Dominio público

La ultraderecha ya gobierna, ¿ahora qué?

Daniel Vicente Guisado

@DanielYya

El presidente en funciones de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco (d), conversa con el candidato de Vox, Juan García-Gallardo (i), tras el pleno de constitución del parlamento regional. EFE/NACHO GALLEGO
El presidente en funciones de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco (d), conversa con el candidato de Vox, Juan García-Gallardo (i), tras el pleno de constitución del parlamento regional. EFE/NACHO GALLEGO

Vox entra a gobernar en Castilla y León. No es la primera vez que una formación de derecha radical accede a un ejecutivo regional en Europa, como algunos comentarios rápidamente apuntaban tras el anuncio, pero sí es un cambio de marcha significativo para el partido de Santiago Abascal. Tras su irrupción nacional en 2018, Vox pone por delante la capacidad gubernativa a la pureza opositora. Gritar no les basta, ahora quieren gobernar. Y esto puede tener consecuencias de calado.

Cuatro años después, la estrategia que ha llevado a cabo la izquierda para subrayar la identidad del adversario ("fascismo", "reacción", "machismo", "racismo") sigue sin dar frutos. La coyuntura internacional y la evolución de partidos homólogos a Vox en Europa nos mandan dos señales. La primera es que su existencia está consolidada y es ineficaz negar tanto su presencia como sus consecuencias. Han llegado para quedarse. La segunda, relacionada con la anterior, explica cómo la subsistencia en el tiempo, y su cada vez mayor inclusión en distintos sistemas políticos ampara, asimismo, su normalización. Estos son los términos de una partida que hay que jugar, no eludir.

Tanto el surgimiento como el fortalecimiento de estas corrientes responden a distintas demandas de la sociedad, no solo a nuevas ofertas partidistas. Insatisfacción con la democracia, crítica descarnada a una élite política establecida, preferencias anti-inmigratorias, rechazo a las políticas feministas, sensación de un sentimiento nacional cada vez más debilitado… Esto acaba impreso en las ya famosas tres características que toda formación radical de derechas presenta: nativismo, autoritarismo y populismo. Es imposible saber a ciencia cierta el grado de consecuencias que tendrá la participación gubernamental de Vox, algo extremadamente dependiente de la coyuntura nacional, pero sí sabemos que es posible que por el camino pierdan uno de los incentivos que, hasta ahora, más réditos les ha dado: dejar de ser percibidos como outsiders políticos.

Es difícil de explicar a tus votantes que vas contra el sistema cuando eres partícipe del mismo. También lo es tachar a tu principal competidor ideológico, el Partido Popular, de "derecha cobarde" cuando eres copartícipe de sus posibles cobardías. Desde fuera, condicionando investiduras y pactando parlamentariamente, se puede diluir la implicación con aliados y adversarios políticos. No así cuando la firma de ejecución de muchas políticas públicas lleva tu nombre. Una posible estrategia, dadas las cartas encima de la mesa con las que la izquierda debe jugar, radica no en la intensificación de las identidades, sino en explotar las contradicciones de las mismas.

Ningún votante es ignorante en tanto que se rigen por particulares sistemas de valores e intereses a la hora de votar. Todas las contradicciones que los mismos vislumbren en sus políticos de referencia tienen implicaciones cognitivas posteriores. ¿Qué hará el votante de Vox que espera la radicalidad y pureza prometida cuando ambas no lleguen a producirse? Una hipótesis es su desactivación o la vuelta al ruedo popular, sobre todo si Feijóo consigue instalar el marco de partido institucional y de gestión. No podemos olvidar tampoco las constricciones internas que generará dentro de Vox el desarrollo ejecutivo. La comodidad de la oposición no ayudará esta vez. ¿Estarán todos de acuerdo sobre qué línea adoptar, política que apoyar o iniciativa popular que rechazar? Cabalgar contradicciones puede hacerte caer del caballo.

Hay un caso ampliamente estudiado en la academia. El Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) solo frenó su ascenso cuando empezó a engordar su lista de cargos públicos, lo que llevó a colapsos, ineficacias de gestión e incluso escisiones internas. La estrategia mediática y política de convertirles en parias, extraños en tierras comunes, solo sirvió para intensificar su estrategia anti-elitista (pues esa élite no les dejaba entrar) y reforzar la desafección con la democracia de buena parte de sus votantes (lo que retroalimentaba, a su vez, el apoyo al FPÖ).

Por tanto, la insatisfacción política es un factor explicativo fuerte cuando los partidos de derecha radical están en la oposición, no cuando están en el gobierno. La hipótesis anti-élite es menos relevante cuando estos partidos se unen a coaliciones gubernamentales y se manchan las manos. Una vez dentro, cuando no existe capacidad de evitarlo, es interesante plantearse la conveniencia de mostrar que son iguales que aquellos a los que supuestamente vinieron a desbancar. Todo para Vox, como para Podemos en su momento, se quedará corto en función de lo que proponían porque deben rebajar sus exigencias en orden a pactar con su aliado mayor. Señalar contradicciones, en definitiva, pensando en su electorado, no en el progresista. En un sistema polarizado de difíciles transferencias inter-bloque (izquierda a derecha y viceversa), la desmotivación puede ser sugestivo.

No conviene hacerse trampas al solitario. Muchos de los análisis respecto a qué hacer con la ultraderecha, en este país y otros, parten de un origen común erróneo: creer que existen soluciones óptimas a problemas cada vez más frecuentes. Reforzar las (inviables) estrategias de cordón sanitario reforzarían su imagen outsider (que tanto crecimiento les proporciona), pero permitirles gobernar facilitaría la difusión de sus valores (antifeministas, racistas, nacionalistas).

Vox ha llegado a una diatriba que, aun no siendo novedosa, sí entraña un peligro para ellos: demostrar que están a la altura de lo que han sembrado durante años. Necesitan expandirse, pues alimentarte del malestar sirve para surgir, pero para sobrevivir (y ganar) requieres gestionarlo, darle una salida. Gobernar es un riesgo para la formación anti-establishment, pero también para la sociedad. Sin embargo, cuando el peligro que muchos anunciaban ha llegado para quedarse, más vale gestionar el peligro que negarlo; más vale probar nuevas estrategias que recetarios antiguos. Llamar fascista al adversario puede servir para apretar filas propias en momentos excepcionales, pero no para convencer al que ya apuesta por esas opciones.

Ahora bien, ninguna estrategia contra la ultraderecha puede producir un éxito duradero a menos que se aborden las causas del lado de la demanda que subyacen a las derechas radicales. El horizonte es una sociedad que no sienta el miedo, inseguridad o agravios que conducen a ofertas como Vox. Y la solución más eficaz siempre será construir alternativas atractivas, no trincheras impotentes. Pero como se acostumbra a decir, el mientras tanto requiere de alternativas, y explotar contradicciones del adversario es una posible.