Dominio público

Maastricht, contigo empezó todo

Miguel Urbán Crespo

Eurodiputado y militante de Anticapitalistas

Gonzalo Donaire

Economista y militante de Anticapitalistas

Sede del gobierno de la provincia holandesa de Limburgo, en Maastricht, donde se firmó el 7 de febrero de 1992 el Tratado que creó la Unión Europea actual. AFP/Sophie MignonDos reuniones del Eurogrupo y varios días de discusiones maratonianas concluyeron este jueves con el aplauso unánime de todos los ministros de Economía allí tele-reunidos. ¿Cómo es posible que, partiendo de posiciones tan opuestas e irreconciliables, al final todas las partes se diesen por satisfechas? ¿Vivió el Eurogrupo un festival del consenso? Países Bajos quería hombres de negro aterrizando en paracaídas en cada economía golpeada por la pandemia. Italia izó la bandera histórica de los eurobonos. Entre medias el resto se fue agrupando. Alemania no quería ni quiere hablar de eurobonos, pero esta vez jugó a poli bueno aprovechando la beligerancia neerlandesa. Austria y los países nórdicos nunca se alejaron de esa órbita tan suya. En frente, los países del sur parecían seguir a Roma, pero Macron rápidamente volvió a ponerse su traje de Principito equilibrista de Europa y Nadia Calviño nos recordó que siempre será un agente de Fráncfort en Madrid y allí donde esté.

El resultado: una "red de seguridad" comunitaria lo suficientemente ambigua y con tantos flecos que remeter en próximas reuniones que permitía a cada parte vender el producto a su público como un éxito absoluto. Y en Europa, como en el fútbol, cuando todos juegan al final siempre gana Alemania. Porque el acuerdo no hace mención alguna a los eurobonos. Y aunque a priori no habrá la temida y estigmatizante condicionalidad del MEDE, la ayuda financiera sin condiciones solo será para gastos médicos y en esta primera fase vírica. Luego, los Estados Miembro tendrán que pedir préstamos.

Y vaya si lo harán, porque la línea de liquidez propuesta es raquítica (550.000 millones de euros, a pesar de que el propio Banco Central Europeo estima que haría falta al menos el triple solo para empezar a abordar un auténtico plan de reconstrucción económica) y porque casi todas las telas de esa "red de seguridad" adoptan forma de préstamos, empezando por el tan cacareado seguro de desempleo europeo (Sure) propuesto por la Comisión Europea para paliar el desempleo derivado de la pandemia. 100.000 millones de euros también en forma de préstamos, de los cuales España podrá acceder a unos 10.000 millones para cofinanciar el gasto de los numerosos ERTE.

En resumen: cuando pase el impacto inicial de la crisis vírica y sanitaria y llegue de lleno la crisis económica y social, tendremos deuda y nuevos préstamos para pagar la deuda que no podemos devolver; y hombres de negro para asegurar que se acometen las "reformas estructurales" que según las tesis neoliberales servirán para pagar esas deudas y pedir nuevos préstamos. Endeudarte para pagar las deudas que no puedes pagar. Un cuento bien conocido durante décadas en decenas de países del Sur global. Y así gira y gira la trampa de la deuda, esa verdadera telaraña austericida en la que se convertirá la "red de seguridad" unánimemente aplaudida el jueves por la noche.

Y será así no porque nos guste ponernos agoreros o llevemos el pesimismo de serie en la sangre, sino porque con los actuales tratados europeos en la mano, simplemente es imposible que todos esos préstamos no traigan condicionalidad ni que esta adopte otra forma que no sea la de los recortes que ya conocemos y sufrimos desde hace años. El fundamento jurídico del MEDE es el artículo 136.3 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea que impone que las ayudas financieras que se concedan a través de este mecanismo estarán sujetas a "condiciones estrictas". Esto no significa otra cosa que los deudores ceden el poder de decisión sobre su política económica a los acreedores en el marco de los Memorándum de Entendimiento (los MoU, sí como esos que les impusieron a Grecia a golpe de golpes de Estado financieros). Así que por mucho que, con la excepcionalidad del momento, los prestamos de hoy pudieran estar "libres de condiciones", en el Eurogrupo quedó claro que, cuando el virus se vaya, llegarán los planes de ajuste estructural y los hombres de negro a ocupar su lugar.

Al otro lado del Canal de la Mancha, mientras el Eurogrupo discutía la condicionalidad actual y futura de los préstamos del MEDE, el Banco de Inglaterra (BoE) anunciaba que financiará directamente al Gobierno británico "sin límite" en su lucha contra la epidemia y sus consecuencias. Y ese espejo refleja el verdadero problema al que se enfrenta la UE y ningún gobierno parece atreverse a señalar: la camisa de fuerza que supuso la costitucionalización de los principios neoliberales recogidos en el Tratado de Maastricht y la Unión Económica y Monetaria (UEM), un verdadero sabotaje del proyecto europeo. Mediante el artículo 104 de ese tratado se consagró la prohibición de que el Banco Central Europeo y por ende los bancos centrales de los Estados miembros pudiesen financiar a partir de entonces a los gobiernos.

Algo que venimos denunciando desde hace años y cuyas consecuencias aparecen dramáticamente cada vez que las cosas vienen mal dadas. Pero más allá de responder a una ortodoxia neoliberal desastrosa, esa barbaridad supone un negocio redondo para la gran banca privada. Ya pasó con la crisis de la deuda de 2010 y va camino de repetirse tras la pandemia actual cuando los bancos hagan de intermediarios de los préstamos "de rescate de la economía europea". Desde que se ratificó el Tratado de Maastricht, se calcula que los bancos europeos han recibido anualmente alrededor de 350.000 millones euros en concepto de intereses por la deuda asociada a la financiación de los Estados europeos. Desde un punto de vista socialista e internacionalista, el debate no está en si la soberanía monetaria tiene que ser europea o española, sino si está controlada democráticamente y a qué intereses de clase responde. Un BCE independiente de cualquier control democrático, únicamente preocupado en controlar la inflación y que vierte millones a la banca privada, es una pérdida neta de soberanía económica y de democracia, tenga la bandera que tenga y abarque el territorio que sea.

Y el resultado de todo esto es una brecha creciente entre Norte y Sur, entre Estados deudores y Estados acreedores, entre regiones y poblaciones, entre ricos cada vez más enriquecidos a costa de pobres cada vez más empobrecidos. Aquella Europa de la democracia, la paz, la igualdad y los Derechos Humanos solo ha existido en la propaganda de la UE. La verdadera construcción europea ha consistido en levantar un armazón jurídico-político que constitucionalizase el neoliberalismo. Los hombres de negro no son una contingencia más o menos accidental de la UE, sino el corazón mismo del proyecto surgido tras Maastricht. Por eso, la desobediencia a esta UE realmente existente y a sus tratados se vuelve un elemento impostergable en cualquier estrategia transformadora en Europa. Cualquier europeísmo que no cuestione esta Unión Europea neoliberal solo se hace trampas al solitario. Y ya no vale decir "yo qué sabía" ante tanta evidencia reiterada.

Si el debate es elegir si los hombres de negro vuelven este año o el que viene, alimentar artificialmente esa discusión no esconde ninguna solución progresista que salvará a Europa, como sin embargo hemos escuchado machaconamente estos días. Entonces, ¿qué hacemos? Romper la trampa neoliberal de la deuda. ¿Cómo? Comprando deuda directamente a los Estados miembros. Y emitiendo moneda. O sea, enchufando la máquina de billetes para crear dinero sin generar deuda. Es decir, entregando fondos, no prestándolos. Condonando deuda, no creando nuevas. Ya se hizo otras veces. Cierto, en situaciones excepcionales. Pero, ¿no se supone que esto es como una guerra? Pues que valga el símil para algo más que para recortar libertades y sacar al ejército a la calle.

Pero volvemos al centro de la trampa: en la UE realmente existente eso no es posible. El BCE lo tiene prohibido. Y haciéndolo se podría disparar la inflación. Y como no queremos susto, pues elegimos muerte. Gracias Maastricht, contigo empezó todo. Y eso es lo que hoy hay que poner encima de la mesa: Maastricht no sirve. Y no solo porque no nos deje hacer las políticas que nos gustaría, sino porque no nos deja hacer política a secas y no sirve para salir del agujero en el que estamos entrando. Quebrar la arquitectura del BCE es hoy una batalla política central. Pero entonces, ¿qué queréis, saliros de la UE? No, salirnos de Maastricht. Para hacer otras políticas, para hacer política y para salir de esta crisis. Ahí es na. Pero, ¡eso es muy difícil! Seguro que sí. Pero también parecía imposible hasta hace un mes saltarse el techo de gasto y mira dónde estamos hoy. Cuestión de correlación de fuerzas. Y esas cosas se construyen, no caen del cielo.

Y claro, es y será una batalla larga en la que avanzaremos despacio. Pero mejor eso que avanzar hacia ninguna parte montados en los unicornios de falsos debates sobre la bondad inviable de los eurobonos imposibles. Además, desobedecer a la UE realmente existente y a sus tratados es una tarea que no se agota en sí misma, sino que debe tener por horizonte construir progresivamente esa correlación de fuerzas favorable a un proceso de integración europea diametralmente diferente: que parta desde el "sur" político y geográfico, y que tenga en las clases populares su combustible, la "democracia real" como bandera y la justicia social y la solidaridad como meta. La primera tarea es plantear el debate y sumar a más gente a él. De lo contrario quedarán, quedaremos, atrapados entre la espada de la Troika y la pared de la xenofobia nacionalista. Y para comenzar a darle la vuelta a Europa, podríamos, como recomendó Perry Anderson, empezar quemando el Tratado de Maastricht. Al lío.