Dominio público

La escalada: peligros de la guerra en Europa

Pablo Bustinduy

Ilustración de Ramón Rodríguez

Tras días de desconcierto, la Unión Europea ha reaccionado a la invasión rusa de Ucrania desplegando una serie de herramientas geopolíticas inéditas. Importantísimas sanciones económicas; el cierre coordinado de su espacio aéreo; la aportación de material bélico letal, incluidos aviones de combate; la propuesta incluso de una vía de emergencia para la adhesión inmediata de Ucrania a la UE. En un giro histórico, el gobierno alemán anunció a su vez el compromiso de aportar cien mil millones de euros adicionales a su gasto de defensa, más del doble del presupuesto previsto para el año 2021. Esta decisión supone romper con una de las premisas históricas de la construcción europea y también de la alianza atlántica de la posguerra ("Americans in, Germans down, Soviets out": así resumió el propósito de la OTAN el que fuera su primer secretario general).

La firmeza y el tempo de estas medidas han resultado sorprendentes: hay especulaciones sobre si lo habrán sido también para Putin, sobre hasta qué punto podía esperarse esta reacción. Del lado europeo, varios analistas han explicado la secuencia resucitando la profecía de Jean Monnet sobre el espíritu europeo: Europa se hará en las crisis y será la suma de las respuestas aportadas a esas mismas crisis. Ante la agresión rusa, pareciera que la Unión hubiera despertado ante la historia; donde había impotencia y división, se estaría dando por fin prueba de fuerza y de resolución. Ese es el mensaje, en ocasiones de tonos celebratorios, que se ha leído en la reacción de Bruselas: Europa está dispuesta a hacer whatever it takes, again.

Creo que este relato oculta varios peligros. El primero y más evidente es que hasta ahora esa espiral de medidas no ha ido acompañada de una hoja de ruta para la reconducción paralela del conflicto. Toda estrategia de disuasión debe ir acompañada de mecanismos que inciten la desescalada y la búsqueda de equilibrios: tiene que haber off-ramps, vías de salida para el adversario, porque cuanto más tiempo pasa, cuantas más medidas punitivas adoptan las partes de un conflicto, más difícil resulta después esa reconducción. Es significativo en este sentido que los primeros contactos diplomáticos en Bielorrusia hayan sucedido sin presencia ni mediación europeas. También lo es que Macron -el único líder de la Unión que tiene un botón nuclear- sea también el único que mantiene los intentos de mediación y diálogo con Putin. En ausencia de canales estables u horizontes de solución, el riesgo de entrar en una lógica de espiral sin salida es elevadísimo (Jorge Tamames alertó con brillantez en estas páginas sobre el peligro histórico que entraña ese escenario). No es buena señal que entremos en el campo de los análisis psicológicos, de las acciones y reacciones, de las predicciones de comportamientos. La situación es muy grave y urge reconducirla cuanto antes.

El segundo peligro tiene que ver con la manera en que se han tomado estas decisiones. Algunas de las medidas que se han adoptado en estos días, especialmente las sanciones económicas, tienen un diseño tan preciso y específico que sugiere tiempos largos de preparación. Otras, sin embargo, llevan un evidente marchamo de improvisación. Es lógico que en una crisis de esta magnitud haya que tomar medidas en condiciones de excepción o como reacción ante graves amenazas. Pero no deberíamos perder de vista que algunas de las decisiones que se están tomando -el rearme de Alemania, la irrupción de la UE como actor militar, la decisión de enviar armas al frente o de contemplar la adhesión inmediata de Ucrania, la multiplicación del gasto armamentístico- pueden tener consecuencias profundísimas sobre el devenir del conflicto y también sobre el propio futuro de la Unión. Todas ellas suceden por vía de emergencia, improvisando sobre un vacío legal, en ausencia de una arquitectura de defensa y seguridad común que hasta ahora no se ha querido o no se ha podido construir. La potencia del soft power se ha entregado a una lógica de excepción de forma acelerada y casi sin contrapesos. No solo sienta un mal precedente; también es una forma peligrosa de afrontar un escenario tan explosivo como inestable.

El tercer peligro tiene que ver precisamente con la traducción política de la reacción europea. Sin duda es significativo el giro político de los países del este de Europa, alineados en la defensa de una posición común tras años de graves amenazas al orden jurídico y democrático de la Unión (hoy esas causas quedan disimuladas, pero no es casualidad que entre sus causantes se incluyeran algunos de los más férreos aliados de Putin en el continente). También lo es la profunda desorientación geopolítica que sufre la extrema derecha europea; de Le Pen a AfD, de Salvini a Zemmour, sus fuerzas hoy dan palos de ciego ante el conflicto. Pero esas mismas fuerzas apuntan también hacia lugares concretos: la romantización de la guerra, el ardor nacionalista, la normalización de un espíritu autoritario y militarista, construcciones que son hoy por hoy extraordinariamente peligrosas. Inquieta ver en estos días cómo la preocupación, la empatía o la indignación moral se traducen con facilidad en un belicismo sin otro horizonte de solución que la guerra misma (¡golpeemos duro! ¿Pero hasta dónde? ¿Para conseguir qué?). La primera potencia nuclear del mundo está en guerra a las puertas de Europa. Es una situación peligrosísima, que requiere todo lo contrario de lecturas épicas o moralizantes: inteligencia estratégica, templanza política y una diplomacia de precisión.

En ese escenario, muchos de los debates en que se ha visto atrapada la izquierda del continente -sobre el no a la guerra, sobre el envío de armas o el aumento de los presupuestos militares, sobre los medios de comunicación del gobierno ruso- han sido de naturaleza reactiva. Esos debates encierran a menudo en callejones sin salida, pero creo que se apoyan en los instintos correctos: la necesidad de claridad meridiana en la imputación de responsabilidades por esta guerra, el temor ante el peligro evidente de una escalada militar, la cautela sobre los efectos que tendrán sobre nuestras democracias las medidas improvisadas de excepción. Esos instintos no son suficientes, pero señalan algo evidente: no se acabará con la guerra profundizando en ella. Pese a todas las dificultades, el objetivo no puede ser otro que defender la desescalada inmediata del conflicto y evitar, contra el ardor guerrero que se expande, una espiral que aleje cada vez más un horizonte de salida.