Dominio público

La Nochebuena de una abuela que mira por la ventana

Octavio Salazar Benítez

Catedrático de Derecho Constitucional. Miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba

En estos días de tanta mesa camilla, a la que siempre vuelvo como un niño mal criado, no han dejado de venir a mi cabeza imágenes de esa Navidades en las que solo por el hecho de seguir los ojos ilusionados de mi hijo me dejaba llevar por todo eso que ahora me deja indiferente. No he podido olvidar todos los preparativos que desde semanas antes, como quien va ahorrando poco a poco en una hucha secreta, su abuela iba tejiendo, sin que nadie la viera, a su aire, en esos pequeños espacios de libertad que podía permitirse. Como si fuera una hormiguita, iba llenando la despensa de cosas ricas, preparando en sobres al aguinaldo que daría a sus nietos y a sus nietas (ay, cada día más y la paga siempre la misma), rescatando el viejo belén que guardaba en el trastero. Era todo un ritual para ella colocar en un lugar central de la cocina el jamón que cada año compraba como si fuera un tesoro y con el que parecía conformarse de que la lotería nunca llamase a su puerta. Un jamón que luego iban cortando en lonchas alguno de sus hijos y que cuando llegaba el 6 de enero había adelgazado considerablemente. Eso sí, siempre quedaba un resto que con mimo nos envolvía en papel de aluminio para que nos lo lleváramos a casa, como quien entrega una parte muy sustanciosa de su herencia.

Recuerdo a la abuela, cuyo nombre rima con Nochebuena,  siempre con el delantal puesto, de pie en la cocina una hora tras otra, sentándose la última a cenar, y siempre en el filo de la silla, a punto de deslizarse, para no perder tiempo sin tenía que ir a por un vaso de agua o por algún cubierto que faltase en la mesa. Eran cenas, claro, de marisco, mucho marisco, y de empanadas recién hechas. De fondo, Canal Sur, siempre Canal Sur, porque mis pueblo las personas mayores solían tener la cadena autonómica en modo fijo en la pantalla. Así que nos tocaba aguantar todos los años los mismos villancicos flamencos que realmente nadie escuchaba, porque era el momento de hablar, con las voces bien altas, todo lo que no se había hablado durante el año. Una de las mayores preocupaciones de la abuela era que yo me quedase con hambre, ya que sabía que a mí no me gusta el marisco. Yo siempre le insistía en que estaba más que lleno y que guardaba hueco para los dulces de después.

La abuela era una de esas mujeres que cuando llegaba la Navidad se permitían el lujo de tomarse una copita, o a veces dos y hasta tres. También era como un ritual abrir el mueblebar y sacar las botellas de licores, que a mí me parecían que eran las mismas año tras año, como si fuera un milagro que nunca se acabaran del todo. Como he visto tantas veces a hacer a mujeres que entonces no se permitían el lujo de salir a tomarse algo o de disfrutar del ocio en un bar o una cafetería, como sí  lo hacían sus maridos, ella disfrutaba la Nochebuena tomándose sus copitas de Licor43. Me ha costado recordar el nombre porque hace ya algunos años que no lo escucho pero en cuanto que me ha venido a la cabeza, ha sido como si desfilara delante de mí todo ese tiempo en que la abuela era la más feliz del mundo, o al menos era la más feliz por unas horas, teniendo allí, en un salón que cada año parecía más estrecho, a toda la familia. Incluso el primer año que faltó el abuelo, el jamón, el Licor 43 y los villancicos de Canal Sur hicieron posible que aquella Nochebuena se pareciera a lasa anteriores. Quizás ese sea el encanto perverso de las Navidades: la errónea sensación que nos permite pensar, ilusos, que el tiempo no pasa porque cada año parece calcado al anterior.

Este año, en los días previos a la Navidad, y cuando veía cómo la gente ocupaba las calles del centro de la ciudad como si tuvieran la necesidad incontrolable de hacerse con el espacio público y de sentir la proximidad del calor humano, no pude evitar acordarme insistentemente de la abuela de mi hijo, y de aquellas Navidades, y casi por primera vez en mucho tiempo he sentido el cruel paso del tiempo y la angustia multiplicada de estos meses de pandemia. Afortunadamente, ella no ha cogido el maldito virus ni en su residencia, que yo sepa, ha habido contagios ni las dramáticas consecuencias que hemos sabido de otras. Lleva, eso sí, semanas, meses me temo ya, sin poder recibir visitas, comunicándose con sus hijos e hijas a través de una pantalla, luchando a solas con una enfermedad irreversible que tal vez, ojalá, la esté haciendo menos consciente de todo lo que está pasando ahí afuera. En este mundo en el que la mayoría de sus nietos y nietas son ya mayores de edad, en el que incluso una de ellas la ha convertido en bisabuela y en el que, pese a las evidencias que deberían dolernos, seguimos empeñados en ser más chulos que nadie y no ser conscientes de la fragilidad de lo que nos mantiene vivos. En este mundo en el que la absolutización del presente y el engaño de la felicidad que consumimos hace que las personas mayores no cuenten como seres autónomos.

Este año, en el que con más ansia que nunca viviré estos días contando los minutos que faltan para que dé la vuelta el calendario, cenaré el 24 un poquito de jamón, de ese que ya viene cortado porque yo soy un desastre con los cuchillos. Lo saborearé despacio, como hacen los que catan vinos, y trataré de encontrar en el rojo de la loncha una brizna al menos de aquellas nochebuenas de ojos verdes y villancicos flamencos. Buscaré un licor lo más parecido al que tanto le gustaba a la abuela de mi hijo y brindaré por las ventanas abiertas del futuro. Por las lecciones que ojalá todas y todos hayamos aprendido en este año que no hizo sino recordarnos lo vulnerables que somos y lo prioritario que debería ser el sostén de la vida. Esa que nuestras personas mayores atesoran como un libro que deberíamos aprender a leer.