Opinion · Dominio público

El día de la Bestia y los santos políticos

Víctor Sampedro Blanco

Catedrático de Comunicación Política, Universidad Rey Juan Carlos

El “asalto a los cielos” de la (autodenominada) nueva política consistió en subir a San Lorenzo y a San Ginés a los altares. En las guerras culturales (antes, de religión), cobraron peso los gurús del marketing. Y surgieron hiperliderazgos con el síndrome de Lorenzo (un adicto a la parrilla en la que lo abrasaron) y el de San Ginés, patrón de Sanxenxo… Y también de los payasos, humoristas y bailarines.

La (antes llamada) “casta” del bipartidismo y la curia constitucional también les rinden culto. Además, cuentan con la maquinaria evangelizadora de los medios y la trituradora inquisitorial de las togas. Para más inri, las tres parroquias de la derecha atraen neocatecumenados que veneran momias exhumables en las instituciones que controlan como capillas. Y los feligreses cumplen con el precepto de acudir a las urnas con una disciplina ajena a la parroquia progresista.

En tres artículos, que titulé Podemos a la parrilla, señalaba (a un año de vida del partido) que sus líderes no cesaban de exclamar: Assum est, inqüit, versa et manduca (Asado está, parece, gíralo y cómelo). Atorrados por la Prensa, repetían las palabras de San Lorenzo a sus verdugos. El mandamiento que los spin doctors susurran ahora a sus muñecos de guiñol.

Bienaventurados quienes se fríen en las parrillas de televisión, en el reality de los MasterChefs del menú electoral. Porque en las “cocinas” de las encuestas, la televisión y las redes se elaboran los platos para comensales-votantes. Como tienen sabor parecido y escasos nutrientes, trabajad sobre todo la presentación.

Rechazábamos acudir a unas nuevas elecciones. Y respondieron: “lentejas, o las tomas o las dejas”. “Gíralo y cómelo”. Tu líder y tu voto.

Van de mártires: ellos tampoco quieren elecciones, dicen. Pero nos convocan a celebrar otro solemne oficio, sufragando “otra fiesta de la democracia”. La del 4 x 4, para quienes pilotan las campañas. Cuatro en cuatro años. Eufóricos por subirse al podio, se olvidan del pobre Ginés.

Cuenta Santiago A. Rico que a este actor romano se le ocurrió parodiar el bautismo mientras representaba una comedia ante el emperador Diocleciano. Y hete aquí que sobrevino el milagro. Nada más recibir el agua, mientras se burlaba del rito bautismal, Ginés se convirtió al cristianismo. Pero cuanto más encarnaba a un enviado eucarístico, más se reían los paganos e infieles.

Estas edificantes historias ya señalaban que las pantallas de la TV o los dispositivos móviles entronizan líderes. Les imponen un “estatus simbólico”: primer e incontestable efecto mediático identificado por H. Lasswell y P. Lazarsfeld. La atención pública genera adicción, dependencia de focos, likes y retuits. Calcinados, los candidatos piden más madera. Mientras las llamas devoran la persona (personaje) del candidato. Y este apenas percibe la risa o la carcajada del (antes considerado) “respetable”.

El público espera gestos nobles y edificantes, pero le ofrecen gesticulaciones. Exige tomas de postura, posicionamientos nítidos, no postureos. Necesita un gran relato, en lugar de memes para patriotas memos. Desde la platea contempla el escenario en llamas. Todo puede acabar reducido a cenizas. Y nadie sabe quién reirá el último.

Artículo publicado (con otro título) en Luzes de Galiza, nº73, octubre 2019.
Actualización del 11 de noviembre: ‘La Bestia rió. El cachorro lactante se inmoló’.
Actualización del 13 de noviembre: ‘Y Pablo y Pedro cayeron del caballo. Pero ¿y del altar?’