Opinion · Tierra de nadie

Elogio de la equidistancia

Cronificado y convertido en una presencia permanente, ante el conflicto catalán sólo se puede sobrevivir mentalmente con equidistancia, esa palabra maldita entre los acólitos de una y otra causa porque equivale a sucesivas e imperdonables traiciones a tiempo parcial. Representa, sin embargo, la postura más prudente para apreciar las necedades de los dos bandos, encastillados en un absurdo blanco y negro y convencidos de que las mentiras llegan a ser necesarias cuando las verdades se tornan muy peligrosas.

Los equidistantes les dirán de entrada que, pese a los repugnantes episodios de violencia de la pasada semana, lo que se vive en Cataluña es un problema político y no de orden público, y que los que reclaman tanques, leyes de Seguridad Nacional, 155 perpetuos y hasta estados de excepción son pirómanos conscientes o, incluso, inconscientes, que es todavía peor.

Para estos medias tintas, el secesionismo es cosa de territorios ricos, aunque reconocen que el movimiento independentista ha adquirido una dimensión que trasciende a sus promotores políticos y sociales que, desbordados, no se atreven a reconocer que sus promesas son de imposible cumplimiento y que la independencia unilateral que proponen es una quimera disparatada. Y que este temor a ser tildados de botiflers, a encarnar el papel de Judas con sus tintineantes 30 monedas en el bolsillo, les obliga a una insensata huida hacia delante y a marcar plazos que saben que no podrán cumplir por mucha solemnidad con la que traten de revestirlos. Mienten, por tanto, a sabiendas.

Opinan también que fue un inmenso error judicializar el conflicto ya que al dejar en manos de los jueces la búsqueda de una solución que no estaba a su alcance enquistaron cualquier posibilidad de entendimiento. Debido a este pecado original pagamos la penitencia de haber sufrido a un magistrado del Supremo que llegó a convencerse de que era el último bastión de la unidad de España, y cuya instrucción ha conducido a una sentencia inaudita donde se condena a cien años de prisión a los líderes del procés por lo que sus señorías consideran poco menos que un chiste. Nunca se fue tan duro con una broma por muy pesada que fuera.

Los equidistantes no entran a valorar si estamos ante presos políticos o ante políticos presos pero sostienen que la Justicia es la que no ha dejado de ser política en todas sus resoluciones. ¿Con qué autoridad puede el Tribunal Constitucional impedir al Parlament hablar sobre lo que le venga en gana, sea de la autodeterminación o de la cría de percebes? ¿Qué tipo de censura previa es esta que prohíbe el simple debate pese a que las resoluciones que se alcancen no tengan fuerza de ley, que es cuando tendrían que ser de su incumbencia? De la misma manera, entienden que los partidos independentistas disfrazan su división con gestos para la galería, y que la ruptura acabará oficializándose más temprano que tarde en unas elecciones tras las que  bifurcarán sus caminos.

Creen además que la tensión entre Madrid y Barcelona habría exigido hace tiempo un teléfono rojo para evitar el despegue de los misiles, una línea de comunicación directa como la que, según cuentan, Estados Unidos y la Unión Soviética nos ahorraron varias veces el final del mundo en plan desagradable y apocalíptico. De nada serviría si una de las dos partes no atiende las llamadas, como ha hecho Pedro Sánchez con Quim Torra, que debe de ser uno de esos tipos pesadísimos que, además, llama a cobro revertido. Y no han dejado de sorprenderse de que el president aprovechara el desplante telefónico para hacer un cameo de collons, que le ha retratado como un mal actor y como un dirigente al que no se puede tomar en serio. Con estos dos a los mandos en la Guerra Fría puede que estuviéramos todos criando malvas por un ponte tú que a mí me da la risa.

Los equidistantes, que han visto repartir estopa a policías de otros países europeos -donde por cierto han encontrado refugio algunos líderes independentistas- no comparten que el español sea un Estado represor ni que su democracia sea de medio pelo o de baja intensidad. Es más, reconocen que, con sus defectos, vivimos en una democracia bastante apañadita, vanguardia de algunos derechos civiles, y años luz de distancia de Qatar, por poner un ejemplo que a algunos les viene rápidamente a la cabeza.

A este tipo de personas no les asustan los referendum porque detestan los matrimonios a la fuerza ni descartan que pueda encontrarse una solución pactada que implique renunciar a maximalismos estériles. Como en aquella campaña que el franquismo lanzó en los años 50 para que los hogares llevaran a un pobre a su mesa en las entrañables fechas navideñas, sería muy útil hacer lo mismo con los equidistantes en cualquier época del año. Somos gente con apetito y no nos falta la conversación.