Opinion · Tierra de nadie

Gobernar para todos

Por repetitivo y estéril no es ahora momento de reprochar a los dos que ayer se abrazaban en el Congreso el tiempo perdido, las ilusiones truncadas y el alien y sus 52 pasajeros que nos ha alborotado la tripa y nos dará continuos retortijones. El caso es que lo que fue imposible durante meses ha dejado de serlo en 24 horas, se ha encontrado una cura contra el insomnio presidencial y se ha disipado la sospecha permanente que impedía un matrimonio de conveniencia que marca un hito en la política española. La izquierda tiene la oportunidad de demostrar aquello de Ortega de que sólo cabe progresar cuando se piensa en grande y sólo se puede avanzar si se mira lejos y no al propio ombligo.

El preacuerdo entre el PSOE y Unidas Podemos, que aún requiere recolectar los apoyos necesarios para que sea viable, ha sido una sorpresa tan inesperada que ha desconcertado a la derecha, a la que de repente le ha dado por pedir un Gobierno de concentración o poner en almoneda varias comunidades autónomas como quien ofrece caramelos a los niños.  De la reacción de alguno de sus voceros, anunciando la República o el infierno, que en su opinión viene a ser lo mismo, es fácil deducir que sus patrióticas preocupaciones tienen más que ver con el histerismo que con la reflexión.

Sin que resulte un oxímoron, la izquierda debe demostrar la inteligencia suficiente para poner en marcha un proyecto que no sea un castillo en el aire, capaz de atraer tanto al parado de la construcción como al universitario que tuvo que hacer las maletas para limpiar habitaciones de hotel en Londres o para servir cervezas de litro y medio en el centro de Berlín. Ha de mirar lo que ocurre y escuchar lo que se le dice con humildad y con objetivos de país que no sean –como lo han sido siempre- las cifras del déficit o de la deuda pública, sin que ello implique galopar alocadamente hacia la bancarrota.

Y sí, tiene que gobernar para todos porque todos somos los pensionistas, los parados, los dependientes, las mujeres, los estudiantes, los usuarios de la Sanidad y de la Justicia, los investigadores, los actores, los autónomos, los inmigrantes, los funcionarios y los trabajadores en general, especialmente aquellos que comprueban que los meses son demasiado largos para sus pequeñas nóminas de mierda. En esta gigantesca parte de la población hay votantes de todos los colores, incluidos los de Vox, que no es que haya descubierto a 3,5 millones de fascistas bajo las piedras sino a una bolsa inmensa de desencantados, hartos de que siempre pasen trenes para los que no tienen billete.

La misión del nuevo Gobierno no es hacer la revolución ni plantar banderas en la utopía sino la de ser creíble. Su cometido es demostrar que una fiscalidad más justa que redistribuya la riqueza y haga pagar más a quienes más tienen y no a los pobres desgraciados de siempre no es un desvarío; que la educación y la sanidad son inversiones y no gastos; que el derecho a la vivienda no es una declaración retórica; que el ecologismo no es la religión de unos locos sino la única manera inteligente de vivir; que la corrupción es una pesadilla de la que hemos despertado; que se pueden cambiar las cosas y combatir la resignación; y que, en definitiva, hay otro modelo económico más allá del pensamiento único que se nos había recetado tanto en la prosperidad como en la recesión que dicen que se avecina.

No se trata de acabar con el sistema sino de apuntalarlo, y ello requiere buscar soluciones a un conflicto territorial que nos desangra. Si el traje se ha quedado pequeño y estalla por las costuras habrá que confeccionar uno nuevo porque los jueces y los policías no sirven para los remiendos. Sánchez alcanzó el poder gracias a una moción de censura respaldada por el independentismo y, lejos de ser castigado por ello, ha sido encumbrado hasta ser primera fuerza en las dos convocatorias electorales. El mandato no es, por tanto, repetir la misma estrategia que ha conducido a la situación actual sino plantear, no ya una solución distinta, sino alguna solución. El mismo cuento cabe aplicar al independentismo.

Existe una oportunidad de desmentir a tanto patriotero y profeta del desastre. Ello requiere de los coaligados entender que el poder no es un fin en sí mismo sino un instrumento de transformación social. No importa el quién sino el qué. La izquierda tiene ante sí la oportunidad de guardar los egos en el cajón y tirar la llave al mar. No es que se pueda, es que se debe. A ver cuánto dura la alegría en casa del pobre.