El mundo es un volcán

Obama, el mejor vendedor de armas

¿Quién es el mejor vendedor de armas de Estados Unidos? Barack Obama, sin duda. Los fabricantes deberían pagarle una buena comisión por haber contribuido a elevar el número de pistolas automáticas, rifles de repetición y otras máquinas de matar a más de 300 millones en todo el país. Se da por supuesto que el presidente demócrata es partidario de limitar al máximo este comercio de la muerte, pero la aparente paradoja se basa en datos incontestables.

Está por ver si, al abrigo de la conmoción nacional causada por la matanza de Newtown, el presidente encabeza de verdad una ofensiva contra las armas de fuego, es decir, si su denuncia de que "ha llegado la hora de abandonar la retórica y hacer algo" responde a una intención real de cambiar las cosas o si, por el contrario, se difuminará en cuanto el país salga del estado de choque o cuando el poderoso lobby de las armas ponga toda la carne en el asador.

Hay motivos para el escepticismo, pero también para una cauta esperanza, como la creación de un grupo de trabajo encabezado por el vicepresidente Joe Biden y la supuesta disposición de Obama a adoptar algunas medidas por decreto. Tal vez la más significativa sea el respaldo expreso a una propuesta que la senadora Dianne Feinstein pretende presentar en enero para reactivar la prohibición de las armas de asalto por particulares, que Bill Clinton logró imponer en 1994, pero que George Bush no renovó cuando caducó 10 años más tarde. Además, se constata que las armas han desaparecido de las estanterías de muchos establecimientos comerciales y hasta del catálogo por Internet de la gigantesca cadena Wal-Mart. Mientras, la influyente Asociación Nacional del Rifle (ANR) anuncia iniciativas indeterminadas y que probablemente sean papel mojado para reducir la violencia indiscriminada y masiva que en EE UU parece una marca de la casa.

Sin embargo, aunque de forma menos visible, fabricantes y vendedores siguen haciendo su agosto, y es probable que, en previsión de que haya pronto restricciones, se aceleren las ventas antes de que las eventuales medidas entren en vigor. En 2008, en los meses anteriores a las elecciones, cuando el senador por Ohio comenzaba a adquirir un perfil ganador, los norteamericanos se lanzaron a una carrera para acumular armas en casa por temor a que, si llegaba a la Casa Blanca, hiciese realidad sus supuestas intenciones de restringir la adquisición. En esta como en tantas otras cuestiones, el presidente defraudó a quienes esperaban un valiente paso adelante. Y durante todo su primer mandato, el temor a lo que Obama podía hacer, pero que no hacía, mantuvo el ansia por almacenar armas, cuantas más y más letales mejor, entre esa mitad de los norteamericanos que llevan en los genes, como prueba del individualismo convertido en seña de identidad, la creencia de que la mejor seguridad es que la que se puede pagar uno mismo.

El ritmo de compra se aceleró a medida que se acercaba la nueva elección, el 6 de noviembre, y por los mismos motivos que cuatro años antes, pero con un estímulo adicional: la creencia de que, sin poder optar ya a un tercer mandato, Obama no estaría ya tan atado de manos y haría realidad las intenciones que se le suponen. Ninguno de los dos candidatos tocó ni siquiera de refilón este espinoso asunto durante la campaña, conscientes de que había mucho que perder y nada que ganar. Llegó el Black Friday, el 23 de noviembre, que inauguraba la temporada de rebajas y ventas navideñas, el día de mayor recaudación en los comercios de todo el año, y la venta de todo tipo de armas batió récords.

De esta forma, Obama ha contribuido, aún sin pretenderlo, a que el número de armas en poder de particulares siguiese creciendo, y a un ritmo más rápido que nunca. La cifras son apabullantes: en 1995 había 200 millones, y 2012 se despide con más de 300 millones, una media de casi una por habitante.

No hay por qué dudar de que las lágrimas del presidente por las víctimas de la salvaje matanza de Newtown, tanto las vertidas en la Casa Blanca como en la ceremonia ecuménica en la misma localidad, respondían a un genuino sentimiento de pesar. Pero si se quedan en eso, en un poco de agua salada y frases huecas como "no podemos volver a tolerar una tragedia como ésta"; si pasan semanas y meses sin que promueva acciones legislativas sustanciales; si no batalla con todas las armas de la presidencia contra la tremenda oposición que encontrará en el Congreso, engrasada a golpe de talonario por el influyente lobby de las armas; si vuelve a ocurrir como después de otras masacres recientes, la imagen que dejará Obama será una vez más la de un líder débil al que se le va toda la fuerza por la boca.

Como anticipo de la batalla legislativa que está por llegar, el presidente aseguró el miércoles que el control de armas será una "cuestión central" de su segundo mandato, a lo que destacados miembros republicanos de la Cámara de Representantes replicaron mostrando su rechazo frontal.

La gran pregunta es si Obama, con una agenda repleta de conflictos, y con un Congreso dividido pero con el que esta obligado a negociar, no se quedará otra vez a mitad de camino, buscando una conciliación de posturas que no dejará contento a ninguno de los dos bandos. A su favor tiene la certeza de que, durante algún tiempo, al lobby de las armas no le queda otro remedio que esconder la cabeza bajo el ala mientras capea el chaparrón. Por eso, o bien actúa de forma rápida y contundente, o perderá la ventaja de partida que le da el estado de choque en el que se encuentra la sociedad norteamericana tras la masacre de Newtown.

El problema de fondo es que, más allá de la conmoción del momento, el país está dividido en dos sobre el control de armas, según los sondeos de opinión. Y obsérvese que digo "control" y no "prohibición", ya que ésta ni siquiera se plantea, al menos a corto plazo.

La segunda enmienda de la Constitución establece: "Siendo necesaria una milicia bien regulada para la seguridad de un Estado libre, no se infringirá el derecho del pueblo a poseer y portar armas". En opinión de los partidarios de suprimir o restringir al máximo la posesión, este derecho estaba condicionado a cuando, en tiempos de los padres fundadores, se justificaba la necesidad de esas milicias para defender a los ciudadanos, no sólo de agresiones externas, sino incluso del propio Estado.

Ése no es ya el caso, pero tampoco importa demasiado, porque la supresión de la Segunda Enmienda, tan arraigada en el american way of life, no figura ni remotamente  en la agenda de Obama. En el encargo que ha hecho a su equipo y en las iniciativas que ya anuncian algunos legisladores demócratas, no se habla de prohibición, sino de control, es decir, de las garantías previas sobre los antecedentes criminales y mentales de los compradores y de las restricciones para la adquisición por particulares de las armas más letales, como pistolas automáticas y, sobre todo, rifles de asalto similares a los que utiliza el Ejército, cargadores de alta capacidad, etc. Es decir, artilugios como los que, comprados por su madre de forma totalmente legal y guardados en casa "para proteger a la familia", fueron utilizados por Adam Lanza para dejar un rastro de muerte en la escuela Sandy Hook.

Rizando el rizo del disparate, hay voces que incluso pretenden echar la culpa de la matanza de Newtown al hecho de que no hubiese armas en la escuela, lo que impidió que el personal de la misma pudiese utilizarlas para repeler la agresión. Miles de firmas respaldan ya una iniciativa que parte del supuesto de que "la tasa de criminalidad disminuye cuando la gente está mejor armada", pero hay otros pasos en la buena dirección, como el veto del gobernador de Michigan a la decisión del Congreso del Estado que autorizaba llevar armas en los centros de enseñanza.

En la web de Mother Jones, publicación especializada en periodismo de investigación, se acaba de publicar un informe en el que se analizan 62 matanzas (más de cinco asesinatos en un solo acto criminal) perpetradas en los últimos 30 años en EE UU. Las conclusiones dejan en ridículo la tesis de que más armas pueden impedir estos asesinatos masivos: en ninguno de los casos se interrumpió o impidió la masacre por la intervención de un civil armado. El número de estas tragedias se ha incrementado muy notablemente en los últimos seis años (25 desde 2006), justo en la época en la que, primero con Bush y luego con Obama, el número de armas en circulación creció de forma exponencial.

Curiosamente, ahora hay muchas más armas, pero concentradas en menos manos: en el 40% de los hogares durante la primera década del siglo XXI, frente al 50% en los ochenta del XX. La investigación de Mother Jones muestra también cómo la Asociación Nacional del Rifle y sus aliados políticos republicanos han logrado impulsar durante la presidencia de Obama, en 37 de los 50 Estados de la Unión, y a veces con respaldo demócrata, casi 100 leyes que facilitan portar armas en público y convierte en más difícil saber dónde y en qué manos se encuentran. La palma se la lleva Luisiana, donde incluso está permitido llevarlas a la iglesia.

Si esta vez Obama se lo toma más en serio, la batalla será ardua, de las que marcan una presidencia, como la reforma sanitaria, hasta ahora la única de sus iniciativas que merece quedar para la historia. Entre tanto, el negocio de las armas sigue viento en popa. Los espíritus de Billy El Niño, Jesse James, John Wayne y Charlton Heston (que presidió la ANR) pueden seguir descansando en paz. Su legado, de momento, no corre peligro.