Dominio público

Podemos, el linaje comunista y el fetiche de la lealtad

Elizabeth Duval

El exvicepresidente del Gobierno y exsecretario general de Podemos Pablo Iglesias, durante la presentación de su libro 'Verdades a la cara', escrito junto al periodista Aitor Riveiro. EFE/ Juanjo Martín

Una de las primeras sensaciones que experimenté al leer Verdades a la cara de Pablo Iglesias fue una particular forma de empatía y comprensión. Surgió al entender la rabia que expresaba por el acoso que habían sufrido sus hijos; la sensación de que, si hubieran sido los hijos de otros, nunca se hubiera permitido tal padecimiento o silencio mediático.

Entendí, a través de sus confesiones, gran parte de sus actitudes: la rabia acumulada contra el poder mediático, la insistencia en el discurso frente a sus abusos, por más que admita su poca eficiencia política. Entenderlo, claro, no significa compartir su estrategia, porque en sus palabras no hay estrategia alguna; que no haya estrategia no hace que sean menos comprensibles y válidas sus afirmaciones.

Una vez pasada la etapa del entendimiento llegó otra cosa: el análisis de cada uno de los sentimientos que se revelan en el texto, como la lectura psicoanalítica que el mismo Pablo Iglesias señala. Aquí, sus calificativos son especialmente reveladores: guarda un enorme peso ser «el hijo y el nieto de perdedores de la lucha política española», la carga histórica al provenir de una larga estirpe de derrotados.

O, al mismo tiempo, la manera de nombrar a Iñigo Errejón como el escorpión, al rechazar Iglesias dar su versión de los hechos para, al mismo tiempo, desacreditarlo por el trato que le dan Ferreras y Planeta, como si no se registrara parcialmente ese mismo trato en la lógica del primer Pablo Iglesias, que era invitado sistemáticamente a los platós por un criterio mercadotécnico.

Lo fundamental del texto son ciertas insistencias y repeticiones. La primera de ellas tiene que ver con la lealtad, que bordea constantemente otras nociones no nombradas: la disciplina de partido o la obediencia a ciertos mandatos, la aceptación del poder de las jerarquías o, simplemente, la supresión del criterio individual en favor de lo colectivo.

Habla Iglesias, por ejemplo, de cómo se forjaron lealtades cuando compañeros de partido lo defendían a él, a Irene Montero y a sus hijos frente al acoso en Galapagar; lo repite al intentar instruir a Yolanda Díaz sobre la necesidad de construir un núcleo de confianza «en el espacio de Unidas Podemos», por la importancia que tendría la lealtad «como base de la confianza». Y cabe también mirar con ciertas suspicacias esa insistencia, al hablar de Yolanda Díaz, en nombrar el espacio en esos términos: como un recuerdo inescapable de la coalición política de la cual no debería supuestamente salir.

Considera Iglesias que Unidas Podemos demostró ser un espacio demasiado vulnerable a la falta de lealtad. Y opone a esa falta, asociada (aunque sin explicitarlo) a los errejonistas, la actitud de Irene Montero o Rafa Mayoral, es decir, de los círculos que se introdujeron, como él admite después, cuando fue consciente de la necesidad de controlar el partido y de introducir una disciplina más parecida a la de las Juventudes Comunistas de sus orígenes que a los procedimientos (mejores o peores) que habían caracterizado a Podemos.

El fetichismo de la lealtad sirve para sustituir la estrategia política por una política de los afectos. No es que la política de los afectos o de la comunidad sea necesariamente negativa, y seguramente una parte de sentimiento de pertenencia sea necesaria en cualquier organización que quiera mínimamente persistir en sus empeños; lo que sí puede suceder es que acabe siendo más importante la pervivencia del grupo leal (cual familia) que los objetivos políticos planteados en un principio.

Esta escuela, hecho en el cual Pablo no deja de insistir, bebe mucho de la tradición comunista: aparece en sus referencias a Mayoral, en sus consideraciones a propósito de Enrique Santiago, en su elogio de formas tradicionales de la izquierda que a él le eran más cómodas que la estrategia de transversalidad que dominó Podemos en un primer momento.

Sigamos por este hilo y encontraremos algo muy valioso: quizás el mayor lastre que aporte este libro, o los rumbos recientes de Podemos en general, sea la asociación inevitable del presente de Podemos con el pasado de la tradición comunista en España. Si, en un principio, Podemos pudo parecer algo nuevo surgido de movimientos y corrientes radicalmente distintos a lo viejo, aquí se une inevitablemente con las dinámicas del comunismo histórico, cláusulas de exclusión incluidas, responsabilidades y críticas históricas incorporadas.

Acaba Podemos así siendo casi una parodia de la crítica que del partido han construido desde el exterior: si se les acusaba de comunistas para demonizarlos, se asume esa herencia como una realidad, sin ser por lo tanto una realidad que tuviera motivo alguno para ser inevitable.

En ningún lugar estaba escrito que Podemos debiera ser una continuación más ambiciosa o con mayor voluntad de poder de los objetivos del comunismo español; nadie planteó nunca; resurge cuándo plantea coaliciones como una suerte de «PSUC madrileño del siglo XXI», cuando habla de cómo el núcleo de su propuesta en el primer Podemos habría de ser «la izquierda realmente existente», en la cual él se encontraba cómodo.

La portada misma del libro muestra a Pablo Iglesias al lado del emblema del Partido Comunista Español. Podría resultar que la aceptación de las herencias del pasado, por más que estas sean ciertas, no provocara en el presente más que lastres, resultando (en lugar de un recuerdo feliz) una ligazón a las derrotas del pasado.

No se puede reducir un partido al menos parcialmente personalista a la venganza familiar de los derrotados injustamente. Y, en esa derrota injusta, la herencia del comunismo no es sino otra forma de la herencia familiar. No podrá concebirse un proyecto futuro de país sin desligarse de todas las cadenas que lo vinculan al pasado; si se insiste más en lo pretérito que en lo futuro, quizás acabe muriendo el presente, por la incapacidad para poder imaginar nada más allá de esos marcos caducos. ¿Quién resolverá el peligro de ser demasiado leales al pasado, convirtiéndolo en el arma que destroce nuestro presente?