Dominio público

¿Es discurso de odio criticar aspectos de las leyes trans?

Rosa Cobo

Profesora de Sociología de la Universidad de A Coruña y escritora feminista.

La acusación de transfobia a cualquier apunte crítico a la ley trans, una ley que aún no se conoce, pero que parece ser muy similar a otras que se han aprobado en varias comunidades autónomas, no es admisible. Solo puede entenderse este insulto en el marco del clima ideológico de criminalización del contrario que se ha ido instalando en las sociedades democráticas al calor del populismo de extrema derecha. Cuando los insultos sustituyen a los argumentos estamos en los prolegómenos del fascismo. No voy a hablar en este artículo sobre los desacuerdos que tengo con la ley, que los tengo, como los tengo con otras muchas leyes. Parto del supuesto de que la comunidad trans reclama los derechos que estima que le corresponde, como también parto del supuesto de que el feminismo defiende los derechos de las mujeres como ha hecho durante tres siglos.

Sin embargo, me gustaría hacer dos observaciones en relación a este asunto. El primero de ellos es que en la comunidad trans no hay una sola voz. Para decirlo de otra forma, el transactivismo no representa a todas las personas trans. Las Mujeres Reasignadas, una organización trans, no comparte los mismos supuestos que el transactivismo. El movimiento trans no es homogéneo sino diverso. Por lo tanto, sería conveniente que se pudiesen escuchar todas las voces, no solo una. Es decir, sería conveniente que antes de presentar la ley, el gobierno escuchase todas las voces que están presentes en la comunidad trans y no solo aquellas que son hegemónicas en el movimiento LGTB, debido al enorme apoyo institucional del que gozan, desde el mercado hasta el Estado, pasando por segmentos de la cultura y de la academia. Quiénes estiman que el feminismo es plural en sus posiciones teóricas, políticas y estratégicas deben admitir por la misma lógica que el movimiento LGTB y la comunidad trans también son plurales.

En segundo lugar, es conveniente mirar atrás, al pasado, a nuestra historia reciente, para comprender que los grupos oprimidos y/o discriminados han tenido intereses opuestos en muchos momentos históricos. Y que lo que ha beneficiado a un movimiento, ha dañado a otro. Voy aponer un ejemplo sobre el movimiento feminista y el movimiento obrero. Después de la segunda Guerra Mundial, en Europa, la derecha y la izquierda pactaron un nuevo modelo de sociedad, aquel que dio lugar a los estados de bienestar. Sería más correcto señalar que lo pactaron los varones de izquierdas y de derechas. Este modelo se asentaba en papeles distintos para hombres y mujeres. A los varones se les asignó el papel de proveedores universales y receptores de un salario familiar, y a las mujeres se les obligó a ejercer el papel de amas de casa y trabajadoras gratuitas sin salario y sin los derechos que proporcionaba el mercado laboral. El feminismo argumentó críticamente contra ese modelo que dejaba a las mujeres en una situación de subordinación. La izquierda, sin embargo, no quiso admitir la injusticia de ese modelo de sociedad y descalificó al feminismo con términos como burgués o liberal. Entonces la izquierda no acusó al feminismo de articular un discurso de odio contra los obreros, pero sí defendieron sus privilegios descalificando al feminismo. Algunos de los derechos que alcanzaron los obreros los consiguieron explotando económica y sexualmente a las mujeres en el hogar y excluyéndolas del espacio público-político. Este es un ejemplo de cómo los derechos que obtiene un grupo, en este caso el movimiento obrero, puede dañar los de otro grupo. Es solo un ejemplo para comprender que no existe una armonía preestablecida en todos los colectivos subordinados o discriminados.

¿Qué ocurre hoy para que las feministas no podamos plantear nuestra preocupación política cuando identificamos algunas diferencias entre la reivindicación de los derechos de las personas trans y los de las mujeres en las leyes autonómicas y la estatal que está elaborándose? Negar el debate y calificar la disensión como discurso de odio es contribuir a la creación de una cultura autoritaria, más próxima al fascismo que a la democracia. Por supuesto que las feministas estamos a favor de los derechos de las personas trans –estar en contra de los derechos de personas vulnerables y con falta de respeto social es una barbarie- pero también es evidente que hay colisiones de intereses entre los derechos de las mujeres y las personas trans que deben ser debatidos y negociados. El debate, el pacto y la negociación están en el corazón de la democracia. Criminalizar el debate no anuncia nada bueno. Y calificar como discurso de odio el disenso tampoco.