Opinión · Tierra de nadie

La ultraderecha no es tonta

Dando por descontado que la derecha gobernará en Andalucía, la exigencia de Vox de derogar las leyes de violencia de género como condición a su apoyo a la investidura del candidato del PP sólo puede entenderse como una maniobra propagandística que, por el momento, está consiguiendo el resultado esperado. Todos los focos apuntan hacia Abascal y su Twitter, todos los medios le dedican sus titulares y todo el mundo habla de esa extrema derecha que de tonta no tiene un pelo.

El objetivo último no es, por tanto, cambiar lo que ni siquiera está en la mano de sus socios sino retratarles y, de paso, presentarse como la fuerza imprescindible sobre la que debe pivotar cualquier acuerdo, ya sea al sur de Despeñaperros o en el conjunto de España. Da igual que la pretensión sea inviable además de repugnante, porque de lo que se trata es de demostrar que la sartén sólo tiene un mango que está en su mano, al igual que ciertas partes pudendas de sus futuros coaligados en grave riesgo de estrangulamiento.

La elección de esta pretendida línea roja para prestar sus votos no es, en absoluto, casual. Es un baldón para Ciudadanos, que ahora proclama su inquebrantable compromiso con la lucha contra la violencia machista pero que hace tres años sostenía razonamientos similares y hasta empleaba un lenguaje idéntico al de Vox. “En cuanto a la ley actual contra la violencia de género e intrafamiliar, en Ciudadanos  pensamos que debe ser modificada para acabar con la asimetría penal por cuestión de sexo y la ineficacia de la propia ley”, rezaba textualmente el programa con el que concurrió a las elecciones generales de 2015. En definitiva, propugnaba eliminar el agravante del Código Penal cuando era el hombre el que agredía a su pareja o expareja, aunque más tarde el propio Rivera intentara corregir el tiro explicando que su idea era igualar las penas por arriba.

Consigue además presentar a los populares como cómplices necesarios de lo que Vox denomina dictadura de género y marca su propio territorio, desembarazándose de la imagen de ser una extremidad amputada del PP que Casado pretende injertar de nuevo, primero con unos puntos de sutura apresurados y más tarde, si la ocasión lo permite, reconstruyendo su partido Frankenstein previo paso por el quirófano.

La idea de que Vox vería con complacencia el pacto de PP y Ciudadanos y su reparto de consejerías, y que comprometería su apoyo a la componenda a una distancia higiénica que no les contaminara de ultraderecha no es que fuera ingenua; es que era una estupidez colosal. Así que ahora, metidos en el laberinto y tanteando a ciegas sus paredes, la única salida que les queda es sentar a Vox a la mesa y dejar que las cámaras inmortalicen el momento.

Para la derecha sin complejos de Casado y para la derechita veleta de Rivera no cabe otra alternativa. Los primeros han vendido la piel de un cambio político en España a cuenta de Abascal y necesitan, claro, que el oso les ceda el abrigo. A los segundos les sería imposible explicar que Andalucía deba votar de nuevo con el peligro de que el PSOE retenga el poder, cuando su desalojo –decían- era un imperativo democrático, una regeneración inaplazable y no se sabe cuántas cosas más, pese a que la semana anterior eran sus socios de Gobierno. Tragarán porque no les queda otra. Que con su pan se lo coman.