Dominio público

El comunismo del FMI, al ataque del PP

Ana Pardo de Vera

Cuando preguntas a expertos y analistas fiscales sobre la bajada de impuestos anunciada por Alberto Núñez Feijóo esta semana, unos te miran con resignación y otras, con suspicacia. La cacareada rebaja fiscal del nuevo presidente del PP, ésa que iba a salvar a España del socialcomunismo y su derroche, ha sido uno más de los bluf a los que nos tiene aconstumbrados Feijóo, al menos, a los gallegos y gallegas. Ya lo avisó Juan Torres en este periódico: "Desarmar al Estado disminuyendo sus ingresos es un error de libro, una barbaridad que provocaría muchos más problemas de los que ya tenemos". Pero es que, además, el nuevo líder del PP ha intentado vendernos la moto de todos los partidos -o sea, PP y PSOE- cuando están en la oposición y que olvidan cuando llegan al Gobierno. Lo diré en palabras del compañero Carlos Sánchez, un experto en economía, "No, deflactar la tarifa del IRPF no es lo mismo que bajar impuestos". ¿Cuántas veces deflactó Feijóo el IRPF en Galicia siendo presidente de la Xunta? Pues claro: ninguna.

Pero pese a todas las advertencias en contra que llegan al PP y su proyecto, incluso del Fondo Monetario Internacional (FMI), el organismo internacional socialcomunista por excelencia ("La mayoría de estas medidas [de bajada de impuestos] puede tener consecuencias no deseadas y grandes costes fiscales (...) Pueden aumentar la presión alcista sobre los precios internacionales"), el gallego vistió de gran solemnidad el anuncio de este plan impositivo y lo lanzó al ruedo, porque Feijóo sabe perfectamente cuál es su parroquia y cómo la incultura fiscal de este país, bien alicatada por el neoliberalismo de su partido -y ahora también de Vox-, le hace odiar los impuestos que garantizan los servicios públicos en igualdad de condiciones: somos buenos, bajamos impuestos, aunque te dejemos con la sanidad, la educación, la dependencia, las pensiones y los salarios en cueros.

El líder del Partido Popular ha anunciado también que quiere negociar su dislate fiscal solo con la parte socialista del Gobierno y, ni por asomo, con la parte de Unidas Podemos u otros grupos parlamentarios. En casa llamamos a este tipo de actitudes, algo caducas, "nostalgia del bipartidismo" con su complejo de superioridad incluido, como si el Partido Popular, en caso de que gane las elecciones en 2023, pudiera investir a Feijóo presidente y gobernar en solitario. Qué risa.

El bipartidismo ha muerto y yace ya para la paz de todas y todos junto a la aceptación sumisa de blindajes pactados en el 78, que deben ir siendo revocados, como la monarquía o la ley de secretos oficiales del franquismo; pero además, la gran coalición es imposible, se haga mediante un acuerdo de gobernabilidad poselectoral entre PSOE y PP o, de forma más sibilina, con un acuerdo previo para que se permita gobernar a la lista más votada. A los socialistas, sus bases y votantes no le perdonarían ya nunca una alianza con el mismo PP que le ha tachado de "ilegítimo" durante toda la legislatura y que ha pactado con la ultraderecha en Castilla y León sin sonrojarse siquiera y contra el criterio de su propio grupo en el Parlamento Europeo. Pedro Sánchez es muy consciente de ello y ya ha dejado claro que el PSOE y el "espacio de Yolanda Díaz" son la alternativa presente y futura a un Gobierno de PP y Vox.


El PP, con Feijóo, con Casado o con Rajoy, es el mismo de siempre, aunque cambien presuntamente las formas. Casado podía acusar a Sánchez de "felón" y Feijóo, al Gobierno de "forrarse" con el precio de la luz -cuando fue Rajoy quien le subió el IVA, por ejemplo, y luego se negó a bajarlo, hasta que lo hicieron el PSOE y Unidas Podemos-, pero la matraca de la bajada de impuestos del PP de la oposición en las sucesivas crisis económicas es un clásico muy manoseado, habrá que ver si la gente lo sigue comprando -la gente que realmente las pasa canutas, digo- o si prefieren las políticas de ayudas directas y redistribución fiscal, esta última que es la gran cuenta pendiente de este Gobierno. El mensaje de Feijóo, con su habilidad innegable para lanzarlo, es muy apetecible y equivale a consumo rápido, dinero en los bolsillos, etc; la realidad de los cambios estructurales progresistas que se pretenden para resolver la actual coyuntura es mucho más jodida. Abordarla sin complejos será lo más efectivo para la justicia social, concepto que se pudre en España con un 21% de población en riesgo de pobreza. Háblenle de bajada de impuestos a esta gente.