El mundo es un volcán

La absolución imposible a Henry Kissinger

A Henry Kissinger le gustaría pasar a la historia como el ideólogo de la normalización diplomática con China que abrió las puertas a una nueva era en las relaciones internacionales, como el negociador del alto el fuego en Vietnam que le hizo acreedor al Premio Nobel de la Paz pese a que luego resultó casi inútil, e incluso como el académico prestigioso que analizó como pocos -y sigue haciéndolo- el devenir histórico y político del mundo.

Lleva los últimos 40 de sus 91 años empeñado en una labor de reconstrucción personal para dejarla lo más limpia posible para la posteridad. Lo hace a través de sus libros, su actividad universitaria, sus conferencias pagadas a precio de oro y su asesoría a diversos presidentes, el último de ellos George Bush. Trata de realzar su figura de hombre de Estado, patriota y pragmático. Le preocupa su huella en la historia y no quiere que ésta le retrate con su perfil más siniestro: el de principal asesor de Richard Nixon en las guerras genocidas y de tierra quemada del Sureste Asiático, el de cómplice en la implantación con ayuda de la CIA de dictaduras anticomunistas en América Latina (Chile, Argentina, Uruguay…), o el de inspirador de la Operación Cóndor que permitió a los Pinochet, Videla y compañía torturar, asesinar y hacer desaparecer a miles y miles de opositores de izquierda.

Pero su pasado le persigue. No hace mucho, Bernie Sanders, aspirante a la candidatura demócrata a la presidencia de Estados Unidos, le sacaba los colores a su rival Hillary Clinton por desear contar con el apoyo y consejo de Kissinger, y aseguraba que éste fue un secretario de Estado "destructivo", por lo que está orgulloso de que no sea su amigo. Cuando publica algún nuevo libro, las reseñas más sesudas le reconocen sus méritos, pero también abundan las que le recuerdan las viejas vergüenzas que le harían quizá más acreedor al banquillo de un tribunal internacional que juzgue genocidios o crímenes de guerra que al altar de la excelencia académica o al olimpo de los grandes hombres de Estado.

Con todo, Kissinger, que un día dijo en referencia a Chile que "no hay que permitir que un país se vuelva comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo", lleva décadas publicando obras que ayudan a entender mejor el mundo, aunque su óptica esté deformada por una ideología disfrazada de objetividad y ciencia política, pero al servicio de los supremos intereses norteamericanos. La más recientes, publicadas en castellano por la editorial Debate, son China y Orden mundial.

Esta última constata que Estados Unidos ya no tiene la capacidad –puede que tampoco la voluntad- de imponer su propia idea de orden global, después de los fiascos sufridos en las últimas décadas (Afganistán, Irak…) y de la aparición de nuevos actores internacionales. Y reconoce la dificultad de tomar partido entre dos opciones que han marcado la política exterior de su país: la idealista y la realista. Apuesta por un modelo mixto, al tiempo que abjura tanto de la idea de Samuel Huntington de "choque de las civilizaciones", como de la de Francis Fukuyama del "fin de la historia".

Kissinger se retrotrae hasta la paz de Westfalia, que en el siglo XVIII puso fin a la Guerra de los Treinta Años y evitó muchas otras sobre la base de la soberanía de los Estados nacionales y la no injerencia ajena. Encuentra  similitudes con la época actual y las relaciona con la progresiva marcha atrás norteamericana y con la construcción de un nuevo orden en el que coexistan diversas esferas de influencia regionales, aunque sean contrapuestas.  En el camino, trata de cómo la ruptura de ese modelo westfaliano, y más en concreto la emergencia de la gran Alemania, estuvo en el origen de conflictos como las guerras napoleónicas, la de Crimea, la franco-prusiana guerra y las dos mundiales.

Habla mucho del pasado, del de Europa, China, India y Oriente Próximo. Concede la máxima importancia a la relación entre Estados Unidos y China, dada la emergencia como superpotencia del Imperio del Centro, y se muestra pesimista respecto al futuro de Europa, al considerar que el intento de crear una estructura supranacional puede degenerar en un vacío de poder.

Son solo algunas pinceladas de un libro en el que Kissinger muestra una notable capacidad para simultanear el análisis y la síntesis, para ofrecer una visión del mundo que, en algunos aspectos, es perfectamente asumible, ya que no como un ideal, sí como retrato de la realidad, eso sí, parcial e interesado.

De paso, quizás en busca de absolución, aprovecha para contribuir a lavar su imagen. Al ser una obra con tanta historia –si no más- como ensayo, llama la atención que no haya ni la más mínima referencia a los golpes en Chile y Argentina, con los que tanto tuvo que ver. Como si la omisión purgara la culpa. Y tiene la desfachatez de asegurar sobre Vietnam: "Las acciones militares que ordenó el presidente Nixon –y que yo, como consejero de Seguridad Nacional, respaldé-, junto con la política de flexibilidad diplomática, llevaron a un acuerdo en 1973". Como si después de la firma no hubiera habido una pavorosa campaña de bombardeos masivos sobre Vietnam del Norte. O como si no hubiese habido guerras secretas e ilegales en Camboya y Laos que causaron centenares de miles de muertos y que todavía hoy tienen ambos países sembrados de millones de bombas sin explotar. O como si aquello hubiera sido una victoria, cuando en realidad fue el principio de la caída irrefrenable hasta una derrota militar sin paliativos, la más humillante de la historia de Estados Unidos.

Al principio de Orden mundial, Kissinger recuerda que en 1961 visitó a Harry Trumanquien ordenó lanzar las dos bombas atómicas sobre Japón- y que éste le dijo: "Derrotamos por completo a nuestros enemigos y luego los trajimos de vuelta a la comunidad de naciones". El presidente "quería ser recordado no tanto por las victorias como por sus conciliaciones". Y, ya casi al final, vuelve sobre el tema al sostener que "el poder militar norteamericano supuso un escudo de seguridad para el resto del mundo, lo pidieran o no sus beneficiarios".

Nadie en su sano juicio sostendría hoy que, lo que tal vez fue aplicable para los casos de Japón o Alemania, lo sería hoy para los iraquíes, los afganos, los sirios o los libios. Si ése es el orden mundial al que ha conducido la política exterior norteamericana, tal vez habría sido más apropiado que Kissinger hubiese titulado su obra Desorden mundial. Entre tanto, mejor que no cuente con que, por muchos libros que publique –incluso si llega a centenario- logrará que el mundo olvide su papel siniestro en un momento crítico de la historia del siglo XX.