Opinion · Dominio público

No hay que pedir perdón por decir ‘miembra’

MÓNICA BAR CENDÓN

06-12-b.jpgEl lenguaje configura el mundo. Lo que no se nombra no existe en nuestra realidad. Pero hay cosas que no sabemos nombrar porque las desconocemos, aunque ello no quiere decir que no existan. La cultura consigue que sepamos darle nombre (y género) a las cosas asignándoles un espacio en el mundo.

El género es un paradigma cambiante que se adapta a la realidad. Pongamos por caso: el sustantivo médico; genéricamente es masculino; y hasta hace muy poco tiempo, “no se oía” el femenino; no se usaba, sencillamente porque no existían
mujeres médicas (perdón por la redundancia) ni ingenieras, ni abogadas, ni ministras.

Pero ¿qué sucede en el caso contrario? Si se masculiniza un femenino, el masculino de azafata, no pasa a ser azafato, sino sobrecargo; y el de enfermera, no pasa a ser enfermero, sino asistente técnico sanitario; qué curioso, obsérvese como el uso perverso del femenino supone un descenso en el escalafón.

Y lo peor es que tanto las mujeres como los hombres acaban creyéndoselo. Si hay algo capaz de producirme urticaria, a estas alturas, son esas mujeres que se travisten de médicos, ingenieros, abogados.

La lengua tiene esa faceta de permitirnos ser mujeres, ontolológica y gramaticalmente hablando; y, de hecho, esta  inversión genérica, lejos de aportarles caché, lo que revela es autoodio e inseguridad.

Las palabras se crean (neologismos), se reconvierten semánticamente, se derivan, a tenor de la evolución de la humanidad. A veces, los cambios se producen tan rápidamente que la sociedad –no digamos, la Real Academia– necesita un tiempo para asimilarlos, como se puede apreciar en el tema espinoso de la “feminización del lenguaje”.

El género femenino de muchos sustantivos, no viene de serie, sino que es un venturoso rescate de alguien, un sujeto o sujeta (¿por qué no?) para la lengua. Del mismo modo que venturoso ha sido rescatar a las mujeres del ámbito doméstico para la medicina, la  ingeniería o los ministerios.
Esto quiere decir que lo que antes no tenía nombre puede llegar a tenerlo; y las palabras que antes tenían un género ahora pueden llegar a tener otro; y ¿de qué depende? Pues de su uso, del uso instrumental que se le quiera dar al lenguaje. Y el lenguaje vuelve a transformar, a ampliar la dimensión del mundo, y así sucesivamente.

A raíz de un parlamento de la ministra de Igualdad se ha creado un gran revuelo. Bibiana Aído ha utilizado la palabra miembras, para dirigirse a un auditorio mixto, y ha tenido la cortesía, –o el detalle solidario– de incluir a las mujeres. Qué alivio, por fin nos tienen en cuenta.

El hecho es que el uso insólito del femenino en esa palabra ha puesto nerviosísimos a ciertos contertulios mediáticos que se han olvidado de sus neuras congresuales y se han cebado en el eslabón más joven, que no más débil, del gobierno español.
Deduzcamos el porqué, y es que el término tiene muchos bemoles, a juzgar por la chanza venenosa de uno de los sujetos; varón, escritor y frisando la edad de jubilación, para más señas, lo que debería aportar sabiduría y no lo contrario.

En un momento de pérdida de control, el individuo, quizás el más encolerizado del ruedo, deja escapar una frase que no puedo escribir sin sonrojarme: “No, si ahora le van a llamar a esto que tengo aquí miembra, lo que nos faltaba, hasta ahí podíamos llegar”. Todas y todos le rieron la gracia; de pena.

En definitiva, al paisano, que había sido herido en lo más profundo de su ser, le salió el león machista rugiendo como si la ministra, reina de las Amazonas, le hubiera clavado el hacha de guerra en todo el centro de su ser. Por la boca muere el pez, dice el refrán.

Qué cosas, una mujer serena e involucrada hasta la médula en cambiar las circunstancias de terror en las que viven las mujeres, día a día, y algunos, preocupados por un miembro de su anatomía.

Pero volvamos al objeto de esta reflexión: al léxico. ¿Qué tiene de incorrecto la palabra miembra? Procede del término latino membrum-membri, sí, neutro latino, como medium-medii, y nadie se extraña del uso de su plural media (medios de comunicación); pirum-piri, pera, también neutro en su origen. La lengua está llena de estos ejemplos.

No es que sea incorrecto miembra, es que además es reivindicable.
El uso automático del género masculino no es arbitrario, es fruto del machismo en el sistema de signos que utilizamos para comunicarnos. Y, por cierto, si el uso del término es adjetivo –por lo tanto femenino, masculino o neutro– más recomendable aún. Todo es cuestión de acostumbrarse, de comprender su uso legítimo. ¿Qué parece más correcto, que se diga “Cada vez hay más mujeres miembras de consejos de administración”; o “Cada vez hay más mujeres miembros de consejos de administración”?

Un sustantivo en femenino con un adjetivo en masculino, además de ser absurdo, es una falta de concordancia; gramaticalmente, un error.

Miembras, así se dice y figurará en el próximo diccionario, como una entrada más, con el beneplácito de quienes “limpian, fijan y dan esplendor” (y no son amas de casa) no me cabe la menor duda. Como también desaparecerá la acepción mujer del ministro, para definir a ministra, eso espero.

Y, dicho sea de paso, en los escritos del Consello Municipal da Muller de Vigo, la palabra miembra, es de uso común.