Opinion · Tierra de nadie

Los Gobiernos del PP siempre están en los papeles

De los creadores de ‘No sé qué hacía ese Jaguar en el garaje’ o ‘Ignoro por qué está mi firma en una empresa mía en Bahamas que me es completamente ajena’, ha llegado a las pantallas otra trama surrealista ambientada en Panamá y Suiza titulada ‘No me pregunten por los negocios de mi señora porque tengo separación de bienes’. En esta ocasión el protagonista es Miguel Arias Cañete, al que ya se pudo ver en grandes superproducciones tales como ‘Soy más listo que ella’, ‘Los negros sirven mal el cortado,’ ‘La Sanidad es un chollo para los sudacas’ y ‘El petrolero ecológico’.

Ser ministro en los Gobiernos del PP se ha convertido en una magnífica plataforma para hacer carrera en el séptimo arte, ya sea por una predisposición natural de los elegidos o por ese espíritu de sacrificio tan del PP que les hace no renunciar jamás a los papeles importantes que se les pone delante, ya sean los de Bárcenas o los de Panamá. Y con independencia del ordinal, lo de Cañete es arte en estado puro.

Sólo un actor consumado podría atesorar tal capacidad para la interpretación y el fingimiento, hasta el punto convertir toda su carrera política en un trampantojo de sus actividades privadas. Ganadero, empresario y petrolero, entre otras actividades, Cañete se las ha arreglado siempre para sortear los conflictos de intereses a los que se ha enfrentado en sus diferentes cargos públicos. Ha sido tal su habilidad que ni siquiera ha precisado de puertas giratorias, una pérdida de tiempo para este consumado maestro de la desfachatez.

Es preciso un cuajo sobrehumano o, lo que es lo mismo, tener más cara que espalda, para defensas tan encendidas de intereses particulares como las protagonizadas por el hoy comisario. Una de ellas, en su primera etapa como eurodiputado y portavoz de Agricultura del grupo Popular Europeo, fue gloriosa. Se debatía en el Europarlamento las subvenciones a la cría de toros de lidia y Cañete, vinculado por matrimonio a la entonces copropietaria de la ganadería de Jandilla y a una familia tan brava como los Domecq, intervino para desgranar las ventajas ecológicas de estas explotaciones, la calidad de la carne de estas reses y para tachar de discriminatorio e injusto que se dejara de subvencionar al sector y a su señora esposa.

¿Puede un ministro de Medio Ambiente ser accionista de empresas petrolíferas? Cañete, si. Hubo que esperar a su evaluación como comisario europeo de Energía y Cambio Climático para que anunciara la venta de sus participaciones y proclamara ante la Cámara europea que ni él, ni su mujer ni su hijo poseían títulos de petroleras. Y era cierto. Desde entonces, es su cuñado quien ejerce la presidencia de Petrolífera Ducar SL y Petrologis Canarias SL. ¿Que qué dijo Cañete? Pues que un cuñado no es familia directa.

Ni siquiera causó sorpresa que Micaela Domecq apareciera en los papeles de Panamá porque la relación del matrimonio y de la familia con los paraísos fiscales era conocida desde antiguo. Cañete no es de los que se sonrojan porque la firma panameña de la familia hubiese tenido cuentas en Suiza donde su esposa tenía firma autorizada o porque el imperio familiar –petroleras, inmobiliarias o empresas de alimentación-, administrado en gran medida por el propio Cañete, fuera controlado desde una sociedad pantalla holandesa.

Según se ha sabido ahora, la buena de Micaela, “la noble calma” de Arias Cañete según el ‘Marhuenda Tribune’, fue una de las beneficiadas de la amnistía fiscal del Gobierno del PP del que formaba parte su marido como ministro de Agricultura, la misma que utilizaron Rato o Bárcenas. Preguntado el artista, ha reconocido estar casado con la susodicha en régimen de separación de bienes “según el cual, pertenecen a cada cónyuge los bienes que tuviese en el momento inicial del matrimonio y los que después adquiera por cualquier título, así como la administración, goce y libre disposición de tales bienes, conforme al Código Civil español”.

A cualquiera que hubiese sido concejal, parlamentario andaluz, europarlamentario, diputado, ministro y comisario europeo habría sido fácil pillarle en un renuncio, encontrar alguna declaración vehemente contra el dinero negro y los defraudadores, aunque sólo fuera por el qué dirán. Pero de Cañete apenas si se le conocen un par de referencias, pese a haber sido durante años el portavoz de Economía del PP. En una de ellas, una entrevista en El Hormiguero, se declaraba encantado de pagar impuestos porque eso significaba que había ganado dinero; en otra, un encuentro digital en el diario El Mundo, allá por el año 2008, afirmaba que el hecho de que “algunos desalmados” no contribuyeran al sostenimiento de las cargas públicas no podía ser justificación para no bajar los impuestos a los “ciudadanos cumplidores”. ¿Tiene o no tiene arte el sujeto?

Si esperan de Cañete un acto de contrición o la expiación de los pecados dimisión mediante pueden ir buscando un sofá mullido. El rey de las duchas frías, el devorador de yogures caducados, el coleccionista de coches clásicos, el implacable censor de camareros extranjeros que no distinguen la manteca colorá del chorizo de cantimpalo no es de los que tiran la toalla por una fruslería. Para algo ha de servir la separación de bienes.