Opinión · Tierra de nadie

El evangelista del fascismo

Aun a costa de hacer publicidad a la competencia, no deberían dejar de leer la entrevista de El País a Steve Bannon, el ex asesor de Trump y, según parece, de todo lo que en el mundo huele a supremacismo, nacionalismo y xenofobia, desde Salvini a Orban y de Bolsonaro a Vox. De Bannon se dice que es el mismo demonio y que desprende un intenso olor a azufre, y con ese aroma infernal se ha montado una plataforma ultra llamada The Movement, de resonancias de cruzada franquista, con la que aspira a hacer quebrar la Unión Europea como quien deja caer una copa de vino y se regocija con el estropicio.

Bannon no deja de ser una termita, un sofisticado agente de la derecha más reaccionaria de EEUU y un activista contra el empuje chino, pero ha conseguido convertirse en una especie de predicador de la buena nueva para aquellos a los que llama gente corriente y que es un público objetivo en el que encajamos casi todos. Esa gente corriente, desideologizada en gran medida, es la que siempre se declara inocente de lo que le pasa y encuentra rápidamente los culpables. Ocurre así porque cuando no se tienen claro los adversarios cualquiera puede engrosar la lista de los enemigos, especialmente si llegan en patera o saltan las vallas de nuestra jaula para dar cuenta de las migajas que caen de las mesas.

La suya, como reconoce, es una misión evangelizadora que encaja como un guante en esta posmodernidad que hoy despreciaría a Ghandi y que se postra ante el Primark y las ofertas de Amazon. Su mérito es haber comprendido que la política ya no es el gobierno de las cosas en aras del bien común sino un producto más que colocar a las masas o a tus contrincantes, y dejar que éstos –como está ocurriendo con la derecha española respecto a Vox- te hagan gratis el marketing y la propaganda.

La mercancía que vende está averiada pero tiene un chasis deslumbrante. Soberanismo, seguridad y economía es la fórmula de este vendedor de crecepelo, un receta simple y mágica para tanto pensamiento alopécico. Bannon es una especie de gastroenterólogo que ha comprendido que los mensajes no deben dirigirse a la razón sino a los intestinos, y de ahí que el secreto esté en encontrar a quien entienda la verdadera naturaleza humana, un lugar bastante siniestro donde suelen habitar monstruos que, en circunstancias propicias y si alguien les ofrece la llave, no tardan en liberarse de sus cadenas y mostrarnos el Hyde que todos llevamos dentro.

Sin millones de cajas de resonancia este neofascismo estaría condenado a la irrelevancia pero en alianza con las redes sociales puede llegar a resultar ensordecedor. Viene a ser como la melodía zumbona que se desprecia la primera vez y que, de tanto escucharla, uno acaba cantando a voz en grito al segundo gin tonic. Los inmigrantes nos roban, los partidos tradicionales son basura, hace falta ley y orden o los homosexuales son un cáncer forman parte de las estrofas de este rap tan pegadizo.

Bannon y sus ideas son un peligro porque nos hacen abrazar lo innombrable sin complejos y quemar el sostén de nuestro reverso más tenebroso. Su revolución consiste en liberar esos instintos que tardamos siglos en contener a cambio de una cierta civilización que hasta ahora no era muy útil en las reuniones de la comunidad de vecinos. Con un poco de su ponzoña y con las pistolas que nos promete Abascal el insoportable del segundo puede echarse a temblar.