Zarcera.

Hace días que las cepas no están abotonadas. Hace días que antes del horizonte, en el majuelo, se adivinan incipientes las hojas saliendo de las cepas, como hormigas que transportan, incansables, alimento a su guarida. Aún veo a algún zagal vigilar los barberos que nacen a traición y deshacerse de ellos con cuidado de no llevarse por delante murgones que den nuevos hijos.

Paseo por la viña y mis botas se clavan sin que eso me impida acordarme de esas granujas que se dejaban en la cepa y que comíamos de críos antes de dar buena cuenta, bajo un nogal o un cerezo, del almuerzo que llevábamos en el morral. Raro el día del verano y del otoño que no cayera la media fabiola mojada en vino y azúcar. Vino joven que dejaba cercano a la corteza del pan ribetes nazarenos y que más tarde descubrí que es uno de los colores del vino.

La peor época del año no era ir a vendimiar, aquello era una fiesta entre risas, dolores y lagarejos que dejaban la cara tiznada de color rojo. La peor era podar ya con frío, con lágrimas en los ojos por lo recio del viento. Lágrimas que se asemejaban al lloro de la cepa y que dejaban de salir de nuestros ojos al sentarnos en la manta a cuadros tras media jornada de trabajo. ¡Podar sabe hasta un burro!, me decían en casa.

Pocos años tenía cuando comencé a saber del vino. Años en los que en las comidas me aguaban el vino y así me sentía miembro de la camada mientras comíamos conejos, sopas de ajo, pollos de corral y algún pichón que despistado dejaba el palomar o el campanario de la iglesia. Aquellas salsas hechas con vino del cosechero, recién sacado del carral que había en la sisa y que se añadía a la cazuela. Aquel triturado de las cebollas, los ajos y todo lo que componía el guiso, napaba las tajadas ante el asombro de mi inocencia. Por eso, quizá, me hice cocinero, por reproducir aquello que mi abuela guisaba y que bañaba con el vino de su viña.

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Pocas son las bodegas ya en el pueblo que conservan el tentetieso y la viga del lagar. Tan sólo, de aquellos años, se conservan algunas zarceras que aún desempeñan su labor. Las más de éstas se han reconvertido en chimeneas por donde sale el humo de sarmientos donde se asan chuletas de cordero, caretas de cerdo tras la matanza o unos choricejos y morcillas que sucumben envueltos en papel de aluminio al regazo de las brasas.

El vino está en mi memoria, presente y etiquetado, aún parte principal de la mesa, reflejo de una tierra que bebía, antaño, vino más que agua pues ésta era insalubre o de mala calidad.   Las viñas, lugar de trabajo y esparcimiento, cada casa un majuelo, cada año una sorpresa o una decepción. Ese es mi recuerdo, cebadas y trigales alrededor, azadas y calcetín de azufre, letrero en la puerta de la bodega con aviso de no entrar, tardes de porrón, lomo de olla y cantero de pan.

“Post Participante en el I Premio Vinos y Blogs del III Concurso de Vinos del Noroeste”.