Dominio público

Los jodidos equilibrios

Miquel Ramos

Volodymyr Mykhailov fuma durante un viaje en un automóvil que transportaba a periodistas portugueses que cubrían la guerra de Ucrania, cuando el automóvil se detuvo en un control de seguridad en Zhytomyr, el 13 de marzo de 2022.- EFE

No está resultando nada fácil informar sobre el conflicto en Ucrania para quienes nos dedicamos a monitorizar e informar sobre la extrema derecha. La excusa de la ‘desnazificación’ esgrimida por Rusia para justificar su invasión, por una parte, y el blanqueamiento y la minimización que están haciendo algunos medios occidentales de los grupos neonazis en Ucrania, nos sitúa a algunos en un terreno bien jodido.

Un mes antes de la invasión publiqué en este mismo medio una columna sobre la preocupación que existía en varios países sobre el papel de los grupos paramilitares de extrema derecha en Ucrania. Medios poco sospechosos de putinistas como NewsweekTimes o la BBC, así como analistas norteamericanos o alemanes expertos en terrorismo y extrema derecha, venían desde hacía tiempo alertando de la constante peregrinación de neonazis de todo el mundo a Ucrania para recibir entrenamiento militar y hacer contactos, y hoy, directamente a combatir en las filas del batallón Azov, como están exhibiendo ellos mismos en sus redes. Esto lo veníamos advirtiendo desde que, tras el Maidán, los grupos de extrema derecha empezasen a gozar de impunidad y complicidad con el gobierno ucraniano. Cuando escribí ese artículo, no esperaba para nada que Rusia acabara invadiendo Ucrania. Y mucho menos que usara la excusa de la supuesta desnazificación.

Ahora, tras varias semanas de conflicto y una cruenta batalla también por el relato, quienes llevamos años exponiendo a las extremas derechas de todas partes nos encontramos atrapados en este fuego cruzado. Es habitual que, cuando expones a los nazis ucranianos te acusen de comprarle el relato a Putin. Y cuando expones a los rusos o criticas la excusa de la desnazificación, te conviertes en un mercenario de la OTAN. Entre quienes nos dedicamos a esto de informar sobre la extrema derecha no hay una opinión única sobre el conflicto ni sobre cuál debería ser nuestro foco de atención. Algunos nos hemos posicionado contra el envío de armas, mientras que otros lo defienden. Unos prefieren no hablar del tema de las extremas derechas para no tener que esquivar esas balas de uno y otro frente y porque entienden que las prioridades son otras. Y otros, quienes creemos que es importante no dejar de informar sobre esto, vamos sacando lo que vemos, conscientes de que nos van a dar por todas partes.

En Twitter, las pasiones se desatan y hay que ir como explorador en la selva con un machete y con el gatillo del block bien flojo para maleducados, fanáticos y gilipollas varios. Fuera de esta red, muchos de nosotros hablamos y debatimos por otras vías menos tóxicas, con respeto y con intención de compartir visiones e impresiones. Discrepamos, discutimos, pero no nos sacamos los ojos, aunque algunos intenten azuzarnos por redes como si fuéramos gallos de pelea y ellos apostaran a uno o a otro. Y como algunos tratan de hacer con nosotros exigiéndonos de malas formas que reproduzcamos su guion. La mayoría, eso sí, desde el cobarde anonimato, como siempre. Yo, las diferencias con las personas a las que aprecio las resuelvo en el bar, no echando espuma por la boca en Twitter o enzarzándome públicamente para goce y disfrute de quienes nos colgarían a los dos sin dudarlo, a pesar de nuestras diferencias en este y en otros temas.

La excusa de la desnazificación tiene varias aristas que creo importante apuntar: Que venga de un estado autoritario, capitalista e imperialista, que encarcela a antifascistas y que mantiene muy buenas relaciones con las ultraderechas globales, y que no puede presumir tampoco de no tener a neonazis y fascistas en sus filas, lo desmonta en cuestión de segundos. Y los antifascistas deberían ser los primeros en no regalarle su bandera a semejante personaje.

Muchos ultranacionalistas europeos, desde los neofascistas italianos de Forza Nuova hasta muchos otros grupos anticomunistas y de extrema derecha no esconden su admiración y apoyo a Putin. Varias fuentes, además, aseguran que los mercenarios del grupo Wagner, el blackwater ruso, podría estar operando en Ucrania. Ya los empleó Putin en Siria, Libia y otros países, y su líder es un neonazi con las SS tatuadas en los hombros. El periodista Antonio Maestre desgranó en un artículo reciente a todos estos grupos del bando ruso que exigía esa desnazificación que esgrime Putin de puertas para adentro.

Por otra parte, esto no borra la existencia de un problema neonazi en Ucrania desde mucho antes de esta guerra. Hasta los israelíes solicitaron en 2018 a su gobierno dejar de enviar armas que iban a parar a estos grupos. Más de 40 activistas de derechos humanos presentaron ese mismo año una petición ante el Tribunal Superior de Justicia israelí, exigiendo el cese de las exportaciones de armas a Ucrania. Argumentaban que estas armas acababan en las fuerzas que defienden abiertamente una ideología neonazi y citaban pruebas de que la milicia neonazi Azov, cuyos miembros forman parte de las fuerzas armadas de Ucrania y cuentan con el apoyo del Ministerio del Interior del país, está utilizando estas armas. El debate tuvo lugar también en el Congreso de los Estados Unidos. Incluso Facebook retiró las publicaciones sobre esta milicia, aunque ahora, con la guerra, ha vuelto a permitirlas, como los discursos de odio contra los rusos, que dice, no puede controlar. Nada nuevo en esta red social, de todas formas.

Nuestras preocupaciones por cómo durante años se ha armado a neonazis que han gozado de amparo institucional y absoluta impunidad no pueden ser ridiculizadas ni menospreciadas por mucho que Putin use como excusa a estas milicias para su invasión. The New York Times puso el foco sobre esto hace unas semanas. Y cada vez más medios están prestando atención a este tema con la avalancha de evidencias ante la llegada de combatientes extranjeros. Que ‘ahora no toca’, o que ‘así refuerzas el relato de Putin’, como me han reprochado varios tuiteros estos días, no se lo dicen a los periodistas de los grandes medios internacionales. Tampoco parece contentarles que expongamos por igual a cualquier neonazi que muestre su simpatía a la invasión rusa o que directamente esté sobre el terreno.

El silencio al respecto o la minimización del asunto está sirviendo a estos y otros grupos de extrema derecha como legitimación y blanqueamiento, como se puede comprobar viéndolos salir en televisión sin esconder su simbología nazi, casi como una provocación, como si dijeran, mirad, si, somos nazis, no nos escondemos, pero como estamos en el bando de los buenos en esta guerra, os restregamos nuestra simbología por la cara y aquí no pasa nada.

"El problema nazi de Ucrania es real, incluso si la afirmación de 'desnazificación' de Putin no lo es", publicaba la web de la televisión norteamericana NBC el pasado 5 de marzo. "No reconocer esta amenaza significa que se está haciendo poco para protegerse contra ella", insistía. Y quizás por eso, quienes nos dedicamos a esto, insistimos, a pesar de todo.

Sigo pensando que la prioridad debe ser proteger a la población civil y reforzar las soluciones diplomáticas para parar esta guerra cuanto antes. Así como defender a toda esa masa crítica rusa que, a pesar de la represión, se está echando a las calles estos días para mostrar su rechazo a la invasión. Pero esto no implica que abandone mi objeto de estudio, deje de analizar lo que está pasando, me preocupe de lo que pueda pasar en un futuro y lo comparta en mis redes, independientemente de que, insisto, la prioridad sea terminar cuanto antes con el coste humano de esta guerra. Lo vuelvo a decir: quienes analizamos a la extrema derecha no podemos obviar su papel en esta guerra ni lo que pueda venir debido a las imprudencias de hoy. Ucrania se ha convertido en un punto de reunión internacional para neonazis y mercenarios, en ambos bandos. Y pase lo que pase, en algún momento vamos a tener que hablar de esto.