Tierra de nadie

Al despertar los dinosaurios ya no estaban allí

Lo más costoso de la victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE es el recuento de los perdedores. Ha perdido el socialismo rociero de Susana Díaz y sus ‘verúnicas’ autoridades, ha perdido la ridícula aristocracia de provincias de los baroncitos, han perdido los jarrones chinos, a los que habrá que confinar de inmediato en el museo de la porcelana tras siete vitrinas, ha perdido el hernandismo y con él todos los mercenarios de la alta costura andaluza, ha perdido la prensa del régimen que un día fue independiente y de la mañana, ha perdido Rajoy, que ya no tiene claro eso de acabar la legislatura, ha perdido el señor del Ibex, donde quiera que esté el caballero, y ha perdido, en definitiva, esa estructura clientelar de carguito y pistola en el pecho que siempre ha despreciado los vientos en los que bebía la militancia por temor a despeinarse. Lejos de ser huérfana, la derrota de ayer tiene una familia numerosa.

Pocos confiaban en que Lázaro se levantara y anduviera, y menos aún en que ganara una batalla contra la guardia mora de la sultana después de muerto y a lomos de un Peugeot por falta de babiecas. Ese mismo coro de grillos que, entre letanías, llevó a enterrar hace ocho meses su bonito cadáver le exige ahora que olvide y perdone, algo que debe de ser tradición entre los resucitados, sin contar con que en 2.000 años el cuento ha cambiado una barbaridad.

Haría mal Sánchez en creerse la milonga de la integración porque de nada sirve comprar la paz si el precio es impagable. Lo que en realidad le piden los afiliados que componen su clan de la tortilla no son remiendos chapuceros ni encajes de bolillos sino un traje nuevo con el tiro a la izquierda en el que sentirse a gusto, un nuevo partido que no les avergüence en nombre de falsas razones de Estado y que amontone las mesas camillas en una pira para verlas arder en la noche de San Juan. La catarsis no sólo es deseable sino posible, porque esta mañana al despertar los dinosaurios ya no estaban allí dando la tabarra.

La unidad es una quimera, como demostró anoche esa Kirchner de Triana en una patética comparecencia en la que, sin mencionar su humillante fracaso ni al nuevo secretario general, se parapetó en su castillo andaluz donde, según dijo, contaba con el respaldo mayoritario del servicio. La próxima batalla ha de darse en Andalucía que es el freno de mano que ha impedido al partido configurarse para una España diferente que, de tanto café para todos, tiene la tensión por las nubes. Lo que el PSOE necesita no es españolismo cañí sino federalismo en vena, porque sólo así dejará de ser una fuerza caduca y podrá adecuarse al nuevo paisaje, a una realidad que es plurinacional por mucho que su colección de fósiles se empeñara en negarlo.

El tránsito requiere imperiosamente desahuciar a quienes se creyeron los dueños del cortijo y requisarles las llaves por si tienen tentaciones de volver a llevarse los muebles. A los Lambanes, Ximos y Pages hay que darles el pasaporte que ellos mismos solicitaron cuando vincularon su continuidad al resultado de las primarias y resignarse a verles partir sin derramar una lágrima porque el único vacío que dejarán será el de sus estómagos.

Al líder de este PSOE en construcción no le debería hacer falta presencia alguna en el Parlamento porque su emergencia es incompatible con la continuidad de un Gobierno que ha hecho bandera de la corrupción y del recorte de derechos. Se equivocará si contemporiza y permite que la ola que cabalga se apacigüe y rompa mansamente en la playa. Su revolución será inútil si le tiemblan las piernas y pospone la toma la Bastilla.