Dominio público

Nueve dilemas

Santiago Alba Rico

Una mujer, frente a un edificio gravemente dañado por los bombardeos rusos, en localidad de Volnovaja, en la región de Donetsk (Ucrania). REUTERS/Alexander Ermochenko
Una mujer, frente a un edificio gravemente dañado por los bombardeos rusos, en localidad de Volnovaja, en la región de Donetsk (Ucrania). REUTERS/Alexander Ermochenko

1.

Cuando Margarita Robles justifica contra Unidas Podemos y con regañona unción moral el envío de armas ("no podemos abandonar a los ucranianos"), uno se pregunta por qué se puede abandonar, en cambio, a los palestinos o a los saharauis o a los sirios o a los yemeníes. No sé si se debe o no enviar armas a Ucrania, pero sé que ese argumento moral en boca de una ministra socialista española es el único que no solo no sirve sino que se descalifica a sí mismo desde el punto de vista de la moral.

2.

Hay varios argumentos para rechazar el envío de armas. Uno es jurídico-militar. Ni la UE ni la OTAN ni EEUU (recordaba un militar italiano) están en guerra con Rusia ni pueden querer una guerra con Rusia; y el envío de armas Putin lo interpretaría como una declaración de guerra. Hay que evitar por todos los medios, desde luego, una confrontación armada entre la OTAN y Rusia, pero el argumento no me parece muy sólido. Porque ocurre que Putin ya ha interpretado las sanciones como una declaración de guerra. Y considera asimismo una declaración de guerra, justificación de todas sus acciones, la política otanista previa a la invasión. Por ese camino se llega infaliblemente a la conclusión de que es mejor no hacer nada, pues cualquier cosa que se haga se va a interpretar desde Rusia, y con razón, como un gesto hostil. Ahora bien, no hacer nada significa entregar Ucrania y los ucranianos a Putin; o, aún peor, significa entregar Europa a Putin y, en un mundo en crisis, multipolar, sin ideologías ni alternativas económicas, significa además legitimar el redespertar de todos los agravios históricos y alentar todos los aventurerismos nacionalistas. Significa, en definitiva, renunciar al frágil entramado internacional forjado tras la II Guerra Mundial.

3.

Otro argumento en contra, más convincente, es el del pragmatismo-pacifista, que sostiene que mandar armas a Ucrania prolongaría la guerra y, en consecuencia, la muerte y la destrucción. Es muy razonable, pero si se trata de acortar la guerra por la vía de la indefensión de la víctima, ¿no deberíamos ser coherentes y pedir a los ucranianos la rendición inmediata? Y si, pese a todo, los ucranianos deciden resistir contra nuestra opinión y con pocas u otras armas, ¿no serán responsables entonces de sus propias muertes y de las de sus familias? ¿De la destrucción de sus casas y hospitales? Si esta es la conclusión, podríamos sospechar que el razonamiento tampoco es del todo bueno. ¿Qué hacer entonces? Habrá que cuestionar tal vez el envío de armas, pero no so pretexto de que los ucranianos ¡van a usarlas! No se puede evitar, a mi juicio, la prolongación de una guerra que la propia población agredida quiere prolongar lo más posible, por cabezonería patriótica o/y como medio para alcanzar una negociación en mejores condiciones. Si tengo muchas dudas sobre la conveniencia de esta medida no se debe, pues, solo a las muertes, siempre trágicas, que se pueden provocar con ellas, pero que ocurrirán también sin ellas; no se trata, si se quiere, de una cuestión de principios, pues el de la legitima defensa y el del pacifismo activo se equilibran en muchos de nosotros (que podemos permitírnoslo en la distancia) en un balanceo angustioso. Lo que me preocupa es la escalada armamentística y el horizonte del enfrentamiento nuclear, que obliga a medir todas las posibles respuestas de Putin, de las que, por lo demás, no sabemos nada. ¿Hay alguna forma de proteger la independencia de Ucrania, rechazar la invasión e impedir un holocausto nuclear? Ese es el verdadero dilema, no el de si las armas convencionales, en manos de los ucranianos, van a servir para matar o no. ¿Van a servir para contener a Rusia, para forzar una negociación que asegure una paz duradera y relativamente justa, para evitar la indefensión de los ucranianos frente a las armas rusas? No lo sabemos. Los que responden negativamente aluden a la racionalidad de Putin, que (dicen) no puede tener interés en suicidarse con matanzas sin cuento y a través de una ocupación estable de Ucrania; y sugieren que negociaría antes si obtuviese antes la victoria. Por desgracia, nadie previó la invasión y, por el mismo motivo, es inútil proyectar nuestra racionalidad en la política imperial rusa; ni estar seguros de lo que pedirá un Putin victorioso en una mesa de negociación. Los que responden afirmativamente son incapaces, por su parte, de garantizar la eficacia de las armas ni de evitar los concomitantes peligros en cadena, entre ellos, no el mayor, el de que las armas acaben en manos del batallón Azov.

4.

La discusión sobre si deben o no enviarse armas es, en todo caso, legítima. No se pueden desdeñar como inútiles las advertencias pacifistas ni, frente a ellas, como "belicistas" o irresponsables, las posiciones que, desde la izquierda, sostienen, por ejemplo, Étienne Balibar o Gilbert Achcar. La discusión misma dice mucho, en todo caso, sobre la guerra y sobre la izquierda. Nos dice, en efecto, que en una guerra sólo se puede elegir entre dos opciones malas, ninguna de las cuales es seguro que no agrave las cosas en lugar de aliviarlas. Pero dice mucho también acerca de una izquierda, socialmente muy débil, que se ha visto desbordada, con un pie en el pasado, por un acontecimiento que no encaja en su visión del mundo. Ni los que están a favor ni los que están en contra de las armas van a determinar el curso de la guerra y la negociación. La discusión cumple más bien una función interna, a veces incluso intrapartidista, en la que (sospecho) la bien fundada desconfianza hacia la UE y la OTAN fija muchas de las posiciones. Si la UE negase a Ucrania las armas que pide, ¿no habría más gente de izquierdas pidiendo armar a los ucranianos? Nuestras posiciones siempre se han clarificado por oposición a fuerzas reaccionarias o liberales que, en este caso, comparten con nosotros el rechazo a la invasión rusa. Esta discusión es el resultado también del hecho de que "nuestros malos" de toda la vida no nos lo están poniendo fácil.

5.

Así que este desconcierto se traduce en un extraño reparto de papeles: la hipócrita UE denuncia la barbarie de la invasión rusa mientras que una parte de la izquierda dedica todas sus fuerzas a denunciar la responsabilidad de la OTAN. En mi mundo ideal sería exactamente al revés: la UE cuestionaría su dependencia de la OTAN y la izquierda denunciaría sin parar y sin ambages el imperialismo ruso.

6.

Así que, lógicamente desconcertados, nos refugiamos en un vago pacifismo o, a medida que pasan los días, en una ambigua suspensión del juicio en la que se va difuminando la gravedad de la invasión rusa. De la manera más paradójica cobra vida de nuevo la "teoría de los dos demonios", ahora en la visión de una izquierda que sostiene, por ejemplo, que los ucranianos han quedado infelizmente atrapados entre los intereses de Putin y los de Biden. Es una visión bienintencionada pero radicalmente falsa. No se trata de renunciar a comprender cómo hemos llegado hasta aquí o a denunciar las políticas atlantistas y estadounidenses; mucho menos de reivindicar a Biden o de negar el uso torticero que está haciendo de la crisis en favor de sus propias batallas geopolíticas. Pero su participación en la guerra de Ucrania no es equivalente a la de Putin. Churchill, por ejemplo, fue un imperialista que bombardeó a los kurdos y negó a los palestinos el derecho sobre su propia tierra alegando que "tanto derecho tienen los palestinos sobre Palestina como un perro sobre el abrevadero en el que bebe". Pero no he oído a nadie afirmar que los polacos en 1939 estaban atrapados entre Hitler y Churchill (hablo de Churchill como encarnación del imperio británico; ya sé que sólo se convirtió en primer ministro en 1940). Seguro que en su momento, en el marco de los acuerdos nazi-soviéticos para repartirse Polonia, muchos comunistas, incluso de buena fe, consideraron a Inglaterra el "enemigo imperialista", pero la historia ha dejado fuera de juego esa argumentación; conviene aprender al menos eso de ella y saber qué errores no hay que volver a cometer, ni siquiera de palabra. Tras la invasión de Ucrania, establecer algún tipo de equivalencia entre Putin y Biden, entre el ejército ruso y la OTAN, entre un invasor y un provocador, carece de rigor y convierte a los ucranianos en víctimas manipuladas del fatalismo geopolítico y no de la libre decisión de Putin de bombardear sus hospitales. Eso es peligroso. El fatalismo geopolítico nos encierra en un realismo tan asfixiante que en él no caben la política, los pueblos, los principios ni las reglas pactadas -aún hipócritamente- por la comunidad internacional; y deja todo en manos de jugadores poderosísimos que juegan al ajedrez con nuestros cuerpos en la oscuridad. Apostar por la paz y por una solución negociada no puede hacernos olvidar quién está atacando a quién. No hay un conflicto; hay una guerra desencadenada por una invasión imperialista. ¿No conviene nombrar bien las cosas? Había un conflicto, sí, antes de esta guerra criminalmente provocada por Putin y habrá que reconducir de nuevo la guerra al conflicto y tratarlo desde la UE con más cuidado y menos arrogancia que hasta ahora. Pero eso mismo exige mucha ecuanimidad y ninguna equidistancia.

7.

La OTAN no ha hecho nada nuevo en las últimas semanas, nada que la izquierda no haya criticado sin parar y en vano desde hace años. La invasión rusa, de hecho, no sólo es responsable de la invasión; lo es también de la resurrección de una organización militar que estaba, según palabras de Macron, en "muerte cerebral". ¿No debería ser esta una razón adicional para denunciar desde la izquierda el imperialismo ruso? Se habla con fundamento de la responsabilidad de la OTAN en el acoso geopolítico a Rusia, pero Ucrania no forma parte de la OTAN ni estaba encima de la mesa su ingreso, impedido por Francia y Alemania desde 2008. Algunos piensan, con ánimo legitimador o no, que Rusia se ha limitando a responder a la organización atlántica, última responsable de todo lo ocurrido. Pero también es legítimo preguntarse, al revés, como hacen muchos ucranianos bajo las bombas, si Rusia se habría atrevido a invadir su país de haber pertenecido efectivamente a la OTAN. Por lo demás, ¿la hazaña de Rusia no es la de haber conseguido que, a los ojos de muchos habitantes de la zona, la OTAN tenga de pronto sentido; que piensen en ella como en un refugio y una defensa? Incluso Balibar, marxista nada complaciente con el atlantismo, así lo contempla: la acción de Putin ha convertido una organización inútil y peligrosa en una protección objetiva. La OTAN se está frotando las manos por este regalo que se le ha hecho, pero hay que forzar mucho las cosas para pensar que todo lo sucedido (incluida la invasión rusa) es un pérfido plan suyo para rehabilitarse primero y devorar a Rusia después.

8.

Se denuncia la hipocresía de la UE, que manda armas e impone sanciones mientras paga a Rusia, a cambio de su gas, 700 millones de euros diarios que Rusia utiliza en financiar la guerra que denunciamos. ¿Pero es hipocresía? Yo veo, sí, una contradicción, resultado de un inteligente chantaje ruso que la UE aceptó hace mucho tiempo y que no puede sacudirse sin consecuencias terroríficas, al menos en estos momentos. La pregunta es, ¿qué puede hacer la UE? Hay dos posibilidades: una, dejar de criticar a Rusia e ignorar o incluso apoyar su invasión, puesto que depende de su gas. Y otra: dejar de comprar su gas y trasladar los efectos de la guerra a los ciudadanos europeos de la manera más brutal. ¿Cuál es preferible? Hay una tercera opción, la llamada "hipocresía", a condición de que al mismo tiempo se tomen medidas para reducir las ganancias insultantes de las compañías eléctricas y para proteger a los europeos de las subidas de precios no atribuibles a Putin; y para cambiar las políticas energéticas a medio plazo, cosa que (en el caso de que realmente se quiera hacer) llevará su tiempo. Nuestras presiones, me parece, deberían ir en esa dirección.

9.

Que la UE, que no está en guerra, deba evitar el lenguaje bélico, la propaganda y la rusofobia; que nuestros medios de comunicación deban medir sus palabras para no alimentar el belicismo maniqueo, no puede llevarnos a ver belicismo en la legítima defensa del pueblo ucraniano, al que habría que apoyar, sin dicotomías incendiarias, cuando lucha con armas y cuando lucha sin ellas, como también hacen (es importante recordarlo) algunos pacifistas que se resisten a enrolarse en el ejército. En realidad, los ciudadanos españoles poco podemos hacer. La defensa de Ucrania está en manos de los ucranianos que se defienden sobre el terreno y de los rusos que denuncian la guerra en su propio país. Hay que apoyar a los dos. Y no sabemos cómo. La discusión misma, cada vez más acalorada, expresión de nuestra impotencia, induce la ilusión paradójica de que del resultado de esa discusión depende la salvación de Ucrania y el destino del mundo. Pero no es así. Nuestras discusiones no suponen ninguna presión para ninguno de los actores. Si no somos capaces de impedir los desahucios o derogar la Ley Mordaza, ¿vamos a ser capaces de detener una guerra? La invasión de Ucrania ilumina los harapos mentales y organizativos de la izquierda. Ese es también un grave problema en una Europa en la que Putin está mucho menos aislado de lo que parece y en la que la batalla de la democracia, que es en realidad la única realmente nuestra, se está perdiendo por goleada. Por eso es muy importante, como dice con razón Zizek, la política europea de refugiados. La UE no tiene ni petróleo ni gas ni minerales raros; lo único que podría ofrecer al mundo (al que tiene que ganarse si no quiere que distintas formas de putinismo lo devoren) es un modelo distinto de gestión, realmente democrático y realmente fundado en los DDHH. Si no se entiende que esa es la batalla europea, la de las instituciones y la de la izquierda, la victoria de Putin, con independencia de lo que ocurra en Ucrania, está ya asegurada.