Dominio público

La polémica de los trileros

Miquel Ramos

La ministra de Igualdad, Irene Montero, a su llegada a la mesa 'Derechos LGTBI+, del matrimonio a la ley Trans', en el Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030, a 28 de junio de 2022, en Madrid (España). EUROPA PRESS

Titulares y entradillas advierten polémica. Han decidido que, durante los próximos días, la comidilla de las tertulias sea una foto de la ministra de Igualdad, Irene Montero con su equipo en Nueva York en un viaje de trabajo cuyo contenido es público y del que nadie polemizaría si fuesen otras (más bien otros) las protagonistas. La foto es la noticia. Da igual lo que haya ido a hacer, con quién se reunió, por qué y qué nos trae de vuelta en relación con sus competencias. La noticia es la foto. Y el cómo llegaron. Y que los rojos, tengan cargo o no, no pueden comer ni viajar igual que los demás. Lo de siempre.

La pereza que da aceptar este marco para el debate y tener que bajar al barro donde algunos quieren pelear es indescriptible. Cansa, porque muchos periodistas no vemos noticiable dicha foto, ni siquiera el momento, pero alguien decidió que hablemos de ello en esos marcos. Las polémicas las deciden quienes encienden cada día las luces del teatro que toca representar. Hoy toca hablar sobre esa dichosa foto. ¿Veis? Hasta yo, que estoy queriendo huir del marco, he acabado hablando de ella.

Montero sigue siendo para muchos una especie de extensión de Pablo Iglesias. Son incapaces de atribuirle vida propia, ya que todo lo siguen midiendo en relación con un hombre, porque creen sinceramente que una mujer es incapaz de representarse a sí misma y ser una persona autónoma del cliché patriarcal de mujer de. Funciona como extensión porque, aunque Pablo abandonó el Gobierno hace ya un año, el odio, como la energía, no desaparece, sino que se transforma. Y aunque fue en gran medida expansivo con ambos y sus entornos (y hasta físico, ante su propia casa) durante su coincidencia institucional, hoy sigue siendo el punch donde se golpea en cada tertulia mientras arde Roma. Y si encima se habla de esa prescindible, caprichosa y pervertida igualdad que, según algunos, representa la ministra, el gancho es perfecto para los trileros mediáticos.

Lo polémico lo deciden ellos siempre. Los dueños de las cabeceras y de los productos televisivos. Algunos medios han dedicado mucho más espacio a debatir sobre la citada foto, o sobre lo de sancionar por mear en la playa de Vigo, que a lo que vienen denunciando día tras día los supervivientes de la masacre de Melilla, por ejemplo, a los que varios periodistas de diversos medios han dado voz desplazándose hasta allí, haciendo periodismo de verdad. Lleva siendo así desde hace años, y ha habido capítulos especialmente bochornosos sobre ‘las polémicas’ que alguien decidió instaurar en el debate público para no hablar o hablar menos de lo que de verdad sucede más allá del teatro de varietés en el que han convertido algunos, a conciencia, la política institucional.

Sin embargo, no ha sido ni será ‘polémico’ el tratamiento mediático que se hizo de las declaraciones recortadas de la misma ministra sobre la masacre de Melilla. Hasta que alguien no rescató el corte completo, nos creímos que su respuesta al respecto a los periodistas que le preguntaron fueron un cumulo de evasivas que se presentaban bochornosas para cualquiera. Alguien logró recuperar lo que ya había manifestado antes al respecto. Algo que quizás, los mismos que editaron el corte vergonzante también tenían y ocultaron a conciencia. Pero nadie plantea ahora polémica alguna por el sí bochornoso ejercicio de manipulación al que fue sometida, independientemente de lo que se pueda opinar sobre su papel institucional, su partido o su gestión a cargo del ministerio.

Lo dicho: lo que es polémico lo deciden unos pocos en sus despachos. Los televidentes y tertulianos nos sometemos al menú que nos ponen delante, aunque a veces, como ayer sucedió en algún programa, se hizo un ejercicio en sentido contrario y se ‘despolemizó’ lo que nunca debería haber sido polémico, retratando precisamente la hipocresía en la elección de lo que debe o no escandalizar a la ciudadanía a raíz de esa foto.

Hoy, sigo leyendo los testimonios de los supervivientes de la masacre de Melilla. Sigo leyendo a periodistas de distintos medios que se niegan a enterrar el caso junto a los cuerpos de las víctimas, en una fosa común en la nada. Periodistas que se empeñan en poner en el centro del debate las necropolíticas de fronteras, la destrucción de la sanidad pública mientras se incrementa el presupuesto para armas (1.000 millones de euros más) o los tejemanejes de las grandes compañías energéticas para sortear las insuficientes medidas de supuesta regulación de precios que el Gobierno reivindica como suficientes mientras el precio se mantiene y los especuladores siguen sin perder ni un duro. O que la Comunidad de Madrid de becas a familias con rentas de más de 100.000 euros para que paguen a sus hijos colegios y centros privados. Si quieren polémicas, tenemos para rato.

La polémica es en realidad qué creemos importante y qué no. Y eso lo decide la necesidad y lo inmediato, no el show que algunos se empeñan en ofrecernos cada día para que sigamos entretenidos con la bolita de los trileros mientras su compinche te birla la cartera.