus contratistas, quienes eligen a los afortunados entre los solicitantes (y allí entra el soborno y los “favores”), pero también a las agencias de viaje, aerolíneas, hoteles, etc.

En el otro lado, se encuentran millones de ciudadanos en situación de extrema pobreza, ya que la economía “islámica” sigue basada en la compra-venta de productos, que no en la  producción y la industria: hasta la alfombrilla para rezar y el velo que venden en sus mercados son “Made in China”; y otro dato: casi todas las transacciones en La Meca se realizan en el dólar estadounidense, ya que Riad aplica una cotización fija a esta moneda, mientras deja fluctuar al resto de las divisas.

A pesar de esta ingente ganancia, los saudíes han sido incapaces de crear instalaciones adecuadas y garantizar el bienestar y la seguridad de los peregrinos. En 1990, una estampida en un túnel provocó la muerte de 1.429 personas y en 2015 otras 717 perdieron la vida en una avalancha y a causa del calor que allí puede alcanzar los 50 grados. En su lugar, se están dedicando a construir obras faraónicas como la nueva torre del reloj que imita a Big Ben, con sus 485 metros de altura, levantada dentro del complejo El Abraj Al-Bait, el edificio más grande del mundo, que además de albergar un megahotel de cinco estrellas, tiene el tercer rascacielos más alto del mundo, después del Burj Khalifa de Qatar y la Torre de Shanghái de China.

Eso sí, han militarizado La Meca, tanto por el temor a las actividades de los grupos de oposición, como para defenderla de posibles ataques de misiles de los houties yemeníes: el 28 de julio, Riad aseguró haber derribado un misil yemení que se dirigía a la urbe.

El turismo islámico está en el centro del plan «Visión 2030» de Riad, que pretende reducir la dependencia de la economía del país del petróleo, volcándose con el negocio religioso, y no sólo para llenar aún más los bolsillos de sus mandatarios, sino para aumentar el peso de la familia Saud en el “mundo musulmán”. Además de explotar La Meca al máximo, los Saud pretenden incluir La Medina entre los destinos turísticos, ampliando la mezquita donde se encuentra la tumba de Mahoma para albergar a 1,8 millones de fieles, entre otros grandes proyectos para ocultar la mediocridad de quienes los dirigen. Los jeques son conscientes de que, si para las Pirámides egipcias o el Machu Picchu peruano hay alternativas para los turistas, no la hay para los que deben ir a La Meca.

La religión ha sido una de las principales herramientas de las clases dominantes para mantener el milenario sistema de dominio de los fuertes sobre los sectores despojados de cualquier poder. Que los creyentes separen su espiritualidad de las instituciones religiosas será un paso imprescindible para acabar con este abuso.