Tierra de nadie

El desodorante de Zapatero

A Zapatero le ha abandonado el desodorante, y esa debe de ser la explicación del desapego que, de un tiempo a esta parte, han empezado a sentir por el presidente su otrora círculo de allegados, sobre todo mediáticos, a los que se les acabó el amor y andan ahora en el espanto, especialmente cuando miran su cuenta de resultados. Al parecer, algunos acaban de descubrir que Zapatero va por libre y no deja que nadie le tosa en el partido desde antes incluso de la gripe A, lo que certificaría legalmente el fallecimiento de Bambi, todo un acontecimiento forense.

Las pretendidas desafecciones que estaría sufriendo el de Moncloa han encontrado escenificación en las renuncias a sus escaños de varios ex ministros. La más esperada era la de Pedro Solbes, que preventivamente ya se interpretó como fruto del desacuerdo radical del ex vicepresidente con la actual gestión de la crisis económica. A ojos de la oposición, Solbes pasó de ser un sabio de la macroeconomía a convertirse en un "señor mayor" cansado y aburrido, dicho sea esto último en palabras de Rajoy. Nada como su cese y la tocata y fuga de ayer para devolverle la ciencia y la conciencia crítica.

Es una obviedad que la crisis y la errática gestión de algunas medidas del Gobierno como la subida de impuestos, tan necesaria como mal planteada, han transformado la sonrisa presidencial en una mueca, pero nadie podía esperar que su popularidad fuera en globo mientras las cifras del paro siguen apuntando al infierno. Dicho esto, pensar que este desgaste de imagen y los mutis de un puñado de ex ministros pueden resquebrajar la sólida argamasa que conforma el poder es tan inocente como proponer a Berlusconi para la gerencia de una guardería.

Más que el PP, a Zapatero se lo puede llevar por delante la recesión, pero hasta que llegue ese momento será difícil que alguien le muerda la mano en el PSOE, ni siquiera una vieja guardia que, arrinconada y todo, sabe de la prodigalidad de esa divina providencia llamada BOE. Para la nueva hornada de dirigentes no es concebible ni un mal pensamiento. Han deificado al líder y le han colocado en un pedestal con vistas. A un dios le está permitido ser personalista, caprichoso, olvidadizo y hasta vengativo. Y se le puede disculpar que le abandone el desodorante; lo imperdonable sería que perdiera el olfato.