Opinion · El tablero global

Los resultados del 20-D demuestran que España es plurinacional

El mantra de Rajoy para instigar una gran coalición a la española –y aferrarse al poder con la ayuda de su gran rival de toda la democracia– es que es preciso «salvaguardar la unidad nacional» de España. Es decir, hay que postergar el fin del bipartidismo y negar la clara voluntad de cambio de los electores, en aras de algo que no existe: la España uninacional.

Porque si algo ha quedado claro en las urnas este 20-D es que España es plurinacional, algo que los votantes han refrendado con sus papeletas: la suma de los votos emitidos a favor de los tres grandes partidos opuestos a la plurinacionalidad del Estado español (PP, PSOE y C’s) ya no llega ni a la mitad (46,9%) del censo electoral, mientras que casi uno de cada cuatro electores (23,3% del censo) eligió a partidos nacionalistas o a alguno de los dos (Podemos y Unidad Popular) que defienden el «derecho a decidir» soberanista y un «proceso constituyente» que transforme nuestra Carta Magna en función de esa realidad plurinacional.

Tabla-voto-plurinacional

Ciertamente, en porcentaje de votos válidos –sobre el censo de residentes, ya que a los ausentes se les puso tan difícil poder votar que su participación fue mínima–, casi dos tercios (64,9%) de los votantes apoyaron a alguno de los tres partidos españolistas, mientras que alrededor de otro tercio (32,2%) escogió las alternativas plurinacionales. Pero lo que esos datos reflejan es que hay mucha más población en la España de una sola lengua (la castellana) que en las nacionalidades donde hay más de un idioma oficial.

[En las tablas, CER es el censo total de residentes en cada zona, %c significa porcentaje sobre el censo y %vv es el porcentaje sobre votos válidos.]

Lo verdaderamente revelador es el análisis del voto en las comunidades donde coexisten dos lenguas: Catalunya, Euskadi, Galicia, País Valenciá e Illes Balears. Porque es en esos lugares donde se ha demostrado claramente la fuerza emergente de Podemos, precisamente por asumir esa plurinacionalidad y aliarse con formaciones nacionalistas o incorporar dirigentes y premisas soberanistas a sus filas y programas.

Tabla-nacionalistas-y-Podemos

Como muestra esta segunda tabla, en esas cinco comunidades Podemos –en alianzas o por su cuenta en los casos de Euskadi e Illes Balears– consiguió un promedio del 25% de los votos válidos –en el País Vasco alcanzó el 26%–, frente al 18% escaso que obtuvo en el resto de España (incluso menos, un 17% si excluimos también a otras dos comunidades singulares como son Navarra y Canarias).

En resumen, como Podemos ha entendido ese carácter plurinacional de España, en las comunidades con sentimientos nacionalistas ha rebasado todas las expectativas de apoyo en las urnas. Tanto es así, que la formación de Pablo Iglesias ha obtenido en ellas casi la mitad (47%) de todos sus votos este 20-D, pese a que sólo constituyen un 38,7% del censo total de electores españoles.

Esto se debe, como explicaba Íñigo Errejón en un reciente artículo, en que «la plurinacionalidad forma parte del ADN político de Podemos desde la asamblea fundacional de Vistalegre en otoño de 2014, y en consecuencia de sus formas de funcionamiento y su discurso.»

Algo que coincide con el análisis de los resultados del 20-D elaborado por el gabinete demoscópico Jaime Miquel y Asociados (JM&A), que no sólo hace hincapié en que «Podemos consigue sus mejores porcentajes en el País Vasco –donde es primera fuerza política igual que en Catalunya–, el País Valencià y Galicia», sino que subraya que «Pablo Iglesias no puede suprimir la condición del referéndum catalán porque sólo contaría, como mucho, con el respaldo de 35 de los 69 diputados de Podemos. Los vascos (5) no aceptarían tal renuncia, menos aún los catalanes (12). Pero tampoco los valencianos (9), los gallegos (6) o los baleáricos (2)».

El propio Jaime Miquel ha defendido ya antes, en su libro La Perestroika de Felipe VI, la condición plurinacional de España, argumentando que «la necesidad de defender la unidad de España frente al desafío secesionista catalán es un invento de los políticos. No está en la calle».

Ahora, tras examinar los resultados, Miquel concluye que «lo que ha retrocedido en las urnas el 20-D es la España uninacional… España, que es dogmáticamente uninacional, también es un Estado plurinacional del suroeste de la Unión Europea porque así lo entienden casi siete millones de personas, dos de cada diez de los que votan, el 27,7% de los votos válidos, representados en el Congreso por 86 diputados. Negar esta realidad es una españolada absurda y dogmática».

Pero esa realidad no sólo la niega ahora el PP, sino también el PSOE a pesar de que hace pocos años apoyaba el derecho de los catalanes a votar en una consulta popular sobre su futuro y en su larga tradición política siempre había defendido el derecho de autodeterminación de los pueblos de España. Es más que irónico que el primer acuerdo de la nueva legislatura sea el del PSOE con PP y C’s para convertir en presidente del Congreso al socialista vasco Patxi López, quien precisamente encarna el desencanto de los nacionalistas con el socialismo español –tras el idilio con Zapatero– porque alcanzó en 2009 el pacto con la derecha (PP y UPyD) que le permitió ser lehendakari a cambio de impedir el proceso soberanista de Ibarretxe y descabalgar del poder al PNV, que había quedado en primer lugar en las elecciones autonómicas –una maniobra exactamente igual que lo que ahora Rajoy califica de «fraude democrático».

Además, este acuerdo (que entrega la mayoría de la Mesa del Congreso a las derechas, pese a que no la suman en el hemiciclo) también impide que los aliados territoriales de Podemos puedan tener sus propios grupos parlamentarios, con la intención una vez más de negar la realidad plurinacional de España.

Y todo ello pese a que otra realidad innegable que han demostrado las urnas es que el bipartidismo está pasando a la historia, para ser reemplazado por un pluripartidismo en el que las formaciones emergentes (Podemos y Ciudadanos) están tomando el testigo de las nuevas generaciones y representan el futuro. Por primera vez, los electores han logrado derribar en las urnas el dique que levantó la Ley Electoral (con el sistema de primas a los partidos más votados) para que el Parlamento estuviera dominado por sólo dos grandes partidos y cortar el paso a la izquierda radical (en la Transición, el PCE) con mucha implantación en las grandes ciudades.

Todos esos mecanismos de blindaje del bipartidismo han saltado por los aires el 20-D, como se puede observar en este mapa sobre los escaños por provincias que han conseguido los dos nuevos partidos emergentes:

Mapa-bipartidismo-y-emergentes

En esta nueva geografía política española, aparecen en verde las diez provincias en las que ni Podemos ni C’s han logrado escaños el 20-D, con el color de una u otra formación las que sólo han concedido representación en el Congreso a una de las dos (pero no a la otra), y en bicolor donde los dos partidos novatos han conseguido diputados. En el reparto del mapa se ve claramente que son las provincias más rurales y menos pobladas las que todavía rechazan el ascenso de los emergentes, que entran con fuerza (sobre todo, Podemos) en las grandes urbes, las provincias costeras y las regiones más dinámicas.

Y eso también coincide con el análisis de Errejón:

» Los resultados del 20 de diciembre se leen mejor si los situamos sobre un mapa y los territorializamos. En esencia, en media España el cambio ya está ganando y el tablero político ha cambiado de forma drástica –entre los jóvenes y adultos jóvenes, en las grandes ciudades y zonas más densamente pobladas y dinámicas y en las periferias, principalmente: el Mediterráneo, el corredor del Ebro, Galicia, Madrid y los archipiélagos– mientras que para otra media el 20-D supuso un importante temblor que no fue capaz de alterar los equilibrios entre las fuerzas tradicionales –en el interior, entre la población de edad más avanzada y en el medio rural, más la excepción de las grandes ciudades andaluzas donde el PSOE mantiene un suelo todavía alto a pesar del desgaste».

Un hundimiento acelerado del bipartidismo que se pone de manifiesto en las frías cifras: En conjunto, PP y PSOE han perdido 8,8 millones de votos desde las generales del 2008, y el pasado 20-D Podemos y Ciudadanos sumaron… 8,7 millones.

El cambio no ha terminado, pero está en marcha y es imparable. Porque es generacional y, por tanto, irreversible.