Dominio público

Putin, la bomba y la izquierda

Santiago Alba Rico

El presidente ruso, Vladimir Putin, asiste a un desfile por el Día de la Marina en San Petersburgo el 31 de julio de 2022. -REUTERS
El presidente ruso, Vladimir Putin, asiste a un desfile por el Día de la Marina en San Petersburgo el 31 de julio de 2022. -REUTERS

Cuando pensamos en la globalización pensamos en la economía y, en todo caso, como efecto colateral, en la cultura: la extensión planetaria del capitalismo, que empezó en el siglo XVI con la conquista de América, se cierra en Wall Street, en McDonalds, en Zara, en un modelo homogéneo de intercambios económicos, pero también de consumo indumentario, alimenticio y tecnológico. A esa globalización escapan sin cesar, en realidad, millones de personas en todo el mundo. Hace unos días veía, por ejemplo, una hermosa película del chino Zhang Yan, Paths of the soul, en la que varias familias de una aldea tibetana deciden peregrinar juntas a Lhasa, un viaje a pie -el primero y último de su vida- de más de 1200 kilómetros durante el cual sobreviven sin dificultad y con alegría en los intersticios del capitalismo.

El capitalismo está siempre agrietado; la humanidad no. Porque la única y verdadera globalización que ha conocido la historia, ya irreversible, se produjo los días 6 y 9 de agosto de 1945, cuando los EEUU lanzaron dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, matando a unas 100.000 personas e inaugurando así la llamada "era atómica", principio y colofón del antropoceno, pues pone la destrucción de la especie humana en manos del propio ser humano. Desde esa fecha la humanidad constituye una unidad negativa: es, si se quiere, negativamente globalizada por el poder de una bomba capaz hoy de destruir el conjunto de las vidas humanas, con independencia de la relación que cada una de ellas mantenga con los otros, con la naturaleza o con los cajeros automáticos y Twitter. Sujeto y objeto de destrucción, el armamento nuclear clausura el narcisismo suicida de nuestra especie: todos formamos parte de la misma humanidad vulnerable. La bomba de Hiroshima, decía el filósofo Gunther Anders, no se puede considerar un medio para alcanzar un fin, pues a su uso masivo no sobrevivirá fin alguno: el final de todos suprime cualquier finalidad superior.

Gunther Anders, crítico lúcido y apocalíptico de la tecnología, militante antinuclear que describió a la humanidad en "estado de necesidad" y que en 1986 defendió la violencia ("en ningún caso debemos abusar de nuestro amor a la paz ofreciendo a los sin escrúpulos la posibilidad de aniquilarnos a nosotros mismos y a nuestros descendientes"), consideraba, como ley inexorable, que es imposible reprimir el uso de un artefacto tecnológico: no se pueden inventar motores y dejarlos apagados, no se puede inventar el teléfono y dejarlo siempre desconectado, no se puede inventar la bomba atómica y dejarla encerrada en un hangar. Estamos condenados a usar lo que fabricamos. Alguien podrá alegar que los chinos inventaron la imprenta antes de Gutenberg y no imprimieron libros; y que los incas inventaron la rueda, pero la usaron solo para los juguetes de sus hijos. Ahora bien, ¿qué otro uso podría darse a una bomba, al margen de la destrucción? Durante décadas, bajo la Guerra Fría, se le encontró otro: la disuasión. La paradoja es que la bomba atómica no servía para disuadir al rival de cometer crímenes imperiales en distintos lugares del mundo; servía solo para disuadirse recíprocamente de usar la bomba atómica. Era, por así decirlo, un medio contra sí misma. Este ejercicio de la disuasión nuclear no disuadía, sin embargo, de fabricar nuevas y más poderosas bombas sino que, al contrario, sirvió para alimentar en paralelo los arsenales nucleares de la URSS y los EEUU y para hacer apetecible este armamento a otras potencias, que querían disponer de sus propios medios de disuasión. Así se unieron a esta élite tenebrosa Francia, Inglaterra, China, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. La disuasión, por tanto, no señalaba un uso alternativo ni convertía la bomba atómica en un "medio": de lo que se trataba, una vez instalada en el mundo, era de desmentir la ley de Anders e impedir su uso mediante su multiplicación y perfeccionamiento destructivo. Una humanidad que vive pendiente de una paradoja es una humanidad que vive pendiente de un hilo.

La cuestión es que la ley de Anders ya se había cumplido: EEUU había usado ya la bomba atómica en Japón en 1945. ¿Qué podía impedir usarla de nuevo? En un artículo reciente, mi admirado José Luis Villacañas exponía un razonamiento un poco turbador. Sin citar a Anders, consideraba que era inevitable "probar" la bomba y que, de algún modo, satisfacer esa demanda tecnológica era la única forma de impedir la repetición. Había que sacrificar, pues, a 100.000 japoneses (que en otro contexto geopolítico habrían podido ser españoles o australianos) para salvar a la humanidad. Esas 100.000 víctimas -más todas las que murieron en días y años posteriores- nos han protegido a todos durante los últimos 77 años. Es como si la humanidad -ese sujeto solo negativamente aprehensible- hubiese querido darle y quitarle la razón a Anders: como ya la hemos usado, nos decimos, no necesitamos usarla nunca más. No la usamos precisamente porque la hemos usado. La idea es la de que las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki no fueron "precedentes"; fueron, si se quiere, "consumaciones". Naturalmente Villacañas no está justificando ni la existencia del armamento nuclear ni el lanzamiento de las bombas sobre Japón; ni disminuyendo la responsabilidad de los estadounidenses. Está exponiendo un hecho que, si nos parece turbador, es justamente porque sólo él explica la inexplicable tranquilidad (más allá de la famosa crisis de los misiles cubanos en 1962) con que hemos convivido tantas décadas con el reverso tenebroso y globalizado de la humanidad.

El dilema en que ha estado atrapada la humanidad globalizada se puede expresar en estos cinco puntos: 1. Ya no podemos des-conocer los secretos de la fisión atómica, con los que tendremos que cargar hasta el final de los tiempos. 2. La bomba atómica no admite un uso alternativo al de la destrucción. 3. La bomba atómica, como cualquier otro artefacto humano, exige ser usada. 4. La bomba atómica ya ha sido usada y hemos satisfecho, por tanto, la tentación del botón, y 5. La bomba de Hiroshima inauguró el régimen llamado de "equilibrio del terror" que hacía imposible la repetición a fuerza de multiplicación. Podemos decir, pues, que todos nosotros -los dirigentes del mundo y los peregrinos a Lhasa- nos representábamos, sí, el hongo atómico de Hiroshima como una "consumación", y ello como resultado del propio horror de Hiroshima y de la política de disuasión de la Guerra Fría.

De esos cinco puntos, los tres primeros permanecen intactos; los dos últimos han perdido o están perdiendo su vigencia. Putin, consecuencia evidente de la desaparición del punto 5, ha utilizado por primera vez el concepto de "precedente" para referirse a la bomba estadounidense mientras habla en público, contra el tabú histórico compartido, de la posibilidad de usar armamento nuclear en su guerra de conquista en Ucrania. ¿Por qué no podríamos usar de nuevo el armamento nuclear? ¿Qué podría impedírselo a Putin? Ya se ha atrevido a nombrar lo real del reverso tenebroso, que debía mantenerse en silencio, y por lo tanto no se siente retenido por la idea de "consumación"; por lo demás, tanto el nuevo contexto geopolítico, en el que desencadenó su invasión, como el curso de la guerra, ahora adverso, más bien lo invitan a dar ese paso, según la opinión de numerosos analistas. Es decir, la única posibilidad de "desescalada" que le quedaría al invasor ruso, se dice, es la de "escalar" antes a lo más alto, lo que podría implicar el uso de armas nucleares "tácticas" -más pequeñas o menos destructivas que las de Hiroshima- como único "medio" a su alcance para llegar a una negociación favorable. Cualquiera que fuera el resultado, incluso perjudicial para Putin, e incluso si no significara la clausura narcisista de la humanidad, nadie puede querer, más allá del número de víctimas inmediatas, un mundo en el que hubiese que elegir entre una de estas dos opciones: o normalizar y replicar sin límites el uso del armamento nuclear o abandonar a los ucranianos a su suerte, responsabilizándolos además de su desgracia.

Vemos, en todo caso, que Putin ha alterado la relación que hemos mantenido durante 77 años con el armamento nuclear. No le atañe la suerte de la humanidad porque, exponente de la extrema derecha nacional-imperial, se representa a sí mismo como exclusivamente "ruso"; y su coqueteo con la destrucción atómica se produce en el marco de una guerra ilegal que él mismo ha desencadenado. Es decir, pendiente únicamente de su propio destino, que asocia a una victoria en Ucrania, utiliza la amenaza nuclear no para la disuasión, como la URSS y EEUU en la Guerra Fría, sino para la conquista. Eso sí que no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Y no puede dejar de tener consecuencias.

¿Qué podemos hacer? No tengo ni idea. Confiar quizás en el pragmatismo chino, más que en la prudencia estadounidense, y en los propios rusos, la mayor parte de los cuales llevan a la humanidad dentro. O tengo, sí, una idea diminuta y banal. También podemos dejar de proporcionar a Putin, desde la izquierda, esos asideros europeos de los que se jactaba en su último y estremecedor discurso. Mientras Rusia invade un país, ocupa y se anexiona parte de su territorio y moviliza a trescientos mil soldados (signos inequívocos de su deseo de negociación), un sector de la izquierda sigue dedicado a demostrar que Putin tiene suficiente razón o suficiente poder como para que el resto del mundo deba someterse a su chantaje nuclear. Un chantaje plantea siempre un dilema moral muy grande y más, como decía Anders, "en estado de necesidad". Habrá que encontrar el modo, si lo hay, de desactivarlo sin empeorar las cosas. Pero no podemos engañarnos. Si nuestros expertos geopolíticos de izquierda, obsesionados con el pecado original estadounidense, llamasen "chantaje" a la escalada del Kremlin (y escalada a la escalada del Kremlin) cambiarían pocas cosas en el mundo y nada en la actitud de Putin, es verdad, pero quizás muchas más personas normales leerían nuestros medios y votarían a nuestros partidos. Y entonces sí, poco a poco, con mucha gente normal a nuestro lado, podríamos hacer presión en favor de la justicia social, la independencia de Europa y la paz mundial.