Opinion · Dominio público

También hubo en España ‘movida del 68’

MIRTA NÚÑEZ DÍAZ-BALART

05-22.jpgEl 18 de mayo de 1968, hace cuarenta años de aquello, el recital de Raimon en la Ciudad Universitaria madrileña sazonó de música y palabras la lucha antifranquista. Los centenares de estudiantes que se apiñaban en el patio de la Facultad de Económicas de entonces, hoy Facultad de Geografía e Historia de la UCM, hicieron coro a la lucha por la libertad, sumando su garganta a la protesta por la prolongada dictadura. Las vibraciones de aquella guitarra y de una voz profunda que decía “no” a la represión llegaron a los estudiantes durante generaciones.

Los jóvenes que vinimos después teníamos mitificados aquellos hechos. En ellos, la rebelión de los hijos de las clases medias mostraba que la España de los sesenta se iba alejando de la sumisión. La estela de muerte que dejaron los cuarenta había provocado un enmudecimiento masivo. La acogida del franquismo en el contexto internacional de la Guerra Fría permitió mirar más allá de la supervivencia y las universidades se sobrepusieron a los aprobados patrióticos del falangismo inicial.

Con esos ingredientes, se coció el despertar de la universidad que, en Madrid, tomó una dimensión pública y sonora.

La épica de la lucha en el marco universitario necesitaba un himno duro y esperanzador a la vez. Al Vent, una composición de años atrás, fue la bandera de una universidad efervescente. Una voz poderosa, acompañada por una guitarra desnuda de todo atributo, se hizo la enseña de la lucha política contra el régimen franquista. La emoción del cantante, con los centenares de voces que le acompañaban en plena ilegalidad, con la Policía rodeando el campus, fue musicada en la letra 18 de maig a la Villa.

El clandestino SDEUM, Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Madrid, trajo a la Complutense el eco de lo que ya se conocía en otras ciudades y lo convirtió en multitudinario. La universidad madrileña –como quedó evidenciado– no sólo estaba plenamente incorporada a la protesta, sino que, además, hacía suya la lengua catalana, desvistiendo otro de los disfraces del franquismo, que la presentaban como contraria a aquellas otras lenguas que habían estado largo tiempo prohibidas.

Centenares de contactos ocultos habían dado un fruto magnífico. Aquellos pequeños núcleos clandestinos lograron un acto ilegal multitudinario. Marta Bizcarrondo, recientemente fallecida, fue, como delegada cultural del sindicato estudiantil, quien tejió, junto a otros muchos, como Jaime Pastor, hoy profesor en la UCM, o Arturo Mora, tristemente desaparecido, aquellos hilos. Ángel Vegas, desde su posición de decano designado a dedo, mantuvo una actitud dialogante con unos estudiantes aguerridos que no sólo querían cambiar la Universidad sino el mundo. La oposición antifranquista, encabezada en Madrid por el PCE, brindaba la experiencia de su lucha en la clandestinidad.

La infantería militante daría sus mejores cuadros a los organismos del cambio: desde la Junta Democrática y la Platajunta, a toda la pirámide de la nueva sociedad que estaba germinando. Luego, vendrían otros recitales donde líderes, salidos de la cárcel o de la clandestinidad, pasarían a sentarse en las butacas. La memoria del cambio tiene en los conciertos de Raimon, en Madrid, Barcelona o Valencia, las muescas de la esperanza colectiva que acompañó la agonía del franquismo y los primeros años de la llamada Transición.

¿Tenía algo que ver lo que aquí ocurría con la efervescencia existente en Francia, México, Estados Unidos, Checoslovaquia, Berlín o Tokio, con fuertes estallidos políticos y sociales? La realidad española poco tenía que ver con el movimiento ciudadano contra la segregación racial o contra la guerra de Vietnam en EEUU, por más que ésta hubiese apadrinado la dictadura franquista en la ONU.

El Dubcek checoslovaco sacudió las conciencias sobre el colonialismo soviético. La matanza de la Plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México abrió los ojos del mundo a las dictaduras del mundo capitalista. ¿Contra qué se levantaban los estudiantes franceses, bien comidos y con una democracia consolidada, encabezada por el presidencialismo de De Gaulle?

La estela de la insumisión ante el capitalismo y la sociedad establecida, sus usos y costumbres, la protagonizaron jóvenes que, desde contextos muy diferentes, clamaban por un rechazo a lo existente. En España, sin duda, con un carácter plenamente político, pluripartidista, antidictatorial y democrático que no podía cuestionar ni partidos ni sindicatos, todos ellos clandestinos. ¿Qué CGT francesa se podía sumar públicamente a los acontecimientos cuando aquí sólo existía un único sindicato oficial? El mayo francés evidenció la erosión de los partidos y sindicatos en las democracias occidentales.

El cantante de Xátiva pondría la imagen y la voz a la protesta de los universitarios de toda España en favor de la libertad, y acompañaría sus pasos antes y después de la muerte del dictador. El 5 de febrero de 1976, una canción añadiría otras notas a la andadura iniciada hacia la ruptura política. Yo vengo de un silencio (Yo vinc d’un silenci) resumía en cuatro palabras la larga travesía por el desierto franquista.

Hoy, no se llaman recitales, sino conciertos. Muchos de los que participaron en alguna medida en ello no están entre nosotros, otros desempeñan cargos relevantes, la vida nos ha hecho caminar por caminos deseados y no deseados, con compañeros que se han ido perdiendo a lo largo de los años, pero la evocación de aquella comunión sonora, joven y combativa acompañó musicalmente con himnos civiles la lucha por las libertades en España.

Hoy vuelve Raimon a la Universidad Complutense. Aquel recital, que fue una muesca en la lucha por la libertad, sigue presente en estas palabras de Javier Maestro: “Nunca había asistido a un acto donde se viviese con tanta intensidad cada
canción, cada palabra, cada gesto”.

Mirta Núñez Díaz-Balart es profesora titular de la Universidad Complutense de Madrid e investigadora

Ilustración de Iker Ayestaran