Opinion · Tierra de nadie

Rivera hace la bayeta

Las encuestas se han puesto de acuerdo en vaticinar el costalazo de Albert Rivera y el increíble hombre cambiante se ha puesto a recitar el trabalenguas del Gobierno está boqueado quién lo desbloqueará hasta llegar a la conclusión de que será él quien lo haga antes de que sea demasiado tarde. El de Ciudadanos empieza a despertar cierta admiración entre los contorsionistas que, como mucho, son capaces de arquear la espalda hasta apoyar los pies en la cabeza. Ni siquiera ellos podrían retorcerse tanto como hace Rivera con sus principios en su famoso número de la bayeta.

Impulsado por el aire demoscópico que, en su caso, es un ciclón que amenaza con ponerle mirando a Sebastopol, dice ahora el gallo del campanario que no quiere hablar del pasado, o sea de ayer, y que es la hora de mojarse –hasta los tuétanos-, convencer al PSOE de que vuelva a sentarse con él para poner en marcha un decálogo de reformas, todas muy necesarias y constitucionales, y sacar así a España del marasmo y ponerla en marcha antes de que sea el bueno de Albert quien se quede en el paro.

Se ignora si esta nueva orientación estratégica ha sido pactada con su núcleo duro o es producto de sus tradicionales ventoleras, un término que le va que ni pintado. Muy criticado por sus bandazos, Rivera es, en realidad, un genio incomprendido. Nadie ha tenido como él los santos bemoles de firmar un pacto con el PSOE, renegar de él al día siguiente para firmar otro con Rajoy, transitar de la socialdemocracia al liberal progresismo hasta adelantar sin intermitente a Don Pelayo, querer liderar la derecha un martes, ser el miércoles su mamporrero y llegar al domingo ofreciendo otro acuerdo a Sánchez, que era el presidente que no se merecía España pero, al fin y al cabo, nadie es perfecto y si hay que abrazarlo de nuevo se le abraza y aquí paz y después gloria.

Como hoy vuelve a ser lunes no se puede saber a ciencia cierta hacia donde apuntará la veleta. Nos habíamos quedado en que haría presidente a Casado si la suma lo permitía, que también hará presidente a Sánchez si hay que hacer una suma distinta, que su mismidad no descarta ser presidente, aunque para ello no baste con sumar y haya que aplicar una ecuación logarítmica y, sobre todo, exponencial, y que como se le ponga en las narices hará presidente a Gabriel Rufián siempre que abandone el independentismo y se haga monja clarisa. Todas las opciones están abiertas porque la veleta es hoy un hierro retorcido con más flechas que un cartel de autovía.

Se ha llegado a decir que el problema de Mister Orange es que no se le puede tomar en serio, aunque lo más correcto sería afirmar que Rivera, que primero quiso ser Suárez, más tarde Valls, después Renzi, a continuación Trudeau y, finalmente, Macron, ha llegado a la conclusión que lo mejor es ser el pito del sereno, que es un traje que no estaba pedido. Si lo suyo tiene mérito, lo de los dirigentes de Ciudadanos tratando de justificar el taoísmo de un líder que, a lo Bruce Lee, es el agua que en cualquier momento se hace taza, tetera, botella, damajuana o vaya usted a saber qué demonios es aquello que parece una tinaja, no está pagado. A este paso, su mano derecha, José Manuel Villegas, un tipo serio y circunspecto como una esfinge, rompe a reír y tenemos un disgusto de los gordos.

Ciudadanos ha pasado en poco más de un año de liderar las encuestas a ser poco más que un error marginal de Tezanos. Tras la bayeta cabe esperar de Rivera un dobleo Marinelli, ese ejercicio en el que el artista muerde una barra y se sostiene sobre ella como único punto de apoyo. Es la metáfora de agarrarse con los dientes a lo que sea, llámese Casado o Sánchez. Un respeto para el artista.