Dominio público

Opiniones respetables

Santiago Abascal y Santiago Garriga, de Vox. / Andreu Dalmau (EFE)
Santiago Abascal y Santiago Garriga, de Vox. / Andreu Dalmau (EFE)

Ver sin sonido el vídeo de la periodista Gemma Nierga entrevistando al diputado de Vox, Ignacio Garriga, da cuenta de las arenas movedizas en las que se vio atrapado el político ultraderechista. En el fragmento que se hizo viral el pasado 22 de septiembre durante su paso por el programa de La2, Café d’Idees, la periodista dejaba en evidencia a Garriga cuando este se negaba a reconocer al colectivo LGTBI y acusaba a la izquierda de "colectivizar" a las personas. Nierga le preguntaba por qué ellos, en cambio, sí lo hacían con las personas migrantes cuando les atribuyen todos los males. Las redes celebraron el sencillo y a la vez inusual ejercicio de periodismo, suficiente para deshacer en pocos segundos las trampas de la ultraderecha como un azucarillo en un café.

No era la primera vez que Garriga tropezaba ante las cámaras. El pasado mes de febrero patinó en Els Matins de TV3 cuando demostraba desconocer el presupuesto de la Generalitat: "Mucho", dijo. "27 o 70 millones". Pues no. "Son 30.000 millones", le recordó la periodista Lidia Heredia. Es normal, pues, que los periodistas que no le sirven a la ultraderecha como altavoz o como blanqueador sean señalados, acusados de activistas o increpados al más puro estilo Trump, como hizo esta misma semana Macarena Olona en el Congreso con Cristina Pérez, de La Sexta.

Sin embargo, las contradicciones y los constantes relatos cuasi conspiranoicos de la ultraderecha a veces pasan factura. Véase la polémica tras la negativa de varios de sus cargos a admitir haberse vacunado y la ira con la que Federico Jiménez Losantos atacaba a los negacionistas y antivacunas. O cuando el líder del partido fascista España 2000 publicaba una carta a Abascal reivindicando la manifestación nazi de Chueca y acusando a la formación verde de copiar sus lemas, defenestrando así el bulo de que los conocidos neonazis eran actores social-comunistas. Ambos hechos ocurridos esta misma semana.

El ascenso de Vox no hubiese sido posible sin la ayuda de los medios. La polémica que suscita la ultraderecha da audiencia, y de ello se valieron para sobredimensionarla cuando la formación ultra irrumpió en escena en 2018, acostumbrados a la ausencia de un partido ultraderechista en España. Es obvio el valor informativo, pero el matiz es importante. Informar sobre la extrema derecha es necesario. El tema es cómo y cuándo.

Pasados ya unos años, nadie puede decir que no sabe qué es y a qué juega Vox. Mientras el partido trata a la vez de normalizar su batalla cultural contra los consensos en materia de derechos humanos (lo que llaman "dictadura progre") insertando sus mensajes y sus marcos en los medios, a pesar de su constante victimización y su berrinche contra estos, los necesita para sobrevivir. Sabe cómo marcar los debates, cómo ser noticia constante y cómo provocar la reacción de los contrarios. Por eso, ningún exabrupto es improvisado. Todo está más que calculado. Desde llamar "bruja" a una diputada hasta el dichoso bote de pimentón en la mesa de un despacho. Pero no siempre le sale bien. Sobre todo, si topan con algún periodista que los sabe sacar de su zona de confort.

Demasiado a menudo, la ultraderecha se pasea por el campo mediático para recoger lo sembrado. Basta con que los medios se dediquen durante meses a poner el foco sobre los okupas, los MENA, los musulmanes o los independentistas, que ya llegan ellos con sus soluciones mágicas a problemas complejos. Y no basta con confrontar sus ideas o desmontar sus mentiras. También importa donde se pone el foco cuando el problema de la vivienda se convierte en el problema de la ocupación. O cuando los niños migrantes se convierten en un problema de seguridad pública y no en la vergüenza de un Estado que, cuando le interesa, saca pecho con su supuesta defensa de los derechos humanos en su casa y allende los mares.

La mayoría de periodistas detestan el racismo, el machismo y la homofobia. Son conscientes del peligro del discurso de odio y se saben también en el punto de mira de los ultras cuando no les ríen las gracias. O simplemente cuando hacen su trabajo. Hay quien cree que la firmeza ante el odio te convierte en activista y automáticamente dejas de ser periodista. Como si los profesionales de la información viniesen ya despojados de prejuicios, ideologías y sin líneas rojas que saben que no pueden traspasar por temor a que sus jefes se molesten. O como si la elección de la noticia, del foco e incluso el lenguaje estuviesen exentos de subjetividad. Despojar de toda responsabilidad a quien influye diariamente en la opinión pública no es más que un ejercicio de cinismo. Y es que no hace falta más que ser demócrata para saber que el discurso de odio y la mentira no son opiniones respetables. Y que defender los derechos humanos no casa con dar alas a los discursos de odio ni a sus voceros. Y si no tienes más remedio que darles voz, que sepan que no eres un altavoz, sino que les va a tocar retratarse.