Dominio público

Consejos para evitar el confinamiento y el colapso

María Pazos Morán

Investigadora sobre economía feminista. Su último libro publicado es 'Contra el Patriarcado. Economía Feminista para una Sociedad Justa y Sostenible'. Blog: www.mariapazos.com Twitter: @MariaPazosMoran

Edificio de viviendas en Madrid durante el confinamiento en el estado de alarma por la pandemia del covid-19. REUTERS/Sergio Perez
Edificio de viviendas en Madrid durante el confinamiento en el estado de alarma por la pandemia del covid-19. REUTERS/Sergio Perez

Cada mañana nos despertamos (si hemos dormido) a este arresto domiciliario de toda la población que casi nadie hubiera podido anticipar. Ahora se nos anuncia que nunca recuperaremos la libertad más que de forma provisional y parcial. Se nos augura un segundo gran encierro para dentro de unos meses y se nos dice que tendremos que acostumbrarnos a "una nueva normalidad".

Sigue pendiente el debate sobre si este confinamiento era una medida adecuada, y si era necesario hacerlo tan estricto como en España, o se podría haber optado por la orientación de países como Suecia, tal como se explica aquí. Tendremos que evaluar la relación del pánico generado con el abandono o encierro en condiciones dantescas de muchas personas mayores, esas a las que se trataba de proteger, y con el colapso de las urgencias en los hospitales.

Tendremos que evaluar también las consecuencias del confinamiento sobre los derechos humanos, la violencia de género, los suicidios, los brotes sicóticos y otras enfermedades. Y, por supuesto, sobre la multiplicación del número de personas que no tienen para comer, en nuestro país y en los demás. La pobreza mata, recordemos.

Pero la cuestión ahora es si podríamos prevenir que los confinamientos y el distanciamiento social sean la "nueva normalidad".

Nos enfrentamos a amenazas letales relacionadas entre sí: crisis climática; contaminación del aire, del suelo y de los alimentos; aumento exponencial de las enfermedades; crisis sanitarias, debacle de los servicios públicos; desigualdad social y la pobreza extrema; crisis migratorias y de derechos humanos... Podríamos visualizar un esquema con estos elementos y flechas que los unieran a todos con todos.

No pretendo dejar de hablar del coronavirus, al contrario, porque esta crisis es la cristalización de todas las demás; el callejón sin salida (metafórica y literalmente) al que hemos llegado; el mazazo en la cabeza que se nos ha dado a la humanidad y del que podríamos sacar conclusiones sensatas para abandonar nuestro actual rumbo insensato hacia el colapso.

Se nos repite en la TV que el covid-19 afecta a todas las personas por igual sin distinguir clases sociales, países o hábitat. Nada de eso; a partir de las estadísticas disponibles se ven claramente los factores que inciden en la mortalidad.

La contaminación del aire es determinante, como también reconoce la OMS. La ONU, , por su parte denuncia que esta es la causa directa de 7 millones de muertes humanas cada año, ya antes del coronavirus. Teniendo en cuenta que el coronavirus afecta a los pulmones, no es sorprendente que se haya cebado especialmente en el norte de Italia y en Madrid, los dos puntos más negros de Europa en cuanto a contaminación (ver mapa aquí). En el norte de Italia ya se registraban altos índices de enfermedades pulmonares, y también tiene la población más envejecida de Europa. Pensemos en otros lugares como Nueva York o Wuhan y reforzaremos esta constatación

El estado de salud de la población previo al coronavirus es la gran variable. De hecho, casi todas las personas que mueren con coronavirus tenían patologías previas (lo que está fuertemente correlacionado con la edad, pero no es la edad en sí misma): según este interesante informe del gobierno italiano, una media de 3,3 patologías previas por caso.

Los pacientes con patologías suelen tomar muchos medicamentos que no son inocuos. Algunos incluso interactúan negativamente con el coronavirus (es el caso de los antiinflamatorios, según alertó el gobierno francés). Otros son administrados a pacientes con coronavirus a pesar de que no está probada su eficacia y, sin embargo, sí se conocen sus efectos secundarios (por ejemplo la cloroquina y derivados).

El concepto de salud que hemos ido asumiendo es uno de nuestros peores enemigos. Hemos dejado de confiar en la capacidad de reacción de nuestro cuerpo y nos atiborramos de medicamentos a la primera de cambio. Tomamos medicamentos para aliviar todos y cada uno de los síntomas, incluso antes de que aparezcan y aunque sepamos que no nos curan la enfermedad que tenemos y que nos pueden producir otras.

Esto lo suele poner en los prospectos ("sintomático", "efectos secundarios"...), pero muchas veces no los leemos. Confiamos en lo que nos dice nuestro médico/a, que a su vez está sujeto a los protocolos, que a su vez están mediatizados por la industria farmacéutica. Los tomamos porque tenemos miedo, porque no aceptamos el riesgo. Gran contradicción.

Esta es la vía por la que llegamos a que tantas personas mayores vayan con el pastillero a cuestas. No hablo de oídas, a mí también me han recetado en varias ocasiones medicamentos "ya de por vida" para enfermedades supuestamente incurables.

No se ha dedicado mucha atención al problema de la resistencia a los antibióticos, a pesar de que son el medicamento clave y sistemático para los casos de coronavirus que derivan en neumonía. Pues bien, según la OMS, la resistencia a los antibióticos mata cada año directamente a 700.000 personas en el mundo. Italia tiene la mayor tasa de resistencia a los antibióticos de Europa.  España es el país de la UE que más antibióticos usa (cuatro veces más que Alemania).

Hoy ya es ampliamente conocido que el 80% de los antibióticos son consumidos por el ganado, lo que significa que son posteriormente ingeridos por las personas al comer carne, siendo esta la principal causa de resistencia. De hecho, la OMS  ha pedido que se suspenda la administración de antibióticos a animales para consumo humano. Pero eso es imposible porque, entre otras cosas, los animales de las granjas industriales están sistemáticamente enfermos. Cuando mueren, se trituran y se les dan a comer a los que sobreviven.

Las vacas lecheras tienen frecuentes mastitis, que por supuesto se tratan con antibióticos, y tanto las bacterias como los químicos y la pus que segregan se transmiten a la leche. Otra gran contradicción: necesitamos la asepsia total pero podemos comer todo esto.

Siguiendo con la salud humana, existe relación entre el consumo de carne y el cáncer, el colesterol, las enfermedades coronarias, la diabetes... curiosamente los factores de riesgo frente al coronavirus. La ganadería es la gran responsable de la actual agricultura extensiva a base de combustibles fósiles, transgénicos, insecticidas, herbicidas y abonos químicos. También es una causa fundamental de contaminación de los acuíferos y de deforestación, así como de emisión de gases de efecto invernadero adicionales a los que emiten los combustibles fósiles. Entre ambos factores, se estima que la ganadería es responsable del 51% de las emisiones.

Así que si dejáramos de comer carne y productos de origen animal mejoraría enormemente nuestra salud, la del planeta y obviamente la de los animales mismos. Pero aunque solo pensáramos en la salud humana a corto plazo, o incluso aunque solo pensáramos en prevenir futuras pandemias para no tener que encerrarnos más, ya tendríamos una buena razón.

Porque, a pesar de que se ha puesto el foco en que el coronavirus viene de "animales salvajes", lo único cierto es que su origen es animal, como el de otros anteriores. Además, aunque fueran salvajes los animales originarios, deducir que ha llegado a nosotras por ingestión directa de estos animales no tiene más fundamento que el deseo de seguir ignorando el eslabón más probable de transmisión de este y otros virus: las granjas industriales. Negar estas evidencias no es más que una forma socialmente aceptable de negacionismo, como se explica aquí.

¿Estamos dispuestos/as a cambiar radicalmente de vida? Hasta ahora pensábamos que eso llevaría tiempo, pero esta experiencia está demostrando que es posible un cambio repentino y monumental. Pues bien, las tres principales modificaciones en nuestro comportamiento cotidiano que se aconsejan para reducir radicalmente las emisiones y la contaminación, a la vez que mejorar nuestra salud, son: dejar de comer productos de origen animal, dejar de viajar en avión y dejar de usar el coche.

Además, necesitamos reducir al mínimo el uso de plásticos, consumir productos vegetales de proximidad, llevar una vida sana, evitar los medicamentos siempre que sea posible. Aún con todo ello y más, sería mucho menos traumático que el confinamiento y sin efectos secundarios. Al contrario, nos sentiríamos mucho mejor.

¿Y si esta distopía que estamos viviendo nos hiciera reflexionar? En ese caso, habría que reivindicar políticas públicas para hacer posible ese cambio colectivo sin que ninguna persona resultara perjudicada. Ya "solo" tendríamos que enfrentarnos a las grandes multinacionales y a sus lobbies. Pero ese es otro asunto.

Continuará…