Dominio público

El secuestro de la historia

Alfredo González-Ruibal

Doctor en Arqueología Prehistórica por la Universidad Complutense de Madrid y científico titular en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC

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Que la agenda histórica la está marcando la derecha es tan evidente como que es la derecha la que está marcando la agenda política. Ambos fenómenos van de la mano y forman parte de una estrategia global del nacional-populismo. Los propagandistas reaccionarios, casi nunca historiadores, han secuestrado la historia: difunden en la esfera pública discursos desfasados, llenos de falsedades o medias verdades, y lo hacen con una enorme capacidad de proyección. Mientras tanto, quienes nos dedicamos profesionalmente a la investigación del pasado nos encontramos una y otra vez replicando a estos discursos -y con limitado éxito.

La postura reactiva tiene un doble efecto perverso: por un lado, si los propagandistas dicen que España es grande y virtuosa y los historiadores y arqueólogos hacemos ver que detrás de esa grandeza y virtud hay mucha violencia y explotación, quedamos marcados como enemigos de España, porque parece que solo nos interesan los aspectos negativos de nuestro pasado. Pero esto es una trampa: señalamos lo malo no porque nos guste particularmente regodearnos en la tragedia o porque consideremos que España tiene una historia más siniestra que el resto, sino porque nos vemos obligados a contradecir a quienes convierten la tragedia en una hazaña moral o filosófica.

Por otro lado, la derecha ultramontana decide continuamente qué es y qué no es relevante en la historia, qué merece o no ser conmemorado—la conquista de América, sí; el republicanismo, no—de la misma manera que decide qué debe o no debe ser el centro del debate político—la inmigración o los okupas, sí; la especulación inmobiliaria o la evasión de impuestos, no.

Lo que el nacional-populismo convierte en centro de la discusión sobre el pasado me preocupa doblemente, como ciudadano y como académico. Me preocupa como ciudadano porque es un discurso racista, que predica la existencia de culturas superiores e inferiores; militarista, porque ensalza la guerra y la agresión, y ultranacionalista, porque coloca una idea de patria anacrónica y excluyente en el centro del discurso histórico.

Pero el relato nacional-populista me preocupa tanto o más como académico. Y por tres motivos: primero, porque es presentista y nos impide comprender adecuadamente las motivaciones y la racionalidad cultural específica de las sociedades del pasado. Si decimos que las Leyes de Burgos de 1512 son el precedente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos ni entendemos las Leyes de Burgos ni entendemos la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Si presentamos a Cristóbal Colón como un científico preocupado por expandir el conocimiento, no entendemos a Cristóbal Colón; la mejor manera de respetar a los protagonistas de la historia es tratar de comprenderlos en su contexto, no proyectar en ellos nuestros anhelos y fobias.

Segundo, la historia nacional-populista es reaccionaria no solo ideológicamente, sino científicamente. Nos devuelve a un estadio de la investigación anterior a la consolidación de la historia o la arqueología como disciplinas científicas. Nos devuelve al mundo de las crónicas y el anticuarismo. No hemos experimentado varias revoluciones paradigmáticas a lo largo de un siglo y medio —desde el positivismo al giro material pasando por la microhistoria o la deep history—para regresar a historietas de manual escolar de 1870.

Tercero, porque el discurso histórico reaccionario es extraordinariamente simplista. Conocer el pasado debe servir para disfrutar, pero también para reflexionar. La historia —sea en formato de libro, vídeo de YouTube o hilo de Twitter— tendría que provocarnos intelectualmente, desafiarnos y, a veces, incomodarnos, tendría que demostrar que el pasado es complejo y diferente—y precisamente por eso, fascinante. Las crónicas de batallas y conquistas reconfortan y entretienen porque son sencillas, pero como son sencillas, acaban resultando predecibles y repetitivas. Don Pelayo es Hernán Cortes es Blas de Lezo.

La historia está llena de historias: de mujeres y hombres, de imperios y tribus, de conquistas y rebeliones, de obreros, aristócratas, mercaderes, eremitas, viajeras, peregrinos y revolucionarias. Sin embargo, los propagandistas insisten en contar solo una, siempre la misma. Es necesario que quienes investigamos el pasado volvamos a marcar la agenda, no solo porque las historias que contamos son más ajustadas a la realidad, sino porque son infinitamente más interesantes.