Opinión · Tierra de nadie

Bienaventurados los idiotas

Los tontos constituyen un grupo humano cada vez más numeroso. Se trata de individuos perfectamente normales hasta que interactúan o abren la boca. Un tonto nunca acepta los errores ajenos porque está incapacitado para reconocer los propios y suele pavonearse de su propia estupidez con expresión inteligente. Alardean de su ignorancia con énfasis, como si les fuera la vida en ello, y buscan complicidades y asentimientos con facilidad mesiánica. Pueden clasificarse por categorías: lo hay del bote, del culo y los superlativos, aquellos que son tontos de remate. Estamos rodeados de ellos y hasta nosotros mismos podemos llegar a adquirir esa condición por breves espacios de tiempo. Nadie está libre de esta epidemia tan recurrente.

La política y, por supuesto, el periodismo son campos abonados para el libérrimo ejercicio de esta supina imbecilidad. Abundan los ejemplos. De hecho, hay quien afirma que son tontos los que lo parecen y la mitad de los que no lo aparentan, aunque es muy probable que la estadística esté equivocada y que la cantidad sea mucho mayor. Habrá que preguntar a Tezanos. Jamás admirarán nada por sí mismos salvo que se les señale ni se avergonzarán de sus actos, para los que siempre tienen una explicación salvífica que les libera de cualquier responsabilidad. Todo lo que hacen es por intangibles, ya sea por el bien común, por la humanidad, por Dios, por la patria o por las focas monje, a las que ahora, por cierto, se las quiere reintroducir en Canarias. Es raro que estos pobres diablos carezcan de una causa a la que aferrarse, aunque también haya tontos que van por libre.

Dirán que tontos ha habido siempre, y es verdad, pero lo terrible de esta modernidad globalizada y líquida es que la velocidad a la que discurre fomenta el salto de una sandez a otra en un delirante juego de la oca de las bobadas. Como todos los virus es altamente infeccioso y multiplicador, triunfante. Los más tontos ya no hacen relojes sino que los exhiben en calzoncillos en algún anuncio de Bvlgari. Son los listos de hoy en este cambalache que no se detuvo con las campanadas del nuevo siglo. La notoriedad es sinónimo de éxito y la necedad es un máster que podría expedir la Rey Juan Carlos con todos los certificados en regla.

A medida que la sociedad se idiotiza resulta cada vez más complicado encontrar un público objetivo que sea receptivo a mensajes que no sean del género tonto. Todo lo que se transmite ha de ser ligero, simple e infantil. El maniqueísmo es una sal de frutas que previene la digestión pesada que provocaría la exposición de una reflexión mínimamente elaborada. Todo ha de ser blanco o negro, bueno o malo, para que se entienda y logre adhesiones. A este asesinato del gris como color y de los matices es a lo que algunos llaman hablar claro.

No resulta sencillo sustraerse a esta tendencia. La estolidez y la estulticia están firmemente asentadas. Quienes se resisten son kamikazes que circulan en dirección contraria, candidatos ideales a estrellarse contra un mundo que cree que la libertad está en el mando a distancia de la tele y que la igualdad está sobrevalorada. Los tontos son mayoría. Están en las principales noticias del día. Son ellos y no los mansos quienes heredarán la Tierra. Bienaventurados sean.