Opinion · Tierra de nadie

Una indulgencia feroz

Cunde el desencanto entre los voceros de la derecha por la condena por sedición a los líderes del procés juzgados en el Supremo, hasta el punto de acusar al Tribunal, si no directamente sí con subterfugios, de haber prevaricado en la sentencia para evitar hacer de Cataluña la Roma de Nerón ardiendo por los cuatro costados. Estos mismos opinantes son, curiosamente, los que sostenían que Marchena y sus colegas, como antes Llarena y los fiscales, eran la última línea de defensa del Estado ante el independentismo, el último bastión de la Constitución ante unos enemigos que contaban con infiltrados en el propio Gobierno. El haber desestimado por unanimidad el castigo bíblico de la rebelión les convierte, a su juicio, en cómplices de traición y en pusilánimes marionetas del poder político. Y eso por no hablar de las repercusiones semánticas que el fallo tendrá en sus futuras diatribas, en las que tendrán que abstenerse de llamar golpistas a quienes fueron, ya oficialmente, simples alborotadores.

Para estos fanáticos de la ejemplaridad, penas de hasta 13 años de prisión como las que acarrearán los condenados no son sino la confirmación de que el Estado se ha rendido a los insurrectos, una forma de animarles a que vuelvan a repetir sus proezas. Salvo ellos y Vox, porque del PP y de los chicos de Rivera, aun enfurruñados, sólo se espera el acatamiento, no queda nadie en el país con arrestos para impedir este ataque mortal a la soberanía nacional y la democracia. Menos es nada en la hercúlea tarea de salvar a la patria de sus liquidadores.

Eso sí, sostienen con razón que estamos ante una sentencia política porque sólo entendida de esta manera es posible justificar, como hace el Supremo, que hubo violencia, si bien no como parte estructural de la segregación sino con un carácter puntual e insuficiente para alcanzar la independencia y derogar la Constitución en Cataluña. Siendo indiscutible la desobediencia de los condenados, sustentar en una concentración ante una consejería la prueba de que hubo un alzamiento público y tumultuario convierte en reos de sedición a todos los que en algún momento se han manifestado contra decisiones de las administraciones públicas o, incluso, por un aumento de sueldo.

El propio tribunal es consciente de que el pretendido plan secesionista era poco menos que un farol sin mayores pretensiones. De ahí que esa condena que a nuestros paladines de la pluma les parece ridícula sea de todo punto desmedida. ¿Son suficientes ocho segundos de república catalana para condenar a 13 años de cárcel al entonces vicepresidente de la Generalitat, a razón de 1,6 años por segundo? ¿Qué tipo de conjura fue aquella que, como reconocen sus señorías, “fue definitivamente abortada con la mera exhibición de unas páginas del BOE que publicaban la aplicación del artículo 155 de la Constitución a la comunidad autónoma de Cataluña”?

El gran problema de la sentencia es que no ha juzgado estrictamente a los llamados líderes del procés sino al sentimiento colectivo de dos millones de personas que, esas sí, hace tiempo que se independizaron de España y a las que ahora se condena por personas interpuestas sin haberles ofrecido ningún modelo de convivencia que les reenganche a un proyecto común. La aparente indulgencia del Supremo a ojos de nuestros cancerberos constitucionales es a los suyos la prueba definitiva de que este Estado ya no les sirve.

La última gran afrenta a los que creen que el fallo debe ser interpretado como una rendición plagada de considerandos es la renuncia del Supremo a aplicar a los líderes políticos y sociales del independentismo el artículo 36.2 del Código Penal, lo que les hubiera impedido acceder al tercer grado penitenciario sin haber cumplido la mitad de sus penas. Ello implica en la práctica que en las próximas semanas es muy posible que los presos salgan a la calle para ser políticos de día e internos de noche.

Por poco sentido común que tenga el futuro Gobierno, dicho régimen de semilibertad debería culminar necesariamente en alguna medida de gracia, porque no hay reconciliación que pueda edificarse sobre la derrota humillante del adversario. Se ruega a los cardiólogos presentes que no se distraigan y acudan raudos a sus puestos porque las pulsaciones de muchos patriotas pueden desbocarse con facilidad.