Dominio público

La derecha y sus fantasmas

Santiago Alba Rico

.- PIXABAY

Llama la atención el hecho de que, tras la victoria del ultraderechista José Antonio Kast en la primera vuelta de las presidenciales chilenas y anticipando el enfrentamiento con Gabriel Boric, cierta inercia periodística, a derecha e izquierda, hable de "polarización" y de "una sociedad dividida". Allí donde hay solo dos opciones, el voto se dividirá, obviamente, de forma binaria, pero la única y decisiva división que hay en Chile es la que existe entre votantes (un 47%) y no votantes (una mayoría del 53%).

En cuanto a la "polarización" —léase "radicalización"—, es peligroso y fraudulento asimilar la candidatura de un confeso pinochetista, antifeminista y homófobo, a la de un moderado izquierdista, procedente de los movimientos estudiantiles y cuyo referente remoto es el Partido Socialista. Esta idea de la "polarización", desde luego, conviene a Kast, que la alimenta mediante una subversión lingüística muy familiar para los españoles: "Los chilenos tendremos que elegir entre el comunismo y la democracia", declaró tras conocerse el resultado electoral. Es el poder del lenguaje: mediante esta frase el defensor de Pinochet pasa a encarnar la democracia al tiempo que resucita un comunismo fantoche que no se presenta a la segunda vuelta.

No voy a decir nada de Chile, salvo que parece reproducir un esquema que, por repetido, constituye ya un patrón: el hundimiento de la derecha democrática en favor de un destropopulismo radical que necesita convocar el pasado para proseguir la "revolución" neoliberal. El pasado, que incluye el fantasma del comunismo, atrae a votantes asustados; el neoliberalismo seduce a políticos liberales ex-demócratas. Este patrón explica por qué, según el reciente informe de International Idea, la democracia no ha dejado de retroceder en los últimos años en todo el mundo, de tal manera que el número de personas que vive hoy en regímenes democráticos es una minoría: apenas el 30% de la población planetaria.

Hace unos días, en una entrevista publicada en Jacobin y CTXT, el geógrafo marxista David Harvey evocaba, como es natural, la descomposición de Europa en los años 30 del siglo pasado: "la política autoritaria y etnonacionalista", dice, "está comenzando a dividir el mundo capitalista en facciones en guerra", tal y como ocurrió hace cien años con los resultados ya conocidos. Y añade con empaque muy realista: "En la medida en que el etnonacionalismo conquiste al neoliberalismo, nos espera un mundo aún más feo del que ya hemos vivido". El paralelismo no es forzado, pero requiere algunos matices. Porque respecto de 1930 muchas cosas han cambiado y en el nuevo "patrón weimariano" —por decirlo de alguna forma— encontramos fenómenos inéditos y fenómenos ausentes. Entre los nuevos —muy deprisa— hay que citar el colapso climático y las nuevas tecnologías, factores decisivos a la hora de explicar, respectivamente, las hechuras del miedo contemporáneo y su transmisión y gestión política.

Entre las cosas que faltan, la más clamorosa es precisamente el comunismo. Cuidado: no estoy diciendo que haga falta; que cada uno haga su propia valoración. Estoy diciendo que objetivamente falta. Recordemos, en efecto, que en la crisis de entreguerras fue la confrontación entre dos revoluciones, una fascista y otra comunista, muy distintas en su programa pero nutridas de algún modo del mismo desasosiego social, las que configuraron el marco epocal que llevó a la Segunda Guerra mundial.

La radicalización neofascista de la derecha se repite hoy, pero frente a ella no hay ninguna revolución proletaria que —según la propaganda de 1930— la haga necesaria o justifique su existencia. Nadie puede decir —como hizo, por ejemplo, el conocido historiador Ernst Nolte con el nazismo— que el destropopulismo radical del año 2021 sea una "reacción" frente al "totalitarismo" comunista. Precisamente porque "falta", porque "le hace falta" a la ultraderecha, reaparece como "fantasma" en discursos que buscan la reproducción de nuevas confrontaciones en un contexto nuevo. Si hay que jugar a la "polarización", a las "oposiciones binarias", la derecha radicalizada encuentra frente a ella un hueco vacío: por inercia, por estrategia, por neurosis ideológica, lo rellena de comunismo.

Lo más increíble es que funcione. El comunismo, para bien y para mal, fue derrotado en el siglo XX. O al menos los partidos comunistas, hoy muy minoritarios y sabedores de que no podrían presentarse a las elecciones con ese nombre sin sufrir una debacle. Las variadas tradiciones comunistas —de Marx y Lenin a Rosa Luxembugo y Gramsci— quedaron muy dañadas por la experiencia soviética y sobreviven y retoñan, salvo minúsculas excepciones, en otros formatos, recauchutadas, por así decirlo, en hormas democráticas.

La izquierda ha cambiado, la derecha no. Cualesquiera que fueran, por ejemplo, los errores y crímenes del PCE en España, se convirtió luego en la organización militante más poderosa y sacrificada contra el franquismo y en favor de la democracia, lo que, sin embargo, le agradecieron pocos españoles en las urnas. En cuanto al PSOE, si algo se le puede reprochar en los últimos cuarenta años es justamente su timidez reformista y su alianza carnal, en lo económico y en lo laboral, con la derecha. Nuestro actual gobierno de coalición, verbigracia, es mucho menos comunista que el del demócrata-cristiano Andreotti en la Italia de 1972. Es apenas pudorosamente social-demócrata, como lo demuestra su remolonería a la hora de aplicar los acuerdos PSOE-UP en materia social y civil, por no hablar de sus concesiones al PP en el ámbito judicial. Que el PP y Vox califiquen de "comunista" a un gobierno a la defensiva, timorato y bipolar, da toda la medida de la crisis que estamos viviendo y del profundo anclaje de las derechas en el pasado, cuyos regüeldos la izquierda no debería replicar.

El comunismo es, por así decirlo, el "miembro fantasma" de la crisis actual. A quien más le duele su ausencia es a esas derechas radicalizadas, populistas en el discurso, elitistas en el bolsillo, que consideran "comunista" el control de los precios de los alquileres y la existencia de hospitales públicos. Frente a esos ataques propagandísticos, la izquierda no debería perder un minuto en defender al comunismo ni en invocar al fascismo; debería controlar los alquileres y reforzar la sanidad pública.

En este sentido, creo que el éxito de Yolanda Díaz, limitado en los hechos, se debe a que ha volteado la que era la estrategia de UP: grandes discursos radicales, cero transformaciones sociales. Cuando objetivamente se puede hacer poco (porque la relación de fuerzas no da para más) es preferible hacer discursos moderados y transversales y obtener ese poco que está a nuestro alcance, que por eso mismo parece mucho. Paradójicamente, el éxito de la comunista Yolanda Díaz es el de haber neutralizado el fantasma del "comunismo" que la derecha materializaba muy fácilmente frente a Pablo Iglesias. Resulta que el peor Podemos se ha vuelto 'comunista' y el mejor PCE se ha vuelto 'errejonista'.

En todo caso, el patrón es el mismo en todo el mundo: la desaparición de la derecha democrática y la necesidad de un "miembro fantasma" para construir una polarización autoritaria. No sé cómo se puede combatir el neofascismo. Todo el mundo parece tener una respuesta a tiro pasado, con recetas que son ya inaplicables. No creo en el "cordón sanitario", cuyo concepto mismo, de orden nosológico, es un calco de las metáforas biológicas o zoológicas que explotó el nazismo; y por eso mismo me inquieta. Tampoco estoy seguro de que la confrontación directa, llamando las cosas "por su nombre", o remedando la violencia derechista, sirva para otra cosa que para recrear las condiciones de una nueva derrota histórica.

Harvey alertaba de cosas peores que el neoliberalismo; y yo mismo lo he expresado de otro modo muchas veces: el estadio superior del capitalismo es la mafia o, más exactamente, el "feudalismo mafioso". El peligro es tan grande y nuestro margen de maniobra tan pequeño que apenas se me ocurren dos chorradas para frenar la desdemocratización rampante: ganarse a la derecha democrática allí donde la haya, y más en confrontaciones electorales binarias (como en Chile), y gobernar, allí donde se gobierne, con medidas y palabras concebidas para las mayorías. A las medidas "sectarias" del capitalismo la izquierda ha solido oponer palabras "sectarias". No es el camino. Frente a la amenaza destropopulista lo que necesitamos urgentemente son medidas y relatos comunes.