El dedo en la llaga

Horizonte de bipartidismo

No se han cumplido mis peores previsiones, aunque tampoco se han disipado. Para nada.
Lo peor, para alguien con mi visión de la política y de la vida en general, habría sido que venciera el PP, sin duda, pero hace semanas que dejé de tomar en consideración esa posibilidad. Llegué a la conclusión de que la eventualidad de una victoria del PP la manejaban, aparte de los forofos del propio PP, inasequibles al desaliento, aquellos que querían concentrar en el PSOE el voto de la parte de la ciudadanía que se considera a sí misma progresista, o de izquierda, y los que querían esgrimir una razón para votar a Zapatero amparándose en un miedo que, en mi criterio, no tenía fundamento.
Mis peores previsiones eran que el PSOE alcanzara la mayoría absoluta o algo que en la práctica viniera a ser lo mismo, es decir, que obtuviera los escaños suficientes para gobernar apoyado en sus solas fuerzas o recurriendo aleatoriamente, según los casos, a tal o cual grupo minoritario, entre los que tendría para elegir. Y eso ha estado más cerca que hace cuatro años, pero no ha sucedido.
Ya lo he explicado en otras ocasiones: no temo la mayoría absoluta de Zapatero; temo las mayorías absolutas, en general. Y las temo apoyándome en la experiencia que hemos acumulado desde 1977. Todos los gobiernos españoles que han contado con mayoría parlamentaria absoluta se han servido hasta hoy del tristemente célebre rodillo para imponer sus opciones, olvidándose de consensos, templanzas y demás equilibrios propios de quien está obligado a pactar constantemente.
Me gustan más las mayorías relativas, que obligan a tener en cuenta la pluralidad real de la ciudadanía.
De todos modos, no me engaño. La tendencia sociológica es nítida: el bipartidismo avanza entre nosotros a buen paso, y hoy hemos tenido una prueba. El PSOE y el PP, mano a mano. El resto es cada vez más reducido.
Muchos españoles ridiculizan los modos que priman en los EEUU. Pero el caso es que basta con mirar lo que sucede allí para saber qué tendremos aquí en diez años: qué vestimenta juvenil, qué tipo de comida… y –ay, también– qué estilo de política.