el pingue

La Botica. Matapozuelos

El sol de Valladolid es especial. Sabes que cuando da de lleno en invierno no calienta pero, por lo menos, enciende, de buena mañana, los campos donde verdean los brotes de cereal. La carretera que lleva a Matapozuelos discurre entre nuevas circunvalaciones, nacionales y provinciales de buen firme. Sin embargo, lo mejor que tiene es que, cuando te alejas de la urbe, todo es llano, el cielo parece más amplio y los desniveles descubren miradas que sólo Delibes sabía contemplar.

Al bajar del coche, frío. Sol pero más frío. Aire y poca gente caminado por la calles. A rachas olor a leña quemada y las menos a lechazo asado, del que se nota un resurgir entre los jóvenes. Digo esto que parece una boutade pero es que en mis tiempos no nos acercábamos a comer un cuarto y ahora sí se suele hacer. También hablamos de ello con Miguel Ángel de la Cruz.

¿Cómo es la cocina de la Botica? Austera pero plena de sabor, sin sobresaltos. Es lo que es. Es un apretón de manos, un trato entre caballeros, donde no se firma papel, donde una simple mirada -antes- valía para cerrar un trato. Alcachofas, castañas, pichones, legua , callos, piñones, bacalao,... torrija.

Sábado al mediodía y el restaurante estaba lleno. Familias, parejas de jóvenes, aficionados a la gastronomía... ¡Qué más da!. Al fin y al cabo lo que allí se ofrece es "tierra". Cada plato es una declaración de principios: si es pichón es por el palomar; si es piñón por el pinar; si es bacalao, porque no hay puerto; si son callos y garbanzos, porque no hay más que estos y lengua; si hay torrija es porque se fía del panadero y del lechero. Eso es La Botica. Un restaurante al que no debería quitarle ojo nadie que pase por la provincia de Valladolid. En sus mesas encontrará carácter e ideas claras, únicas peticiones en la plegaria que se alza a "San Auténtico".

Ver mapa más grande