Opinión · Tierra de nadie

A Neira se le oxida la armadura

A Jesús Neira le dieron el certificado de héroe cuando estaba en coma, y esas son cosas que no se devuelven. Del profesor sólo conocíamos que había intervenido valerosamente para evitar la agresión a una mujer y que, a resultas de la paliza que le propinó su novio y de una supuesta negligencia médica en el diagnóstico de sus lesiones, había estado varios meses al borde de la muerte. Cuando recuperó la consciencia, empezamos a descubrir al verdadero hombre que habita bajo la piel del caballero andante, cuyo parecido con su relumbrante armadura es pura y simple coincidencia.

De hecho, el cuento ha cambiado una barbaridad. El héroe ya no es aquel ser noble que cabía esperar de su arrojada acción, sino un señor soberbio y malencarado, a quien el episodio le ha reportado un par de medallas, un sueldo de Esperanza Aguirre y varias tertulias de televisión desde las que zaherir a Zapatero y a sus hijas –porque eso al parecer no es violencia de género- y amplificar su opinión de que los partidos son el cáncer de la democracia; la damisela en apuros no es la víctima agradecida a su salvador, sino una especie Belén Esteban que hace caja de plató en plató por contar que Neira es un entrometido y un mentiroso; y Antonio Puerta, tras 18 meses de cárcel, ha pasado de ogro maltratador a niño bien dominado por su toxicomanía y necesitado de ayuda especializada.

Salvo para algunos medios de la derecha que lo tienen en antena y para el PP, que lo tiene en nómina, Neira ha ido perdiendo simpatías a medida que ha ido desgranando su pensamiento político, un ideario abierto que incluye llamar “fantoche” a Montilla, “caradura” a Bono o “antidemocrático de mierda” a Zapatero. Sostiene ahora el profesor que alguien rebusca en su pasado para averiguar si dio mala vida a su primera esposa, y hundir así su heroica reputación ante el juicio donde ha de vérselas con Puerta.

Neira volvía ayer al Jugado para ratificar su declaración sobre la paliza de la que fue objeto. A la salida declaró que está en su derecho de pedir un arma para defenderse. A nuestro Quijote no le basta con la lanza en astillero, la adarga antigua y el rocín flaco. Quiere una pistola o un Colt del 45, lo que primero que se le facilite. Parece confirmarse que a este señor se le ha oxidado la armadura a la altura del casco.