Dominio público

Una primavera en Praga

MICHAL AJVAZ

05-23.jpgEn mayo de 1968 en Checoslovaquia tuvo lugar la llamada Primavera de Praga: un intento de los comunistas reformadores por liberalizar el sistema que se manifestó con una cierta libertad en el terreno cultural –desaparición de la censura– y, parcialmente, desde la perspectiva actual, también en el de la política, si bien nunca se llegó tan lejos como para que se permitieran, por ejemplo, nuevos partidos políticos. A pesar de la contradicción que suponía el intento de crear democracia bajo un partido único, impuesto y no democrático por naturaleza, la gran mayoría de la sociedad apoyó al Gobierno y al movimiento reformista. Más que de ingenuidad, se trataba de realismo: todos sabíamos que lo que nos ofrecían los comunistas era el máximo que acaso permitiera la Unión Soviética. Pero cuando en agosto aparecieron los tanques se puso de manifiesto que no estaban dispuestos a permitir ni siquiera eso.

Para mí, aquella primera bocanada de libertad tuvo algo embriagador. Aquellos meses de la Primavera de Praga fueron una fiesta que brilló en el recuerdo con más intensidad aún a causa de los veinte años que habrían de seguirles bajo uno de los regímenes más inmundos de Europa, basado en la represión, la vil venganza, la corrupción, el chantaje y la mentira. Hoy recuerdo la Primavera de Praga como un tiempo de grandes esperanzas.

En mayo de 1968 era estudiante de primer curso de la Facultad de Filosofía en Praga. Ya en otoño del 67 tuvo lugar una suerte de antecedente, cuando a los continuos cortes de luz en las residencias universitarias respondieron los estudiantes con una manifestación espontánea al grito de "¡Queremos luz!" y "¡Queremos estudiar!" y detenida a golpes por la policía, que incluso entró en las residencias para continuar con el apaleamiento. El régimen se equivocó en gran medida al suponer que se trataba de una manifestación puramente política –al grito de "¡Queremos luz!" los policías respondían: "¡Ya sabemos qué luz queréis!"; la paranoia fue una de las señas del gobierno comunista en todas sus fases. Tras la manifestación se convocó una asamblea en la facultad en la que se aprobó la demanda de una investigación sobre la intervención policial y el castigo de los culpables. En caso de no ser atendida, tendría lugar una manifestación pacífica. El hecho de que los estudiantes amenazaran públicamente al régimen con una manifestación era, en la Checoslovaquia de la época, algo inaudito y que lo ponía en una situación incómoda. Recuerdo un acontecimiento absurdo que ocurrió entonces: la dirección de la facultad llamó a los padres de los estudiantes que eran miembros del Partido Comunista y les pidió que persuadieran a sus hijos. Aparentemente el Gobierno no pensaba acceder a las peticiones estudiantiles, pero los acontecimientos comenzaron a sucederse con rapidez: en enero de 1968 cayó el jefe de los comunistas, Novotný, y fue nombrado secretario del Partido el reformista Alexander Dubcek, con lo que comenzó la llamada Primavera de Praga.

Así llegaron las propuestas y las exigencias, si bien siempre bajo el realismo de la situación geopolítica del momento, de modo que aceptamos el llamado "socialismo democrático" como lo mejor a lo que en aquel momento se podía aspirar.

Se escribía bastante sobre los movimientos en París y Berlín, pero los universitarios checoslovacos teníamos otras preocupaciones y no entendíamos para nada qué pretendían esos estudiantes, ni nos interesaba especialmente. Por una parte, buscábamos puntos en común, y por otra, estábamos convencidos de que los dos movimientos buscaban fines opuestos y que los estudiantes parisinos luchaban precisamente por aquello contra lo que nosotros lo hacíamos, y viceversa

En un encuentro en Praga con miembros del grupo surrealista francés, en mayo de 1968, aquellos poetas y pintores hablaban con entusiasmo de las revueltas parisinas y de la revolución en Cuba ante un público sencillamente escéptico. Recuerdo que ante la pregunta de uno de ellos sobre los acontecimientos de París, un estudiante le respondió: "Nosotros hemos bebido veinte años de ese licor y no resulta tan sencillo emborracharse".

En agosto llegaron los tanques soviéticos, la Primavera de Praga terminó, se estableció un régimen represivo que duró veinte años.

Si tuviera que decir qué significan para mí los años sesenta, diría que fue, ante todo, la época de la esperanza y del descubrimiento de la libertad. Ambas crecieron de un modo confuso y, en ocasiones, vistieron extraños trajes. En mi partida de nacimiento figura 1949, pero en realidad nací en los años sesenta. De hecho, aquellos años arden aún hoy en mi memoria.
En aquel entonces no se me habría ocurrido que fuera un hippie, pero ahora veo que todos nos volvimos un poco hippies y que incluso así hemos seguido toda la vida. Hasta mis libros son un intento por aclarar este sueño, por resolver esa información cifrada aunque ninguno transcurra en los años sesenta.

Está bien que los años sesenta nos enseñaran que hay que dudar de todo sistema y que hay que buscar un camino propio en todos los ámbitos de la vida, independientemente de las formas de Gobierno en apariencia dadas por supuestas, que hay que buscar y hallar lo prodigioso que de algún modo siempre se le escapa al orden establecido.

Y está bien que no se cumplieran aquellas exigencias soñadas, que todo el movimiento naufragara, puesto que este naufragio significó su gran victoria. Gracias a su derrota, aquello que torpemente intentaban expresar los distintos movimientos de los años sesenta y que ni siquiera ellos mismos comprendían se disolvió en la sangre de los individuos y de la sociedad, donde, hasta la fecha, pervive anónimamente.

Michal Ajvaz es novelista y poeta

Traducción de Enrique Gutiérrez Rubio

Ilustración de Javier Olivares