Dominio público

Bien resuelto

Pepe Viyuela

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, momentos antes de recibir al primer ministro de Australia, Anthony Albanese, este lunes en el Palacio de la Moncloa, en el marco de la cumbre de la OTAN que se celebra en Madrid del 28 al 30 de junio. EFE/Juan Carlos Hidalgo

Cuando un político llega al extremo de aludir con estas palabras a una tragedia sin precedentes en la frontera de Melilla, con varias decenas de personas muertas -quizá nunca sabremos cuántas-; cuando, por otra parte, esas personas ni siquiera van a ser identificadas antes de darles sepultura, y van a ser enterradas sin hacer constar sus nombres en la tumba; cuando, según todo apunta, tampoco se les va a realizar una autopsia que aclare las causas de la muerte, referirse a ello con una expresión tan carente de empatía y tan absolutamente fría, uno siente inquietud y bastante miedo, por el hecho de saber que muchos asuntos de este país pasan por esas manos, y un cierto asco, precisamente por lo mismo.

¿Cómo puede el máximo representante de un gobierno democrático no mostrar un mínimo respeto por los muertos y sus familias? ¿Cómo es capaz de no expresar sus condolencias? ¿Cómo es posible que se aluda a esa carnicería, con esa expresión de triste jefe de negociado al referirse a la solución dada a un problemilla burocrático sin importancia? No estamos hablando de papeles ni de trámites, señor Sánchez, sino de la vida de unos seres humanos que han resultado masacrados.

Disculpen, per no puedo evitar relacionar en este momento la expresión bien resuelto, con aquella otra que hablaba de una solución final, utilizada por quienes todos sabemos, para exterminar a todos aquellos que les sobraban y estorbaban.

Salvando todas las distancias, el bien resuelto de Pedro Sánchez resulta tan estremecedor que recuerda a esos tristes episodios de la historia, en los que en nombre de un supuesto orden, nos hemos saltado todos los derechos humanos.

Por otro lado, hay más preguntas: ¿cómo puede alguien llenarse la boca defendiendo los derechos de unos refugiados, mientras considera como bien resuelto el hecho de reprimir a golpes y llevar hasta la muerte a otros? ¿Por qué olvidamos que estas personas lo que están buscando es salir de la miseria?, ¿Por qué además de negarles una oportunidad, se les arrebata la vida y se considera que no podía hacerse otra cosa?, ¿Por qué nadie le dice a nuestro presidente, tan trajeado y bien peinado, que todos los seres humanos tenemos los mismos derechos seamos blancos, negros o amarillos, llevemos corbata o nos hayamos rasgado el cuerpo en una alambrada tras esperar años en un gueto para saltarla? ¿Por qué no es capaz de entender a los parias que buscan una oportunidad para enderezar una existencia plagada de carencias, provocadas por el expolio al que son sometidos sus países de origen? ¿Por qué culpa exclusivamente a las mafias y no menciona a las multinacionales occidentales que expolian esos recursos y que quizá sean aún más peligrosas que las mafias?

Estoy lleno de ira, disculpen si mis formas no son las apropiadas, pero por si no era suficiente ver las imágenes de la masacre, hemos tenido que soportar de boca del señor Sánchez unas palabras nauseabundas y provocadoras.

Tengo la sensación de que podemos estar ante alguien que no solamente no está sabiendo gestionar las relaciones con los vecinos del sur, sino que a cada paso que da embrolla más las cosas y exhibe una mayor carencia de escrúpulos.

Hace unos meses, cuando decidió apoyar la propuesta de Marruecos para el Sáhara Occidental, ni siquiera se refirió a las víctimas de la invasión de ese territorio por el país vecino. En ningún momento habló de las personas que llevan casi medio siglo sufriendo los rigores de vivir en los campos de refugiados de Tinduf. Tampoco habló de todos los saharauis que sufren reclusión en las terribles cárceles marroquíes. Su amnesia selectiva resulta muy preocupante.

De ese alineamiento con Marruecos surge sin duda la brutalidad con la que se han empleado estos días las fuerzas del orden de Mohamed VI. Ahora hay que demostrar que se respeta el acuerdo descargando golpes contra los más débiles. Ahora toca cerrar el grifo y hacerlo de la forma más brutal, otras veces toca abrirlo para conseguir lo que quieres.

Este bien resuelto es una prueba palpable del declive moral de quien así se expresa, de su distancia de la realidad más sangrante y de su incapacidad para sentir compasión ante unos hechos tan horrendos.

Y quienes primero deberían exigirle una rectificación son sus propios compañeros de partido y sus socios de gabinete. Ante unas palabras tan indecentes, quienes le acompañan deberían desmarcarse y dejarle solo, no callar ni utilizar paños calientes o expresiones ambiguas para referirse a este asunto.

Es más que probable que cuando su carrera política acabe, sean muchos los que afirmen: al fin, bien resuelto.